Marcelino José Benito Champagnat nació el
20 de mayo de 1789 en Marlhes, cerca de Saint-Etienne (Loira),
y fue bautizado al día siguiente, fiesta de la Ascención.
Era el penúltimo de diez hermanos.
Su padre, Juan Bautista, fue nombrado para ejercer todas
las responsabilidades municipales durante el período
del Terror y del Directorio, ya que, además de ser
hombre recto y conciliador, era un convencido promotor de
los ideales de libertad, igualdad y fraternidad proclamados
por la Revolución a todo el pueblo. A pesar de esto,
no hacía caso a los decretos republicanos y protegía
a los desertores, a los sacerdotes perseguidos. Hospedaba
en su casa a su hermana que era religiosa de la Congregación
de San José.
Marcelino aprendió de su padre el amor al trabajo
y el espíritu emprendedor. Su madre y su tía
cultivaron en él la piedad, la caridad y la devoción
mariana.
VOCACION SACERDOTAL
Calmada la tormenta revolucionaria que había
diezmado al clero, algunos sacerdotes empezaron a buscar nuevas
vocaciones para el seminario diocesano. Uno de ellos dijo
a Marcelino: “Hijo mío, tú debes ser sacerdote;
Dios lo quiere”. Seguro de su vocación, respondió
con toda disponibilidad. Debido a que la muerte del padre
había dejado a la familia con escasos recursos, él
mismo pagó los gastos con los ahorros obtenidos como
pastor de ovejas.
Fue admitido en el seminario menor de Verrières
el 1 de noviembre de 1805. Superadas las primeras dificultades
de los estudios, en 1813 entró al seminario mayor de
Lyon, dirigido por los Padres del Oratorio. El clima de fervor
creado por ellos ayudó mucho en la formación
espiritual del seminarista Champagnat quien sintonizó
perfectamente con la espiritualidad sulpiciana. En sus largos
coloquios con María, comprendió que Dios quería
santificarlo y prepararlo para trabajar en la salvación
del prójimo mediante una especial devoción a
la santísima Virgen. Desde entonces la consideró
como su Madre y como el camino que lo llevaría a Jesús.
Su lema fue: “Todo a Jesús por María;
todo a María para Jesús.”
Al acercarse su ordenación sacerdotal
empezó, junto con un grupo de seminaristas cualificados,
a preguntarse sobre los medios de apostolado más eficaces
para liberar a los fieles de la ignorancia e indiferencia
religiosas. Entre ellos, brotó la idea de una asociación
que llevaría el nombre de “Sociedad de María”,
título surgido de la devoción mariana de todos
los componentes del grupo. Sin embargo, Marcelino intuía
que el objetivo apostólico no podía limitarse
a las misiones y a los adultos e insistía: “necesitamos
hermanos para la educación cristiana de los jóvenes.”
En este contexto se le dio el mandato de realizar personalmente
su proyecto.
VICARIO DE LA VALLA
Tras su ordenación sacerdotal, el
22 de julio de 1816, Marcelino Champagnat fue enviado como
Vicario a La Valla-en-Gier. La parroquia tenía una
población de 2500 personas que habitaban en La Valla
y en 62 caseríos diseminados en la accidentada superficie
del monte Pilat. Algunos de estos caseríos estaban
a dos horas de camino de la casa parroquial. Encontrando una
profunda ignorancia religiosa y una práctica mediocre,
empezó inmediatamente su trabajo pastoral. Todo lo
hizo con obediencia ejemplar al párroco a quien siempre
manifestó respeto y sumisión, tanto en privado
como en público, soportando pacientemente sus excesos
de autoritarismo.
Marcelino, que no podía ver a un
niño sin sentir el deseo de catequizarlo, ideó
la renovación de la parroquia con el fructífero
método de llegar a los adultos por medio de los niños.
Estos acudían en cantidades siempre mayores a escucharlo
y sus padres no tardaron en imitarlos. Aquel sacerdote les
atraía y les hablaba una y otra vez sobre las grandes
verdades, iluminando y tocando sus corazones hasta crear en
ellos la exigencia de la reconciliación sacramental.
