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Algunos apuntes de mi agenda

06/11/2007: Casa general

Celebración y desafío
“Tan humanos como cualquiera de nosotros. Eran de nuestra misma pasta y de nuestro mismo barro. Y su vida tan normal y sencilla como la que vivimos nosotros cada día”. Estas ideas se han subrayado una y otra vez durante la fiesta de la beatificación de los hermanos mártires. Parece que se intentaba quitarle distancias a un acto que los enaltece y los encumbra para hacernos más cercana y aceptable su santidad. Para convencernos de que esa meta también es factible para cualquiera de nosotros.
Pero al mismo tiempo se hacía presente la fuerza que tiene la propuesta solemne de la Iglesia al proclamarlos partícipes seguros de la comunión de los santos. Tan humanos, pero beatos. Con qué énfasis el hermano Seán, Superior general, fue nombrando a los nuevos beatos, uno a uno, por su nombre, precedido de la palabra “beato”. Fue uno de los momentos solemnes de la celebración marista en el santuario de la Madonna del Divino Amore. El Superior general les reconoce solemnemente, ante su familia religiosa, la santidad profesada y buscada en la Congregación.
Al acercarlos tanto a nuestra cotidianidad se ha suscitado en mí el desafío de la fe. ¿Me atrevo a creerlos y aceptarlos como intercesores? Repaso las biografías y me encuentro con la normalidad y la sencillez. Fortunato Andrés, mecánico en Avellanes. Carlos Rafael, con 19 años recién estrenados. Lino Fernando, enfermo crónico... Y la lista se puede alargar. Realmente humanos como nosotros. Pero beatos, bienaventurados, “que lavaron sus vestiduras en las sangre del Cordero”. El reto es hacer real en mi vida lo que proclamo en el credo: “Creo en la comunión de los santos”. La osadía ahora es solicitarles el milagro. El hermano Gabriele Andreucci nos hizo la propuesta cuando se despedía de la comunidad de la Administración general para regresar a su comunidad de Carmagnola: “roguemos para obtener un milagro de los nuevos beatos y pronto estaremos aquí juntos para su canonización”.

Aplausos en la plaza
Me comentaba una locutora de TV Madrid que los peregrinos venidos de España han estado muy tranquilos y serenos en la Plaza de San Pedro. De hecho las manifestaciones de entusiasmo han sido muy discretas, muy comedidas, pero firmes. Se notaba que el grueso de los asistentes era gente madura. Los testimonios de los mártires, que se leyeron antes de iniciar la ceremonia, fueron acogidos con grandes aplausos. Dos aplausos más resultaron significativos; el primero una vez proclamada la Carta apostólica del Papa declarando beatos a los 498 mártires. En ese momento se descubrió el logo de la beatificación resaltando sobre el rostro de los nuevos beatos. La Plaza se volcó en un cerrado aplauso. Y finalmente, otro aplauso cerrado, de saludo y respeto, llenó la Plaza de San Pedro cuando el Papa se asomó a la ventana de sus apartamentos para dirigir unas palabras a los peregrinos.

La foto: una palma y un rostro
He vivido la fiesta de la beatificación de nuestros hermanos mártires en España con el ojo pegado a la cámara fotográfica. Si tengo que elegir una foto de entre los centenares que ha captado mi máquina sin duda la seleccionaría de entre las que dejan constancia de lo vivido en el Santuario de la Madonna del Divino Amore. Hubo momentos en los que el canto me supo a Pascua, a la que viví tantos años en Avellanes con jóvenes. La voz del hermano Seán invocando como “beato” a cada hermano sonaba como la de un profeta que anuncia la vida nueva. Ese fue un gozo para el oído. Para la vista, sin duda, lo fue la procesión de las palmas y la presencia de los familiares de los mártires en el altar. A través de la vista y del oído llegaron al corazón. En la procesión de las palmas alguien se preguntaba: ¿A quién represento yo llevando en mis manos esta palma? La palma representaba el triunfo de otro. La cámara fue captando rostros y palmas. Pero la que me cautiva es la de dos niños manteniendo entre sus manos una enorme palma. La vida que nace de la muerte, la sangre de los mártires alimentando la fe de las generaciones que vienen. Un niño y una niña simientes de vida.

Algunas novedades a tener en cuenta
El santoral marista se agranda con 47 nombres, rostros y vidas cuya fiesta se celebrará el 6 de noviembre de cada año. Se alargan las letanías de los santos maristas. Habrá que irse acostumbrando a hacer preceder la palabra “beato” delante del nombre de cada uno de los hermanos mártires, tanto al escribirla como al nombrarla. Los postuladores de las causas tienen la tarea de elaborar los textos para la liturgia con la que se celebrará la fiesta en las comunidades maristas y en la Iglesia universal. Y comenzará a difundirse el culto a los nuevos beatos. El párroco de Torregrosa (Lleida) anunciaba, durante su visita a la Casa general, que el señor obispo de la diócesis iba a presidir la colocación de una efigie del beato hermano Victorino José, en la Iglesia del pueblo. Y en las comunidades maristas del mundo entero estos hermanos van a ser referentes de vida marista y semillas de nueva vida.

Los frutos que traerá esta siembra
Se los confío a la esperanza. La beatificación ha sido una siembra de semillas de vida. Hay que esperar que broten. Vi a un joven adolescente espigado quedarse en contemplación larga ante el cuadro original de Champagnat realizado por Goyo para la fiesta de la canonización. Venía con uno de los grupos que visitó la casa. Se prolongaba un diálogo silente con la imagen del cuadro. El grupo ya se había desplazado hasta la capilla de los superiores donde se venera la estatua original de la Buena Madre. Me acerqué a indicarle con un gesto por dónde continuaba el camino de la visita. Al apartar su vista del cuadro comprobé que sus ojos estaban llenos de lágrimas, a punto de rebosar los párpados. Me desconcerté y no supe qué decirle. Me limité a indicarle el camino con un gesto. Entró en la capilla. Seguí discretamente sus movimientos por unos instantes. Mi tarea me exigía realizar el reportaje fotográfico y le perdí de vista. Concluida la visita a la capilla me hice el encontradizo con él. Los ojos seguían llenos de lágrimas por la emoción del momento. Nos cruzamos la mirada como gesto de aceptación mutua y de confianza. De sus labios salió esta queja:
- ¡Qué habrán hecho con esta imagen para que esté aquí!
- Pues, ¿dónde crees que tiene que estar?
- ¡¡¡En el Hermitage!!!
- Desde aquí Ella te va a ayudar a que la ames mucho.
Me miró a través de unos ojos vivos, brillantes. Nos miramos en un gesto de complicidad. Se cortó el diálogo. Iniciamos el descenso de la gran escalera para dirigirnos al corredor de los superiores. Allí le perdí de vista, mezclado entre los compañeros del numeroso grupo. Los hermanos mártires trajeron a este joven desde muy lejos para que sus ojos pudieran iluminarse al contemplar la estatua original de la Buena Madre y del cuadro de Marcelino. Y su corazón sintonizó con lo más hondo de la vida marista. Una semilla de vida se alberga en un corazón joven que corre por una calle de nuestras ciudades. Esperemos la primavera abonada con la oración silenciosa y el agua fecundante de la gracia de Dios.

AMEstaún

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