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Una experiencia en Davao

Cmi

26/11/2007: Filipinas

El pasado 22 de julio asistí a una misa a las 7 de la mañana. Era mi primera misa en Davao. Me puse en el último banco para no quedarme sin asiento al volver de la comunión, ya que el templo es muy amplio y está siempre lleno de gente. En el momento de darnos la paz, me apresté a extender la mano a una señora que estaba junto a mí. Ella me miró con cara de sorpresa y ocultó su mano. Yo me quedé perplejo ante ese gesto y me preguntaba: ¿Qué pasa aquí? ¿Me he sentado donde no me corresponde? ¿Será porque soy negro? Me sentí muy disgustado y como fuera de lugar. Pero descubrí que estrecharse la mano no tiene ningún significado para la gente de aquí.

También tuve otra experiencia interesante en las montañas. Ésta fue con el grupo de las hermanas maristas misioneras. Estuvimos visitando cinco comunidades cristianas montañesas para ver la labor de las catequistas en las escuelas. Fue una tarea difícil. Cuando llueve, las carreteras que conducen a la montaña se convierten en barro, y son muy resbaladizas. Las montañas son elevadas. Se tarda unos 25 minutos al subir, y entre 10-15 a la bajada. Yo trataba de imaginarme cómo se las arreglaba el padre Champagnat por aquellos contornos agrestes del Pilat. Es evidente que para él tenía que ser agotador, ya que no contaba con los medios de locomoción que tenemos ahora.

Realicé una experiencia de inmersión durante dos semanas entre los pescadores de la aldea de Santa María, quedándome con la familia del Sr. Samuel Aniñon, en Divine Mercy. Era una casa de bambú. Mi cama y cualquier aditamento semejante a un mueble estaban hechos con bambú. Vivíamos tocando al mar. Comíamos en la cocina. Cuando había marea alta, la cocina se inundaba y pasábamos a comer a otra pequeña estancia más alta. Por las mañanas me iba a dar un baño en una parte del litoral que caía cerca de un depósito de agua de uso colectivo. Más de una vez tuve que correr a esconderme en una plantación de bananas, porque se acercaban las mujeres a buscar agua al depósito. Yo aprendí mucho de aquellos pescadores. Viví con ellos, compartí lo que tenían, vi el rostro humano de los pobres. También descubrí la sencillez con que aman a Dios y cómo saben ofrecer a los demás todo lo que tienen.

Estas experiencias me animan a seguir desarrollando una profunda relación personal con Jesús, a encontrar nuevos modos de darle a conocer y amar, en este “volver a empezar” dentro de la complejidad de las culturas y religiones asiáticas, a través de la vivencia apasionada de la espiritualidad de Champagnat y con el estilo de vida sencillo de los pobres. Jesús nos espera en los países de la Misión ad gentes. Y nos dice: “Os envío como corderos en medio de lobos”.(Lc 10.1-12)

H. Gilbert Asong Dakor

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