En las conversaciones familiares de las tardes dominicales
completaba la instrucción, enseñando a santificar
la fatiga de los trabajos agrícolas y, a las madres,
a educar cristianamente a sus hijos inspirándose en
María.
Así fue como se reformaron las costumbres
y se desarraigaron hábitos contrarios a la práctica
cristiana como: el trabajo en días festivos, la embriaguez,
los bailes y las lecturas libertinas.
En su trabajo pastoral, Marcelino privilegió
a los enfermos con su asistencia. Los visitaba, curaba y ayudaba
materialmente con ternura paternal. Cuando se trataba de asegurarles
los auxilios de la religión nada le detenía;
ni la noche, ni los caminos ásperos y helados ni la
nieve. Un día, recorriendo aquella serranía
con un amigo le dijo: “si pudiera recogerse en el fondo
del valle todo el sudor que he derramado en estas andanzas,
habría suficiente para un baño; pero estoy contento
porque Dios me ha concedido la gracia de llegar siempre a
tiempo para administrar los últimos sacramentos”.
La asistencia a un moribundo de diecisiete años que
ignoraba las verdades más elementales del cristianismo
le hicieron tocar con la mano la necesidad de los “hermanos
educadores”: “¡Cuántos jóvenes
del mundo se encuentran en condiciones análogas!.”
Convencido de que la realidad presente del hombre es el hoy
de Dios, no aplazó más la realización
del proyecto que había acariciado desde el seminario.
FUNDADOR DE LOS HERMANITOS DE MARIA
El 2 de enero de 1817 recibió a dos
jóvenes campesinos de 15 y 23 años que no tenían
instrucción, en una casucha construída por él
mismo, muy parecida a la de Nazaret, cuyo espíritu
pronto empezó a vivirse. La regla de la nueva comunidad
era breve: oración, trabajo manual para la propia manutención
y estudio orientado hacia la evangelización de los
niños. Todo hecho en un clima de auténtico espíritu
de familia, de humildad, sencillez y modestia. Así
nacieron los Hermanitos de María.
En el año 1822, después de cinco años
de vida, la nueva institución tenía 10 miembros
y dirigía con éxito cuatro escuelas rurales.
Pero de improviso empezó una campaña de discriminación
y de denuncia contra el Fundador de parte de los cohermanos
sacerdotes quienes lo juzgaban como carente de talento e imprudente.
Siguieron las amenazas por parte de la Curia de dispersar
a la comunidad y de someterla a la autoridad de la Sociedad
de la Cruz de Jesús, fundada por el Vicario General,
el R. Claudio María Bochard. Marcelino calló
y se declaró dispuesto a obedecer si sus superiores
le revelaban con seguridad que eso era la voluntad de Dios.
También su confesor lo rechazó a pesar de que
siempre actuaba siguiendo su consejo. Así inició
una larga experiencia del abandono de Cristo.
En 1824, Mons. Gastón de Pins, nombrado Administrador
Apostólico de la diócesis de Lyon, interpretando
claramente los designios de Dios sobre Champagnat, lo relevó
del cargo de vicario de La Valla, permitiéndole dedicarse
completamente a su Instituto, que con la bendición
del Señor continuaba prosperando y necesitaba una casa
más grande para recibir a los numerosos postulantes
y novicios.
En la construcción de Nuestra Señora de l’Hermitage,
iniciada sin dinero pero con gran confianza en la providencia,
se vio al buen Fundador como incansable albañil entre
los albañiles, teniendo a sus hermanos y formandos
como ayudantes. Las críticas se agudizaron de nuevo
contra aquel a quien en el ambiente eclesiástico de
la diócesis se designaba simplemente como “ese
Champagnat loco”. Un “sacerdote obrero”
era verdadera piedra de escándalo en aquella época.
