1. ROSEY: INFANCIA Y ADOLESCENCIA (1789-1805)
Rosey era una aldea de las muchas que componían
el ayuntamiento de Marlhes, que agrupaba 2700 habitantes.
El lugar, muy atractivo, daba escaso margen a la fertilidad;
las condiciones eran poco fáciles; la vida, ruda.
El calendario señalaba el año de la Revolución
Francesa: 1789. Catorce años antes, Juan Bautista
Champagnat, 19 años, había contraído
matrimonio con Mª Teresa Chirat, de 29 años,
de la aldea de Malcoignière. Ella pasó a vivir
a Rosey, donde se dedicaba al comercio de telas y encajes,
debiendo ampliar el negocio con la agricultura y los trabajos
del molino.
El día 20 de mayo, miércoles
de rogativas, Mª Teresa dio a luz a su noveno hijo: Marcelino.
Tres habían fallecido en edad temprana, al igual que
sucedería después con el décimo y último.
Dos semanas antes, el 5 de mayo, se habían inaugurado
en Versailles los Estados Generales. Se alumbraba una nueva
época: la Edad Contemporánea.
Al día siguiente, jueves de la Ascensión,
el bebé fue llevado a la pila bautismal de Marlhes,
actuando de madrina su prima Margarita Chatelard, y de padrino,
su tío Marcelino Chirat, que le legó su nombre.
Pasó a llamarse Marcelino José Benito.
Mientras Marcelino vivía sus primeros
meses y su madre le proporcionaba con esmero los cuidados
necesarios, los acontecimientos nacionales se sucedían
con rapidez. En junio, el Tercer Estado se proclamó
Asamblea Nacional y, en julio, se transformó en Constituyente.
La Bastilla, símbolo de la autoridad
real y del absolutismo, caía el 14 de julio. El miedo
se apoderó de Francia. El temor flotaba en el ambiente.
Juan Bautista, su padre, hombre abierto, acogedor, comprensivo
y con espíritu de iniciativa, tomó el pulso
de la historia participando en primera fila. Poseía
elevado nivel de instrucción. Su escritura impecable,
su facilidad de hablar en público, así como
su capacidad de dirección, son prueba de ello. Ejerciendo
ya entonces funciones de cargo, fue nombrado coronel de la
Guardia Nacional del departamento de Marlhes.
Se vislumbraba la aurora de una nueva época.
El Antiguo Régimen se deshacía en jirones.
En 1791, Juan Bautista aceptó el cargo
de secretario del ayuntamiento de Marlhes, a la sazón
cabeza de partido. Casi un año antes se había
promulgado la Constitución Civil del Clero, por la
cual los sacerdotes y obispos pasaban a ser funcionarios del
Estado. Además de suprimir una clase social privilegiada,
se pretendía formar una iglesia nacional, sometida
al Estado, independiente de Roma. El clero quedó escindido
en juramentados y refractarios. Para sustituir a estos últimos,
leyó desde el púlpito, ante la negativa del
sacerdote Allirot a hacerlo, la convocatoria de elección
en Saint-Étienne.
Debió prodigarse en actuaciones públicas:
discurso de exaltación de la Constitución; inspección
de pesas y medidas; lectura de la carta pastoral de monseñor
Lamourette, obispo constitucional del Ródano y Loira,
penetrado de ideas progresistas; redacción del proceso
verbal correspondiente a una negación de mosén
Allirot; prohibición de que las fondas dieran de comer
y beber durante los oficios religiosos...
Obtuvo el primer lugar en la votación
como delegado para elegir a los diputados de la Convención.
Con la caída de la Monarquía, hubo cambios en
el ayuntamiento de Marlhes, pero Juan Bautista conservó
su cargo de secretario, asumiendo, además, otras funciones
de menor rango. Durante la Convención fue nombrado
Juez de Paz.
Pese a servir a los ideales revolucionarios,
encuadrado dentro de los jacobinos, partido de extrema izquierda,
dio prioridad a las realidades concretas de su pueblo, salvaguardando
los intereses de sus habitantes. El comisario Benito Oignon,
viendo que sus órdenes no eran ejecutadas con prontitud,
le dio de compañero a su primo J-P. Ducros, jacobino
furibundo. Juan Bautista influyó notablemente en sus
decisiones, ya que, en el fondo, era un hombre de carácter
débil.
Contaba Marcelino cuatro años cuando
se estableció el Terror en Francia.
Resultaba difícil que un político
escapara a la violencia o, al menos, a opciones controvertidas.
