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12/03/2018: España

 

Hermano simplemente hermano

vidareligiosa.es


Era consciente de que no podía seguir con ese ritmo de vida, que cualquier día le podía dar un patatús. Sabía que tenía que cambiar. Pero nunca encontraba el momento para hacerlo. Se lo impedía el mismo ritmo de vida al que tenía que renunciar.

De repente, un shock: el anuncio de una enfermedad grave, o un infarto del que se sobrevive, o la muerte de una persona cercana, o un accidente que podía haber sido mortal… Y surge, inevitable, la pregunta: ¿qué estoy haciendo con mi vida?

A veces da la impresión de que, tanto las personas como las instituciones, necesitamos tocar fondo para reaccionar enérgica y responsablemente ante lo que no aporta nada de vida o, directamente, nos está matando. Pareciera que el mantenimiento de lo existente y las múltiples urgencias del día a día nos tienen bloqueados.

Cada vez que he visto aplicar la “Teoría U” de Otto Scharmer en nuestras instituciones, el paso que se revela más difícil es el de “soltar” o “abandonar”. Sabemos que es condición previa para poder “recibir”, pero todo en nosotros se resiste a “dejar ir”. Conscientes de que “ya no nos sirve una simple administración” y de que “no se pueden dejar las cosas como están” (EG 25), nos aventuramos en algunas novedades, pero difícilmente se renuncia a algo. El resultado es que lo nuevo se suma a lo viejo, haciendo todavía más difícil su gestión y acompañamiento.

Cada persona o institución sabrá qué tiene que “soltar” concretamente, y casi seguro que no será lo mismo para todos. Pero tengo la impresión de que, en la Vida Consagrada, en general, nos está costando dejar el poder y el control. Quizás abandonemos edificios o traspasemos obras, o las gestionemos de manera distinta. Pero nuestra necesidad de controlarlo todo nos ata las manos irremediablemente. El Espíritu no encuentra una rendija por donde colarse.

He conocido provincias religiosas que han empezado a mirar al futuro con creatividad cuando ya no les quedaba nada que perder: se sentían libres. La pena es que su toma de conciencia les llegó cuando menos fuerzas tenían: ¡lástima no haber vivido ese proceso cuando contaban con más energía!

¿De veras necesitamos tocar fondo para reaccionar?

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