En 1825, agotado por el trabajo y por las visitas a las diez
escuelas dirigidas por los hermanos, Marcelino enfermó
gravemente. Como si no fueran suficientes las dificultades
externas, se añadieron las de algunos miembros de la
Sociedad de María que lo ayudaban en la formación
de los novicios. Ellos amenazaron con abandonar la casa y
dejar a sus habitantes en manos de sus acreedores. Especialmente
aquel a quien se atribuye la primera idea de crear la Sociedad
de María, Juan Claudio Courveille, intentó alejar
a los hermanos de su Fundador y de sustituirlo en el gobierno
del Instituto. Como respuesta, Marcelino, convencido de que
la obra era de Dios y de que él no era indispensable.
instó serenamente a sus hijos a elegir a Courveille
como superior y a darle su respeto y obediencia. Pero Dios
se ocupó de restituirle la salud y de librar a la comunidad
de la presencia sombría y perniciosa de Courveille.
La Sociedad de María obtuvo el reconocimiento de la
Santa Sede en 1836 y Marcelino fue uno de los primeros en
hacer su profesión religiosa. Esto implicaba la regulación
de su condición como superior de los Hermanos Maristas.
El V. Juan Claudio Colin, Superior General, juzgó estar
obligado a pedir la dimisión a Marcelino. “Todo
el mundo sabe, observa un cohermano testigo, cómo aman
su obra los Fundadores y los exSuperiores así como
su decisión de dirigirla según sus modos de
ver; sin embargo, tan pronto como el P. Champagnat captó
lo que se le decía con toda cautela, respondió:
“Desde luego que sí daré la dimisión
y debo darla; lo único que me disgusta es que se tomen
tantas precauciones para decírmelo. He tenido la gracia
de comenzar; no tengo las gracias de estado para continuar”.
Y dio su dimisión.” (Coste, J., S.M. –
Lessard, G., S.M., Origines Maristes, vol. II, Doc.752, p.719
).
Presentó la dimisión en un estilo muy singular
y revelador de su interioridad: “María, tierna
Madre mía, pongo pura y sencillamente en manos del
Señor Superior de la Sociedad de María la rama
de los Hermanos Maristas que se me confió en 1816.
Dígnate, oh Madre de Misericordia, perdonarme todas
mis culpas descuidando o no desempeñando como hubiera
podido hacerlo mis deberes con esta obra.” ( Id., Ib.,
Vol. I., Doc. 416, p. 951 ).
Su unión espiritual con la Sierva humilde, la Madre,
la primera Superiora, el “Recurso Ordinario”,
le hacían fáciles y como naturales las más
arduas renuncias: “Quien se pone en los brazos de María
es ayudado eficazmente a llevar la cruz.”, “ Suceda
lo que suceda, estaré en paz en Señor y en su
santísima Madre y bendeciré sus nombres santos.”
(Carta al P. Cattet ).
VIRTUDES
Tener la vivencia de Cristo como María,
fue el ideal de Marcelino. Ideal madurado en cada acontecimiento
con un incondicional “Ecce... Fiat “, aun en los
momentos más penetrados por la cruz, hasta el “
Consummatum”.
La fe en la paternidad de Dios es la base del completo abandono
en Él y de la búsqueda de su voluntad en el
diálogo íntimo y de su filial cumplimiento.
“La oración era su hábitat; se dedicaba
a ella con tanta facilidad y gozo que parecía que le
era natural”. De la contemplación del misterio
de Dios que “tanto ha amado al mundo hasta darle a su
propio Hijo unigénito” ( Jn.3, 16 ), y de la
meditación de los misterios del Redentor, la encarnación,
la pasión y la eucaristía, extrajo el celo ardiente
por su gloria y una gran capacidad de servicio. El deseo más
grande de su alma fue la práctica y la promoción
del amor de Dios y del prójimo con total abnegación.
El secreto de su actuar está en su convicción
de que “sólo Dios merece nuestro amor. Amar a
Dios y trabajar para darlo a conocer y hacerlo amar, he ahí
lo que debe de ser la vida de un marista. ¡Oh! qué
infelices seríamos si no amásemos a Dios, la
Bondad, la Belleza, el Bien por excelencia, el único
capaz de saciar y de llenar nuestro corazón creado
para el bien infinito! (Summ., p. 291 –10 ).
No dejaba pasar ninguna ocasión para estimular e inflamar
los corazones en el amor de divino: “¿Quiénes
queréis que amen a Dios sino los hijos de María?
