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Carta de Marcelino - 042

 

Br. Marcellin Champagnat
1834


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Hacia 1812, Louis Chaumat y Césaire Fayol habían abierto una escuela en Sorbiers, su país natal, y continuaron dirigiéndola. Cuando los dos ingresaron en el Instituto de los Hermanitos de María, en 1832, la Congregación se hizo cargo de la escuela. Los dos maestros, ya convertidos en los Hnos. Cassien y Arsène, fueron mantenidos en la escuela con otros dos Hermanos como ayudantes. El Hno. Cassien sufrió, a partir de ese momento, una larga crisis interna, catalogando primero a sus Cohermanos como muy malos religiosos, para personalizar luego la crisis con una gran repugnancia por la vida religiosa. Con estas disposiciones escribe al Padre Champagnat achacándolo todo, como suele ocurrir en estos casos, no a su concreto estado personal, sino a su entorno y hasta al propio Fundador. Este le responde con la carta que sigue, patética y llena de simpatía. Ver Répertoires: Avit, AA, pp. 124-126; Crónicas Maristas Il, p. 161 ss.

Al Hermano Cassien:

Que Jesús y María le guíen y conduzcan en todo.
No puedo, mi querido Hermano Casssien, disimularle la pena que me produce su postura cuya explicación no acierto a ver. No creo, mi querido amigo, haberle faltado en nada: he tenido en cuenta todo lo que usted ha creído tener que decirme. Nunca tuve la impresión de burlarme de usted, al proporcionarle los dos Hermanos que le enviamos. Usted mismo estaba contento con ellos. ¿Quién ha venido a turbar esta paz? ¿No me apresuré a acudir junto a usted, para cambiarlo, cuando el Hermano Denis le inquietó con sus quejas? ¿Y no acepté sus razones cuan-do me dijo que prefería conservarlo, a pesar de que ya habíamos toma-do otras decisiones? En fin, mi querido Hermano, ¿cuáles son, pues, las razones de su pena? Si considera que los miembros de la Sociedad de María son demasiado imperfectos para tomarlos como modelos, ponga los ojos, mi querido Cassien, en aquella que puede ser modelo para los perfectos y los imperfectos y que los ama a todos: a los perfectos, por-que imitan sus virtudes y llevan a los demás hacia el bien, sobre todo en una comunidad, y a los imperfectos, porque fue sobre todo por su causa por Io que María se vio elevada a la sublime cualidad de Madre de Dios. Así pues, mi querido Cassien, si somos perfectos, debemos agradecer, en parte, a los pecadores el habernos proporcionado una Madre tan buena, tan amable.
¡Por qué, mi querido Hermano, volverse hacia Egipto para buscar consejos? ¡No puede ella tranquilizarlo? Para no tener que reprocharme nada, le diré, mi querido amigo, le diré con el profeta que los socorros de Egipto serán en sus manos como una débil caña que se rompe y que al romperse, no temo anunciárselo de parte de Jesús y María, lo dejará herido.
Si desdeña mis avisos, consulte, personalmente, al Superior de la Sociedad que ha llegado de Roma , al Sr. Arzobispo, al Sr. Cholleton. En fin, mi querido Cassien, no se precipite...

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