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El Hermano Christian Mbam comparte su experiencia en una iniciativa inter-congregacional

08/11/2018: Sudán del Sur

El proyecto Solidaridad con Sur Sudán, nacido a petición de la Conferencia de Obispos de Sur Sudán, está apoyado  por varias congregaciones de mujeres y hombres.

La iniciativa, centrada en los campos de la salud, la agricultura y la preparación profesional de educadores, expresa un nuevo paradigma de colaboración entre las congregaciones para responder de manera más efectiva a las inmensas y urgentes necesidades de ese país.

Abajo el Hermano Christian Mbam, de Nigeria, comparte su experiencia.

Fotos en FaceBook


Antes de que la congregación enviara hermanos a Sudán del Sur, el H. Benito Arbués, hace ya más de 12 años, había pedido a la Región marista de África que estudiase la posibilidad de abrir una misión conjunta en Sudán del Sur. Cuando fui elegido Provincial de Nigeria, este asunto, que había quedado en el olvido, figuraba ahora en la agenda de las reuniones de provinciales y superior de distrito de África del Oeste. Faltaba claridad en el tipo de misión, así que el tema volvió a suspenderse. No obstante, estas discusiones me prepararon a mí para responder a la invitación que me hizo el H. Emili Turú para que me uniera a una iniciativa solidaria. Nunca he lamentado haberle dicho sí, gracias a Dios.

Sudán del Sur ha estado envuelto con mucha frecuencia en una lucha armada contra el resto del país, acusándolo de marginalización y una calculada supresión de su cultura y religión para establecer el dominio de la cultura y el idioma árabe sobre el predominante cristianismo del Sur. Estos conflictos han continuado por décadas hasta que Sudán del Sur consiguió su independencia. Así pues, Sudán del Sur, por su raza, es africana y Sudán del Norte es árabe.

Tantos años de guerra dejaron a Sudán del Sur en un estado lamentable. La red de carreteras prácticamente no existe. Lo que son carreteras más podríamos llamarlas trampas mortales. Tampoco se puede hablar de electricidad, de agua corriente o de unas escuelas dignas. A excepción de Juba, la capital, el resto de viviendas no son más que unos puñados de chozas que aparecen como setas con sus tejados de paja. En la zona rural, los pocos niños que pueden ir a la escuela, tienen sus lecciones debajo de los árboles y sentándose en el suelo. Las pocas universidades que funcionan en este país empobrecido, sólo lo son de nombre. No tienen infraestructura ni recursos. Internet sólo está al alcance de unos pocos privilegiados. En la zona en la que vivo, ni siquiera hay una red telefónica. Todo esto nos da la perspectiva de un país tremendamente pobre, atrasado, predominantemente analfabeto y con una ignorancia sin precedentes.

Por si esto fuera poco, las guerras fratricidas entre los grupos étnicos, animadas por la lucha por el poder y las diferencias tribales, han hecho que un tercio de la población haya huido a los campos de refugiados o desplazados dentro del país a fin de conseguir una ración de comida y algo de ayuda de distintas organizaciones caritativas.

Afortunadamente, también hay buenos signos de cambio. Recientemente la energía eléctrica ha vuelto a funcionar en Juba después de unos cuantos años sin luz. Más casas en otras ciudades están empezando a cambiar de aspecto, incluso están siendo pintadas.

Misión elegida

¿Hay alguna razón para elegir esta misión otra distinta que la animada por la fe? El Papa Juan Pablo II ha insistido a la Iglesia, y en particular a las congregaciones religiosas, a salir a las periferias, a la gente marginada.

La Unión de Superiores de religiosos y religiosas respondieron inmediatamente a esta llamada considerando la posibilidad de ir a Sudán del Sur de forma conjunta. Iba a suponer una iniciativa totalmente nueva y un cambio de paradigma. Decidieron trabajar juntos, no sólo en proyectos, sino como comunidad. Como cabía esperar esto iba a juntar hombres y mujeres de distintas congregaciones y de distintas culturas. La misión era tan urgente que no se podía perder tiempo en considerar miedos o dar pasos demasiado prudentes, y no ha sido en vano.

Este es mi séptimo año formando parte de Solidaridad en Sudán del Sur, dando vida a esta iniciativa. He vivido hasta ahora en dos comunidades y pasado algún tiempo en una tercera. En todas ellas se mezcla lo internacional, lo intercontinental, lo intercongregacional y ser hombre o mujer.

En muchos casos, especialmente debido a la disminución de vocaciones y al envejecimiento de las personas en los países occidentales, y con muchas congregaciones cerrando casas, ya no se plantea el abrir nuevas misiones en otros países. A veces una congregación puede ceder uno o dos de sus miembros para una nueva misión pero como no tiene asegurada su continuidad, prefiere no intentarlo.

La iniciativa de Solidaridad con Sudán del Sur ha resuelto este contratiempo. Ofrece a una congregación la posibilidad de participar en una misión con la que se sienten a gusto sin tener que abrir una casa. De ahí que en Solidaridad algunas congregaciones sólo tienen uno o dos participantes y otras congregaciones pueden participar de otras formas. Actualmente hay unas doscientas congregaciones participando en esta iniciativa.