Juan Bautista asistió a la quema de los títulos
feudales del ciudadano Courbon, pronunció un discurso
en honor de la diosa Razón en la iglesia de Marlhes,
se le acusó de tomar los ornamentos de dicha parroquia
para quemarlos. No obstante, consiguió evitar la demolición
de la iglesia de Saint-Genest-Malifaux; dar asilo a su hermana
Luisa, religiosa de San José, y tolerar la asistencia
nocturna de los miembros de su familia a las misas de un sacerdote,
escondido en una aldea del municipio. A la caída de
Robespierre, tomó precauciones para ponerse a buen
recaudo mediante el certificado de secretario de Paz y Justicia.
Su socio, Ducros, murió violentamente. Juan Bautista
desapareció durante un año de la escena política
hasta que el Directorio, por decreto, le nombró Presidente
de la Administración cantonal de Marlhes, cargo que
no le entusiasmaba. Se vio arrastrado en esta época
por Trillard, revolucionario muy ferviente.
Mientras se sucedían estos avatares
políticos, Marcelino convivía estrechamente
con su madre y su tía Luisa. Su madre fue un elemento
de moderación y equilibrio en la vida de su esposo.
Su temple recio, la diferencia de edad y su competencia en
la economía familiar y en la educación, le facilitaban
la tarea. Educó con esmero a sus hijos, con predilección,
si cabe, por Marcelino, acentuando los valores de la piedad,
del trato social y del espíritu sobrio. Su tía,
Luisa Champagnat, casi tres años mayor que Juan Bautista,
era religiosa de San José, expulsada del convento por
la Revolución. La impronta que dejó en el joven
a través de las plegarias, las lecciones y los buenos
ejemplos, fue tan profunda que, con cierta frecuencia, lo
recordaba con agrado y gratitud. A la edad de seis años,
le preguntó: «Tía, ¿qué
es la revolución? ¿Es una persona o una fiera?»
En su ambiente resultaba casi imposible sustraerse al palpitar
de la historia.
La educación de Marcelino estuvo en
la encrucijada de las nuevas ideas, aportadas por su padre,
y de la espiritualidad profunda y tradicional, transmitida
por su madre y su tía. En el seno de su familia, los
problemas del siglo fueron vividos con toda su agudeza, recibiendo
una solución moderada, pero positiva y siempre propia
de personas.
En Francia, la situación escolar adquiría
caracteres dramáticos. En el año 1792 se habían
suprimido todas las congregaciones religiosas, entre las que
cabe destacar la de los hermanos de la Doctrina Cristiana.
Todo había desaparecido. La instrucción pública
era nula. La juventud tenía delante de sus pasos el
camino de la ignorancia y de la depravación.
A finales de 1799 se produjo el golpe de
Estado de Napoleón. Derrocó al Directorio y
dio paso al Consulado. En diciembre promulgó una nueva
constitución. A los pocos días, el siglo XIX
abría sus puertas. Sería el siglo de la escuela.
Su tía se encargó de enseñarle
los rudimentos de la lectura. Los resultados fueron decepcionantes.
Acaso había comenzado demasiado tarde la alfabetización.
A estas alturas, «razonaba mucho las cosas, retrasando
el aprendizaje mecánico». Sin embargo, no era
admisible que el hijo del Presidente cantonal no supiera ni
leer ni escribir. Decidieron enviarlo al maestro de Marlhes,
Bartolomé Moine. El primer día que se presentó
en clase, como era excesivamente tímido y no se movía
del puesto que se le había señalado, el maestro
lo llamó junto a él para hacerle leer. Mientras
acudía, se le anticipó otro escolar. El maestro,
movido por un impulso repentino, y pensando dar gusto al alumno
nuevo, propinó una sonora bofetada al niño que
se le quería adelantar, y le despachó al fondo
del aula. Este acto de brutalidad produjo un trauma al recién
llegado, aumentando su miedo. Se rebeló interiormente:
«No volveré a la escuela de un maestro semejante;
al maltratar sin razón a ese niño, me demuestra
lo que me espera a mí; por menos de nada, podrá
tratarme igual; no quiero pues, recibir de él lecciones
y menos aún castigos». Pese a la insistencia
de su familia, no volvió a la escuela. El primer día
de clase sería el último.
Tras este fracaso escolar, aprendió
la vida en la escuela de su padre. Lo seguía por doquier
y realizaba todos los trabajos necesarios para el mantenimiento
de una granja. Se entregó con entusiasmo a todas estas
ocupaciones, movido por su temperamento dinámico y
su amor al trabajo manual. Marcelino poseía, además,
un buen carácter. Las madres, con mayor deseo de hijos
sabios que instruidos, lo proponían como modelo para
sus hijos. Al mismo tiempo, crecía en piedad y virtud
en la escuela de su madre y de su tía.
