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Trasmitiendo perdón

24/10/2007: España

Leyendo las memorias de los hermanos maristas supervivientes del “Cabo San Agustín”, barco embargado y anclado en el puerto de Barcelona, siempre me han llamado la atención las referencias que se hacían en ellas a Aurelio Fernández, uno de los jefes de la Federación Anarquista Ibérica (FAI). Fue él quien intervino de manera fundamental en las negociaciones que el Instituto de los hermanos maristas mantuvo con esta organización anarquista, para que pasaran a Francia los estudiantes y los hermanos que se hallaban en la zona republicana.

Los hermanos son muy parcos en sus informaciones. Ante el Juez delegado, en el proceso de instrucción de la causa de los cuarenta y seis siervos de Dios, son pocos los testigos que proporcionan algún que otro detalle sobre este asunto. Los mismos historiadores maristas –que han descrito el ambiente anarquista que se respiraba en Barcelona en 1936– tampoco aportan muchos datos sobre él.

Mi afán por conocer quién era el tal Aurelio Fernández me llevó a investigar la vida y milagros de este famoso anarquista. Supe en qué escuela se había formado; conocí sus correrías durante los años de la República y de la guerra civil; y supe que, al final, se había exiliado en México. También pude informarme de que residió mucho tiempo en la ciudad mejicana de Puebla.

En una oportunidad que me ofreció el entonces provincial de Cataluña –H. Emili Turú– de viajar a México, aproveché mi estancia en Guadalajara y en México D. F. para entrevistarme con exiliados españoles residentes en ambas ciudades. Algunos de ellos habían conocido a Aurelio Fernández, pero ninguno supo decirme cuál era su paradero.

Me dirigí entonces a la embajada española en el Distrito Federal y expuse las razones de mi visita al funcionario. Éste telefoneó al cónsul español de Puebla y, ¡oh sorpresa!, resultó que Aurelio Fernández y él eran viejos conocidos. El cónsul me comunicó que ya había muerto, pero que Violeta, su compañera, todavía vivía. Me proporcionó su dirección y su número de teléfono. Con estos datos, me puse en contacto con ella y, muy amablemente, me dijo que, con mucho gusto, me recibiría en su casa.

Un antiguo alumno mejicano me acompañó a Puebla. Hacia las diez de la mañana, fuimos recibidos por doña Violeta. Al principio, con recelo y asombro. Pero cuando le expuse los motivos de mi visita y le dije que venía de Barcelona –ciudad tan entrañable para ella por haber vivido allí buena parte de su vida– nos fue muy fácil a ambos entrar en franca conversación. Me contó la vida de los anarquistas en Barcelona; sus peripecias y su lucha por la clase obrera; las represalias contra los fascistas y los curas y frailes, y un largo etcétera. Fue extensa y emocionante la entrevista. Sus recuerdos iban trayendo a mi memoria todo cuanto había leído sobre los hermanos, víctimas del odio que aquellas personas anidaban en su corazón contra la Iglesia y contra todo lo relacionado con ella. Pensaba en los hermanos Laurentino, Virgilio, Andrés, Atanasio, Epifanio y tantos otros. En su amor fraterno y en su inocencia; en los muchísimos recuerdos que me traían los escritos de los maristas supervivientes, cuando en los autobuses eran trasladados a San Elías. Recordaba sus silencios en las salas de concentración; sus rezos; su perdón a los que los habían traicionado, a los que también nosotros queremos perdonar y perdonamos. Yo iba tomando notas, procurando transmitir todos aquellos recuerdos que se me agolpaban en la memoria como lo hubieran hecho aquellos buenos hermanos.

Toda nuestra conversación transcurrió en un clima de gran cordialidad. Cuando terminamos de hablar, invité a doña Violeta a que compartiera con nosotros la comida en un restaurante, pero ella se excusó alegando que se encontraba aquejada de gripe, cosa que se advertía fácilmente. Sin pretender herirla, le entregué un obsequio que previamente había adquirido para ella. Pretendía ser una muestra del perdón cristiano de aquellos ciento siete hermanos que habían sido traicionados por Aurelio Fernández; y, en especial, de los cuarenta y seis que fueron asesinados en el cementerio de Montcada (Barcelona), en la noche del 8 de octubre de 1936. Con ese mismo propósito, quise estamparle un beso en su mejilla, símbolo de aquel perdón de todos los hermanos maristas que habían sido traicionados por Aurelio Fernández, el compañero de doña Violeta.

H. Mariano Santamaría, vicepostulador

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