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28/04/2005: Spain

 

H. Lluís Serra Llansana

El cardenal Joseph Ratzinger es, desde el pasado 19 de abril, el papa Benedicto XVI. Escribo este artículo en el mismo momento que el nuevo Papa preside su primera Eucaristía en la Capilla Sixtina. Contemplo cuatro posibilidades de enfocar mi reflexión: a) comunicar mi experiencia sobre sus intervenciones en la Sala de Prensa del Vaticano y la impresión que me produjo; b) entrar en la dinámica de valorar, en pro o en contra, su figura y hacer cábalas sobre las principales líneas que se atisban para su pontificado; c) comparar mi perfil de candidato, que apareció en esta sección la semana anterior, con el nuevo Papa electo; y d) entrar en la estructura profunda del significado del Papa, es decir desentrañar los órdenes del Espíritu, sin detenerme en la superficie de las reacciones publicadas en la prensa o divulgadas por los medios de comunicación. Tal como indica el título, opto por la cuarta.

Bert Hellinger (2000) ha escrito un libro titulado Ordnungen der Liebe (Órdenes del amor). Sostiene que existen en toda relación humana unos órdenes preestablecidos para el amor. Si el amor humano ignora los órdenes, nos hace errar en nuestro camino. Si los conoce y respeta, puede traer el fruto que anhelamos. En parangón con esta obra, creo que también existen los órdenes del Espíritu, que no siguen para nada los criterios que hoy barajan progresistas y conservadores en el seno de la Iglesia. Quien más quien menos, tras la muerte de Juan Pablo II, ha tenido sus expectativas sobre el nuevo Papa. Es muy humano desearlo, pero no es importante que la persona elegida en el cónclave se ajuste a nuestras previsiones, tanto para unos como para otros. Tras la noticia, las reacciones han sido dispares. Algunos medios han insistido sobre la etiqueta de duro, conservador, ala derecha del Espíritu Santo, promulgador de los noes a casi todo, guardián de la fe… Otros medios han resaltado su categoría intelectual, su conocimiento de la Iglesia, su sencillez y austeridad personal, el carácter continuista de su nombramiento… Todas estas opiniones, fundamentadas o disparatadas, se mantienen en la superficie de la realidad.
Dios habla a través de los hechos, nos guste o no. Y el hecho incontrovertible es que el sucesor de Juan Pablo II es Benedicto XVI, es decir el cardenal Ratzinger. En los órdenes del Espíritu, los hechos se acogen con respeto y amor. No estoy hablando de una sumisión infantil, que sólo ve maravillas y elude las sombras, sino de ser adultos en la fe. Pueden existir discrepancias, puntos de vista distintos, divergencias sobre la solución de algunos problemas, audacia en la formulación de propuestas… pero si estas actitudes desembocan en la falta de respeto y amor hacia el Papa, un cristiano ignora los órdenes del Espíritu. Las opiniones externas a la Iglesia hay que escucharlas, porque pueden dar luz, pero tienen distinto calibre al no ser emitidas desde la pertenencia a la comunidad cristiana. Las opiniones internas, si faltan al respeto y al amor, por más cargadas de buenas intenciones que vayan, no están en la línea del Espíritu y producen daño. Pablo forzó el primer Concilio de Jerusalén, pero respetó siempre el primado de Pedro, cuyo esencia no radica en el valor personal o en la categoría moral de quien lo encarna. Algunas páginas de la historia así lo demuestran. Uno no deja de ser hijo de su padre porque éste sea alcohólico o estafador. El vínculo biológico y amoroso no depende de su conducta. Quizás pueda favorecerlo, pero poco más. Nuestra tarea consiste en no dejarnos engullir por la vorágine mediática y trabajar en el respeto y amor al Papa. Para unos será fácil. Para otros requerirá un esfuerzo.

28 de abril de 2005

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