¡Qué afortunados sois, queridos hermanos, al
ser escogidos para enseñar a los niños a conocer
y amar a Dios! Habladles frecuentemente de nuestro Señor
y de sus misterios. Entre más lo deis a conocer, más
lo haréis amar ( Summ., p. 292 – 12 ). No se
contentó con predicar el amor de Dios sino que dio
testimonio de él según el mandato evangélico,
amándolo con todas sus fuerzas, con todo su corazón,
su alma y su mente, de tal manera que ningún aspecto
de su vida carece de ese amor así como su corazón
no anheló ningún otro objeto.
Su esperanza sobrenatural no es menos notable. “Su corazón
estaba completamente desprendido de la caducidad de este mundo
y su esperanza se dirigía continuamente hacía
la eterna beatitud”.(Summ., p. 270 – 31), dejándose
llevar por las palabras del divino Maestro y por la seguridad
del amor divino y de su ayuda a quien lo sirve: “Quaerite
primum regnum Dei et iustitiam eius, et haec omnia adicentur
vobis”.(Lc.12,31; Summ., p.288 – 26). No se fiaba
en absoluto de sus propias obras, estando convencido, como
lo revelan también sus enseñanzas, de que no
hay nada que dañe tanto las obras de Dios como la presunción,
la confianza en los propios méritos y el fiarse de
la propia capacidad (cfr. Summ., 287 – 23). Nada lo
detenía cuando estaba seguro de la ayuda de Dios con
oraciones fervientes e incesantes; más aun, cuanto
menos disponía de medios humanos más crecía
su esperanza en la intervención divina: “cuando
se tiene a Dios consigo, cuando se cuenta únicamente
con Él, nada es imposible” (Summ., 268 –
25). Hechos abundantes prueban su confianza en la Providencia.
Una muestra de esto es la respuesta que dio a quien le reprochaba
de ser temerario al iniciar una obra que se pensaba que fracasaría:
“sería una imprudencia incalificable si contásemos
con nosotros mismos, pero contamos con la Providencia que
nunca nos ha fallado y que lo ha hecho todo entre nosotros”.
La vida teologal de Marcelino Champagnat estaba fundamentada
en la bienaventuranza de la pobreza, es decir, en la humildad
profunda, el desprendimiento interior. La fidelidad a Cristo
sufriente hizo de él un manso cordero que no abrió
la boca ante quienes lo trasquilaban. “Durante toda
su vida, refiere uno de sus primeros discípulos y biógrafo,
fue contrariado, humillado y perseguido en todas las formas
y nunca se dio la satisfacción tan buscada por el amor
propio, no digo de quejarse de sus opositores y perseguidores
sino ni siquiera de justificarse. Más aun, impulsado
por el espíritu de abnegación hablaba bien de
las personas que lo dañaban y les prestaba todos los
servicios que podía”. (Vie, ed. 1989, p. 399).
El P. Juan Luis Duplay, Rector del Seminario mayor, que conocía
su intimidad, apenas supo de la muerte del Beato, escribió:
“El P. Champagnat tuvo sus pruebas; yo las conocí.
Sin embargo continuaba su obra con un corazón libre
a través de todas las adversidades. La razón
de esto es que en todos sus esfuerzos miraba más allá
de los intereses personales, sabía trabajar para Dios
y únicamente para Dios. Uno de los grandes méritos
de este sacerdote es su paciencia en el sufrimiento y el silencio
en momentos amargos” (AVIT, Fr., Abregès des
Annales, 1972, p. 323).
OBRERO DEL REINO
El Beato se mostró siempre fiel hijo
de la Iglesia, animado por un gran respeto al Papa en quien
veía al Cristo que continúa su misión
en el mundo. Las encíclicas del Papa se leían
de pie en comunidad, tal como se hace con la palabra de Dios.
Creyó firmemente en la infalibilidad del Papa y fue
totalmente ajeno a toda pretensión de galicanismo.