Con cierta razón uno puede preguntarse: ¿Qué tipo de comunidad religiosa se puede formar con miembros de diferentes congregaciones e incluso con laicos y personas casadas? Los estatutos de Solidaridad dejan bien claro que se trata de comunidades religiosas que tienen un rango amplio de flexibilidad. Más que un superior tenemos coordinadores comunitarios que no tienen la autoridad de superiores, sino que más bien armonizan la vida común de sus miembros comunitarios.

Él organiza las reuniones comunitarias según el plan de vida aprobado por la comunidad. Él o ella es el enlace entre la comunidad y la gente de fuera, también con el director ejecutivo del proyecto. Se pide a los miembros de la comunidad que desarrollen una madurez consistente en la vivencia de su compromiso comunitario. La comunidad elige cuándo juntarse para la oración, las comidas y reuniones. El espíritu religioso más que las palabras de pobreza y obediencia debe estar presente en cada uno de nosotros que hemos de ser transparentes en todos nuestros asuntos.

La gran alegría que encuentro al pertenecer a la iniciativa de Solidaridad es que tocamos la vida de la gente. Nos damos cuenta de cómo la transformación se percibe, aunque muy poco a poco. Comprobar que enfermeras y maestros de Sudán del Sur se están formando en nuestros centros de Solidaridad y que luego van a ser la fuerza laboral del país nos da una inmensa alegría.  En nuestra escuela parroquial tenemos ya cuatro profesores titulados trabajando. Hasta ahora los maestros eran poco menos que analfabetos que a duras penas podían enseñar algo. También disfrutamos de la vida comunitaria a la que cada uno aporta lo mejor que tiene para construirla.

 

Desafíos

La gran variedad de comunidades presenta también sus desafíos y sus desventajas. Tenemos que dejar pasar los interés personales, culturales y congregacionales. La comida, que es muy variada, puede hacer aflorar las sensibilidades de cada uno. Las palabras clave que contribuyen al éxito de las comunidades de Solidaridad son: adaptación, flexibilidad y sensibilidad, reforzadas por la caridad de Cristo y la necesidad de la misión. Intentamos nuevos caminos y cosas nuevas. Todos podemos traer nuestras iniciativas personales dentro de los límites impuestos por el manual de convivencia de la organización o de nuestro proyecto de vida comunitaria.

Los componentes de la comunidad tenemos que perdonar los errores de los demás, especialmente cuando se trata de iniciativas que no salen bien. Cada uno tiene que asumir la responsabilidad de sus riesgos, errores y decisiones que van en contra del manual de Solidaridad. Cada uno corre con sus gastos de salud aunque todos tenemos que obtener la tarjeta sanitaria.

Yo me he implicado en la enseñanza y en agricultura en distintos momentos. La fuerza de Solidaridad consiste en contribuir al desarrollo del país y de la Iglesia, por eso eligió formar maestros y enfermeras que servirán a la gente. Incluso el proyecto agrícola tiene como uno de sus objetivos educar a la gente y mejorar los métodos de agricultura. El equipo de pastoral de Solidaridad también educa a los catequistas y al clero en sus actividades e iniciativas.

El contrato inicial con la Conferencia de Obispos de Sudán del Sur fue por 10 años, después de los cuales, la iglesia local tendría ya un buen grupo de agentes pastorales bien formados y Solidaridad podría ceder las riendas de la formación a la iglesia local. Han pasado ya esos diez años y no se ha producido el relevo. El Arzobispo de Juba dijo: “¿Cederlo, a quién?” Así que hemos firmado un nuevo contrato por otros diez años dejando claras las líneas y políticas de cesión.

Es una alegría afirmar que la Congregación Marista ha sido la espina dorsal de la iniciativa de Solidaridad desde sus inicios hasta nuestros días. Actualmente hay dos hermanos, antes hubo tres. La congregación también ha contribuido considerablemente con la financiación para que la misión de Solidaridad siga adelante. La última donación, hace aproximadamente un año, fue de sesenta mil dólares. Yo creo que podemos mandar a más personas. He pedido urgentemente a los encargados de la zona africana que tomen el toro por los cuernos y que inicien ya una misión conjunta en Sudán del Sur.

En la actualidad Solidaridad está desarrollando una campaña de captación de participantes para el equipo de pastoral que puedan sustituir a los que terminan su contrato y regresan a sus congregaciones. Podemos recomendar a estos hermanos cualificados y que pueden servir en esta tarea. Solidaridad también está buscando un Director Ejecutivo Asociado que se incorpore a la oficina central en Roma. El tipo de personal voluntario que más necesitamos es de profesores, enfermeras y agrónomos.

Para terminar, me gustaría recomendar este tipo de iniciativa solidaria, como un signo de los tiempos. Nuevas misiones pueden emprenderse y llevarse a cabo de una forma profesional, trabajando bajo el modelo de Solidaridad. Puede que la mezcla de congregaciones y sexos asuste en un principio. Claro que tiene sus riesgos, pero estos mismos riesgos disminuyen cuando las personas que participan en Solidaridad demuestran tener un nivel de madurez y de experiencia. En la actualidad muchos de los miembros de Solidaridad son personas mayores, hombres y mujeres jubilados. Tal vez los riesgos son mayores cuando los que vienen a las comunidades de Solidaridad son religiosos jóvenes. Es posible que sea necesario que, cuando esto ocurra, se planteen nuevas formas de vida en común.

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