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Carta de Marcelino - 183

 

Br. Marcellin Champagnat
24/03/1838


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Lo mismo que la carta anterior al Hno. Hilarion, n.° 181, ésta parece ser una res-puesta para ser transmitida a los Hermanos del sector. El Padre había empezado en la misma hoja una carta a «Señor y dignísimo pastor, sup. del H.». No habiéndola continuado y no queriendo tirar la hoja, casi en blanco, la empleó para esta carta, transformando palabras. Por lo que se refiere a la fecha: la debió dejar, lo que explicaría que el post scriptum lleve la fecha del 29.

París, 24 de marzo de 1838. Misiones Extranjeras, Rue du Bac, n.° 120.

Muy querido Hermano Antoine:

El preferido de l’Hermitage. Ya ve, mi querido amigo, que sigo en París viendo, visitando a unos y otros sin adivinar el final de mis moles-tas correrías. De todas maneras, espero que, con la ayuda de las oraciones que se elevan de todas partes, conseguiré el objetivo de mis gestiones. Ayer ví al jefe de gabinete encargado de todos los asuntos referentes a las escuelas primarias, Sr. Pillet, quien me dijo que, habiendo obtenido nuestro asunto informes favorables en todos los consejos universitarios, pensaba redactar al día siguiente el proyecto de decreto para ser presentado al Consejo de Estado y luego al Rey para la firma. El Sr. Lachèze, Diputado de la Loire, le ha dicho al Sr. Alcalde de Lavalla, actualmente en París, que apostaba diez contra uno a que conseguiríamos el decreto. Pese a todo, estoy firmemente convencido, muy querido Hermano, que será lo que Dios quiera, ni más ni menos. Sin embargo, no descuido ningún trámite que pueda favorecer su logro. Sé que Dios quiere que nos sirvamos de los hombres en circunstancias como ésta. Ya ve, pues, que lo que necesito son oraciones.
Cumpla usted, junto con todos sus colaboradores a los que aprecio, cumpla, por el amor de Jesús Cristo, cumpla con sus obligaciones; rece y haga rezar a sus niños; usted sabe cuánto agrada a Jesús Cristo verse importunado por estas almas inocentes. Mis gestiones en la capital les han de preocupar especialmente.
Mi salud va muy bien en París. Me alojo en el Seminario de las Misiones Extranjeras donde estoy muy a gusto. Le aseguro que si no supiera que me necesitan un poquito en l’Hermitage, pediría terminar aquí mis días. Sigo el reglamento de la casa todo lo que me permiten mis salidas. Me levanto al toque de la campana, asisto a la meditación y a los demás ejercicios espirituales, a las comidas, a los recreos. Estoy altamente edificado por la generosa abnegación de los que se destinan a las misiones lejanas. ¡Qué amable caridad reina entre ellos!; son alegres, pero sin ligereza ni disipación. Todo lo que retrasa su partida los inquieta, pero sin desanimarlos.
En París hay un excelente núcleo de buenos cristianos. Me gustaría que nuestros campesinos, que se creen buenos cristianos, vieran con qué respeto se comportan en las iglesias, con qué asiduidad y atención asisten a las pláticas. Querría, sobre todo, que fueran testigos de su pie-dad y recogimiento al acercarse a la sagrada mesa. No les importa permanecer dos o tres horas en la iglesia, pues los ejercicios son muy largos. Y es lo más selecto de París quien se comporta así.
El Hno. Marie-Jubin está teniendo un gran éxito. Ahora asiste a la clase de sordomudos y yo también, cuando puedo.
No le diré cuánto frío he pasado este invierno. En París, el combustible es horriblemente caro: quince francos cuesta la leña que un hombre ordinario puede llevar a la espalda. Varias personas han muerto de frío.
A Dios, mi querido amigo, a Dios, mi querido Théodose, Henri-Marie y el querido cocinero. Que Jesús y María sean su única heredad. Soy para siempre su afectísimo padre en Jesús y María,

Champagnat.

P. S. Mis más afectuosos saludos para el Sr. Párroco y su Vicario. Comunique mi carta a todos los Hermanos de Mornant a los que abrazo.
P. S. 29 de marzo. Vengo del Ministerio de Instrucción Pública, donde me han anunciado que el decreto está redactado y que el Ministro lo puede firmar mañana, presentarlo al Consejo de Estado y, finalmente, hacerlo firmar por el Rey; que no tardará mucho. Sírvase comunicarlo a los Hermanos de Mornant y de St. Symphorien, diciéndoles que continúen sus plegarias.
Dígaselo al Sr. Párroco y déle muchos saludos de mi parte. Sigo reclamando una participación en sus fervorosas oraciones.
A Dios, mi querido amigo. Creo que estaré en Lyon al final de la semana santa, aunque no es muy seguro.

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