Para expresar mejor su pensamiento usó frecuentemente
esta comparación: “Así como la luz que
ilumina la tierra nos viene del sol, así toda la luz
que ilumina a los hombres en el orden sobrenatural nos viene
de nuestro Santo Padre el Papa. El Papa es para el mundo moral
lo que el sol para el mundo físico”.
El espíritu de sumisión a la Iglesia jerárquica
se manifiesta también en relación con los Obispos:
“¿Se puede temer cuando se es guiado y protegido
por los sucesores de los Apóstoles, por aquellos que
son la luz del mundo, las columnas de la verdad y la sal de
la tierra? Los Obispos son nuestros padres, debemos considerarnos
como sus hijos y darles en toda circunstancia muestras de
profundo respeto y total sumisión”.
La actitud de Champagnat hacia los párrocos no era
menos filial. Como fundador recomendaba a sus Hermanos ser
muy conscientes de su tarea como “colaboradores de los
pastores de la Iglesia” y vivir y actuar en perfecta
comunión con ellos, porque la evangelización
y la educación de los jóvenes pertenecen a la
misión misma de la Iglesia. Así se comprende
también la gran consideración que tenía
hacia todos los constructores del Reino: “Deseo, queridos
Hermanos, que la caridad que debe uniros como miembros del
mismo cuerpo se extienda también a las demás
Congregaciones. Os conjuro por la infinita caridad de Jesucristo
que no envidiéis a nadie y menos aun a aquellos a quienes
Dios llama a trabajar como vosotros, en el estado religioso,
en la educación de los jóvenes. Sed los primeros
en alegraros de sus éxitos y en entristeceros de sus
desgracias. Encomendadlos frecuentemente a Dios y su Madre
santísima. Dadles preferencia sin dificultad. No hagáis
caso a los discursos contra ellos. La gloria de Dios y el
honor de María sean vuestro único fin y vuestra
única ambición” (Testamento Espiritual).
El Beato Champagnat puso su carisma al servicio de la Iglesia.
Su anhelo evangelizador siempre tuvo dimensión universal,
por eso lanzó a su Instituto a un apostolado sin fronteras:
“Todas las diócesis del mundo entran en nuestras
miras”. Su pensamiento dominante y el fin de toda su
actividad fue que Dios fuese conocido y amado por todos, que
pronto hubiera un solo rebaño con un solo pastor, no
únicamente en la región donde el furor de la
irreligión había imperado por largo tiempo,
sino en todo el mundo. El deseo ardiente de las misiones “ad
gentes” acompañó a Marcelino toda su vida
y lo hubiera satisfecho si la obediencia no le hubiera pedido
permanecer en Francia. En 1836 la Santa Sede encomendó
a la Sociedad de María la evangelización de
Oceanía e inauguró la expansión misionera
del Instituto. Tres Hermanos fueron compañeros de San
Pedro Luis Chanel, protomártir de Oceanía, y
otros fueron enviados después.
ULTIMOS DESEOS APOSTÓLICOS Y MUERTE
En los últimos meses de su vida tuvo
el deseo de fundar una escuela para la educación de
sordomudos. Siempre disponible a los signos del Señor,
puso a dos Hermanos para que se especializaran. Pero no tuvo
el gusto de ver realizado su proyecto. Agotado por el trabajo,
las renuncias y por la enfermedad, la vida de Marcelino se
apagó en la casa madre de Nuestra Señora de
l’Hermitage, el sábado 6 de junio de 1840, a
las 4:30 hs., momento en que los Hermanos iniciaban la jornada
con el canto de la Salve Regina.
Marcelino había dado frutos buenos como auténtico
árbol bueno (cfr. Mt. 7,17). Para continuar su misión
dejaba 200 religiosos que educaban a 7000 alumnos en 48 escuelas.
Después de su muerte, como la semilla sembrada, ha
revelado una fecundidad prodigiosa ( cfr. Jn. 12,24 ). El
Instituto se ha propagado por todos los rincones de la tierra.
La opción preferencial por los menos favorecidos, característica
original del Instituto presenta hoy un amplio abanico de actividades:
escuelas primarias, secundarias, profesionales y agrícolas,
editoriales, cura de enfermos, asistencia a los leprosos y
a los discapacitados. |