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Contexto en el que nace el documento «En torno a la misma mesa»

 

: Prov. Ibérica


Para hablar de la vocación del laico marista, primero vamos a situar el contexto eclesial en el que nos encontramos. Vamos a describir qué cambios más importan­tes se han dado en la Iglesia y en el Instituto de los Hermanos Maristas.

El Concilio Vaticano II fue uno de los eventos históricos que marcaron el siglo XX.

Se trató de un concilio ecuménico de la Iglesia católica convocado por el papa Juan XXIII, quien lo anunció en el mes de enero de 1959. Constó de cuatro sesiones, hasta su clausura en 1965.

Fue el Concilio que contó con más representación de todos, con una media de asistencia de unos dos mil padres conciliares procedentes de todas las partes del mundo y de una gran diversidad de lenguas y razas. Asistieron además miembros de otras confesiones religiosas cristia­nas.

Este acontecimiento y todos los es­critos que se derivaron de él, fueron una maravillosa reflexión, o podría­mos decir discernimiento (búsqueda de lo que Dios quiere para su Igle­sia), que todavía en muchos de sus aspectos no han sido aplicados en ella, porque supone una reflexión muy avanzada en su tiempo y, sobre todo, porque supone un gran cambio de mentalidad tanto en la manera de considerarse a sí misma como en la de organizarse.

 

De la Iglesia «pirámide» a la Iglesia «comunión»

Antes del Vaticano II la Iglesia se veía a sí misma como una pirámide,

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una «sociedad perfecta» y jerar­quizada. Tras el Concilio, se define como una «comunidad de comuni­dades» o «pueblo de Dios» en torno a una mesa en la que todos están invitados con la misma dignidad. Hablamos entonces de «una Iglesia comunión».

La realidad a día de hoy es que aun­que «oficialmente» se aceptan los planteamientos del Vaticano II, no se viven ni en todas las personas que la componen, ni en todos los lugares.

Por ello, conviven las dos formas de pensamiento y esto es lo que oca­siona los conflictos internos que a veces conocemos.

Sin embargo, en todos estos años, han nacido muchos movimientos eclesiales con una gran diversidad y con un gran dinamismo que reúnen a personas de distintas opciones o estados de vida.

 

En la Institución marista

También se han dado grandes cam­bios en la Institución marista.

Pero habría que señalar que el pro­yecto original en el que se sitúa el nacimiento de los hermanos maris­tas estaba muy en sintonía con el Vaticano II.

Marcelino Champagnat y sus com­pañeros de seminario soñaron hacer una familia que llevara el nombre de María.

Así como existía la Compañía de Jesús (los jesuitas), ellos querían plantear la Sociedad de María, en la que hubiera sacerdotes, religiosos y religiosas y seglares (laicos y laicas) formando parte del mismo.

Pero fue una idea demasiado ade­lantada para su tiempo y el obispo Castracane no dio su aprobación.

Así que fueron desarrollándose los Padres Maristas por un lado, los Hermanos de Marcelino por otro, las Hermanas Maristas y una tercera orden de seglares.

Al principio estaban muy relacionados entre sí, pero al ir creciendo, fueron perdiendo esa relación. Aunque en algunos países aún se mantiene.

Después del Vaticano II, se descu­brió felizmente que los carismas son dones del Espíritu para toda la Igle­sia y que enriquecía a todos porque cada uno aportaba su peculiaridad al anuncio del Evangelio.

Entre los maristas, la canonización de Marcelino Champagnat hizo más evidente aún que el carisma marista recibido a través de él era un don para toda la iglesia.

 

El carisma marista, es decir, nuestros rasgos peculiares de vivir el evange­lio: amor a María, sencillez, humildad y modestia, amor al trabajo y espíri­tu de familia, era para todos.

Esto supuso un cambio de mentali­dad porque antes se entendía que el carisma era recibido por los herma­nos religiosos de forma exclusiva, y éstos a su vez lo compartían con los que tenían alrededor.

Ahora se percibe que el carisma es el centro de la familia que reúne a los hermanos, a los laicos maristas, a las hermanitas maristas….

Todos pueden recibir igualmente ese don, pero cada uno lo encarna en la opción de vida a la que se siente llamado: como religioso, como laico, laica, sacerdote…

 

La vocación laical

Cuando hablamos de vocación es muy frecuente entender que es algo exclusivo de los religiosos o de los sacerdotes. «Los laicos y las laicas son los que no tienen vocación» lo hemos escuchado muchas veces.

Desde esta nueva concepción de la Iglesia–Comunión, todos tenemos vocación. Todos estamos llamados a la santidad, es decir, a ser lo que somos en plenitud.

 

Algunos escritos de la Iglesia

«Uno de los frutos de la doctrina de la Iglesia como comunión en estos últimos años ha sido la toma de conciencia de que sus diversos miembros pueden y deben aunar esfuerzos, en actitud de colaboración e intercambio de dones, con el fin de participar más eficazmente en la misión eclesial. De este modo se contribuye a presentar una imagen más articulada y completa de la Iglesia, a la vez que resulta más fácil dar respuestas a los grandes retos de nuestro tiempo con la aportación coral de los diferentes dones.»

«Debido a las nuevas situaciones, no pocos Institutos han llegado a la convicción de que su carisma puede ser compartido con los laicos. Estos son invitados por tanto a participar de manera más intensa en la espiri­tualidad y en la misión del Instituto mismo. En continuidad con las expe­riencias históricas de las diversas Ór­denes seculares o Terceras Órdenes, se puede decir que se ha comenzado un nuevo capítulo, rico de esperan­zas, en la historia de las relaciones entre las personas consagradas y el laicado.» (Vita Consecrata 54-56)

«Todos en la Iglesia, precisamente por ser miembros de ella, reciben y, por tanto, comparten la común

vocación a la santidad. Los fieles laicos están llamados, a pleno título, a esta común vocación, sin ninguna diferencia respecto de los demás miembros de la Iglesia: «Todos los fieles de cualquier estado y condi­ción están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad»; (43) «todos los fieles están invitados y deben tender a la santidad y a la perfección en el pro­pio estado» (44).

«En la Iglesia-Comunión los estados de vida están de tal modo relaciona­dos entre sí que están ordenados el uno al otro. Ciertamente es común —mejor dicho, único— su profundo significado: el de ser modalidad se­gún la cual se vive la igual dignidad cristiana y la universal vocación a la santidad en la perfección del amor. Son modalidades a la vez diversas y complementarias, de modo que cada una de ellas tiene su original e inconfundible fisionomía, y al mismo tiempo cada una de ellas está en re­lación con las otras y a su servicio.» (Christifideles Laici 33, 55)

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