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26/01/2010: Chile

 

Cuando salimos de Rancagua el día 17 de Enero, aún no conocíamos el significado vital de ser un peregrino. Y no es de extrañar, puesto que muchos saberes no cobran su real sentido sino hasta el momento de experimentarse en una vivencia que , por su carga o contenido emocional, marcan de manera inolvidable el corazón de quien las vive.

Ese domingo partimos hacia la localidad de Romeral, que sería el lugar donde realizaríamos la Misión Marista 2010.

Para todo marista, y de manera especial para peregrinas y peregrinos del movimiento Marcha, la meta de su formación se encuentra en la realización de la misión que nos ha sido encomendada por el Señor. Ser peregrino es partir lejos de la casa paterna hacia un lugar distante (peregre: lejos del hogar nativo) para anunciar la Buena Noticia de que Dios ya está reinando en medio nuestro. Pero ¿Cómo se constata esta maravilla que anunciamos?

El Señor quiso que este 2010,entre el 17 y el 25 de enero, una comunidad marista compuesta por cerca de un centenar de jóvenes viviera la radical invitación de anunciar su evangelio a hombres y mujeres, entre ellos ancianos, adultos, jóvenes y niños de distintos sectores de Romeral , para compartir en comunidad y aprender a crecer en el espíritu de servicio.

Son muchas las horas que anduvimos recorriendo soleados caminos, muchos los hogares que visitamos llevando un mensaje de paz y fraternidad, con un entusiasmo y locuacidad que nos permite reconocer la presencia real y actuante del espíritu que acompañó a los primeros discípulos. Pero como no podemos siquiera intentar escribir todo lo que vivimos, nos contentaremos con compartirles un par de experiencias que reflejan, a nuestro juicio, la riqueza de la Misión:

La Primera es la experiencia de gozo y gratitud de pertenecer a la Familia Marista:

Nuestro Padre Champagnat, estaría hoy muy contento de saber que en una pequeña localidad (distante a 5 kilómetros de la ciudad de Curicó), acogiendo el llamado a misionar, se reunieron jóvenes –entre ellos peregrinos de Marcha, exalumnos y profesores- de nuestros colegios, que ofrecieron generosa y valientemente su tiempo para atreverse a conmpartir la vida comunitaria y a asumir el llamado a anunciar el evangelio en condiciones tanto favorables como adversas: Cuando les cerraron las puertas o se negaron a abrirlas, respondieron con un gesto y mensaje de paz; Cuando los acogieron, no dudaron en abrir su corazón y entregar lo mejor de sí. Venciendo temores y timideces propias de la edad, hablaron con sencillez y presidieron instancias de oración y bendición.

Estaría muy contento nuestro buen Padre Champagnat al constatar que hemos aprendido vitalmente la actitud filial que el siempre quiso inculcar a todo marista. Hijos en el Hijo, que somos capaces de reconocer en nuestra Buena Madre a quien sostiene nuestra obra. En Ella confiamos y nos confiamos para que todo nos conduzca a Él y estemos en sintonía con su causa. Cada día, al igual que las primeras comunidades de “Los hermanitos de María”, encomendamos nuestra acción misionera cantando comunitariamente la Salve.

La segunda experiencia que nos permita constatar la riqueza de esta misión 2010, tiene que ver con la certeza de que nuestra labor de educadores tiene y alcanza su sentido y plenitud sólo en Jesucristo.

Es cierto que nuestros colegios han alcanzado un nivel de excelencia académica digna de los más comentados elogios y reconocimientos. No obstante, la verdadera excelencia trasciende los umbrales de lo académico y apunta hacia el vasto terreno de la entrega generosa, cultivando los dones que nos han sido entregados para ponerlos al servicio de la comunidad. La verdadera excelencia debe apuntar hacia el Servicio. Y la Misión es aquel lugar en la vida privilegiado para vivir el llamado a amar y servir.

Esto fue lo que descubrimos con radicalidad en esta misión en la localidad de romeral. Allí, el Señor, se encargó de mostrarnos que es el contacto y diálogo sincero con las personas (desde sus alegrías, necesidades, tristezas y esperanzas), en atenta escucha, el que realmente forma y transforma intelecto y corazón, proyectándolo hacia desafíos insospechados que finalmente apuntan a la plena realización de nosotros y de la gran familia humana.

Niñas y niños que llegaron a nuestros colegios con irrefrenables deseos de aprender y ser felices, se han convertido en esta misión, en jóvenes dispuestos a darlo todo por la causa del Evangelio.

Aprendieron a creer en sí mismos, a dejarse amar por quienes en Romeral nos acogieron –de manera especial por los niños con su ternura, alegría y sus inagotables pilas!!- y, por sobre todo, a confiar en Aquél que nos envió a misionar sabiendo en todo momento que saldríamos enriquecidos y fortalecidos.

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