Se imponía como tarea primordial el
catequizar a la juventud. Un hecho, ocurrido entonces, lo
impresionó profundamente: el sacerdote Laurent, encargado
de la catequesis, con más celo, acaso, que pedagogía,
cansado por la disipación de un muchacho, lo reprendió,
le dio un apodo y le aplicó cierta comparación
poco afortunada. El niño se quedó quieto, pero
sus compañeros no echaron el mote en saco roto. A la
salida, se lo repetían. Su enfado agudizaba la agresividad
de sus compañeros. Se volvió hosco, huraño,
duro. Años más tarde, Marcelino decía:
«Ahí tenéis el fracaso de la educación
y un niño expuesto, por su mal carácter, a convertirse
en suplicio y tal vez en azote de la familia y del vecindario.
Y todo, por un movimiento de impaciencia que hubiera sido
fácil de reprimir».
Por esta época, Marcelino recibió
la primera comunión y el sacramento de la confirmación.
En ese mismo año de 1800, Juan Bautista Champagnat
perdió su categoría de Presidente, pero fue
miembro del nuevo Consejo municipal. El día 22 de agosto
se recoge su última firma en los registros.
La carencia de sacerdotes era evidente. Urgía
fundar seminarios y fomentar vocaciones.
En las vacaciones de Pascua de 1804, mosén
Courbon, vicario general de Lyon y procedente de Saint-Genest-Malifaux,
envió un eclesiástico al departamento con el
fin de reclutar alumnos para su seminario. Mosén Allirot
lo orientó hacia la familia Champagnat. Juan Bautista
no salía de su asombro al serle expuestos los motivos
de la visita: «Pero.., mis hijos no han manifestado
jamás deseo de ir al seminario». Juan Bartolomé,
de 26 años, respondió negativamente a la invitación
de su padre. En aquel momento regresaban del molino Juan Pedro,
de 16 años, y Marcelino, de 14 años. Dirigiéndose
a ellos, su padre les dijo: «Mirad, aquí está
un señor cura que viene a buscaros para llevaros al
seminario. ¿Queréis ir con él?»
A la interpelación paterna, Juan Pedro respondió
con un “no” corto y expresivo. Marcelino, en cambio,
balbuceó unas palabras ininteligibles. Lo examinó
de cerca. Su ingenuidad, modestia y carácter abierto
y franco encantaron al sacerdote: «Hijo, tienes que
estudiar y hacerte sacerdote. ¡Dios lo quiere!»
La opción que instantes después tomó,
nunca sería revocada.
Su vida tomó otro rumbo. Sus proyectos,
sustentados por un sentido de ahorro - tenía la notable
suma de 600 francos/oro-, por un sentido de comercio - dos
o tres corderos que sus padres le habían regalado para
una venta posterior - y por un sentido de negocio - que iba
a realizar junto con su hermano Juan Pedro -, se fueron abajo.
La decisión de ir al seminario exigía otros
requisitos: leer y escribir francés. Su lengua materna
y habitual era una variante del occitano: el franco-provenzal.
Sus padres, atisbando las dificultades, pretendieron disuadirlo.
Todo fue inútil. El objetivo era claro: ser sacerdote.
Algunas semanas después de que Napoleón
fuera proclamado Emperador de los franceses, Juan Bautista,
su padre, murió repentinamente de apoplejía.
Marcelino tenía 15 años. Se imponía una
meditación sobre el sentido de la vida. Se dedicó
de nuevo a los estudios. Acudió a la escuela de Benito
Arnaud, su cuñado, en Saint-Sauveur-en Rue, durante
el curso de 1804-1805. Pese al esfuerzo de ambos, los progresos
resultaban escasos. Pretendió hacerle desistir. En
la misma línea iba el informe que dio a la madre de
Marcelino. A pesar de las dificultades, él se afianzaba
en su vocación. Rezaba frecuentemente a san Francisco
Regís. Fue con su madre en peregrinación al
santuario de La Louvesc. La decisión era irrevocable:
«Quiero ir al seminario. Saldré airoso en mi
empeño, puesto que Dios me llama».
2.-. VERRIÈRES: SEMINARIO MENOR (1805 –
1813)
En 1805, una semana después de que
la flota franco-española fuera derrotada por Nelson
en Trafalgar, Marcelino ingresó en el seminario menor
de Verrières, pequeña localidad cercana a Montbrison.
Alrededor de un centenar de alumnos cursaba sus estudios en
unas duras condiciones de vida. Al principio, faltaba espacio;
el edificio se encontraba medio destartalado; la comida era
deficiente. Los seminaristas más fuertes alternaban
sus estudios con el trabajo manual. El equipo de profesores
resultaba escaso y mediocre. El comienzo no fue fácil.
A sus 16 años y medio, Marcelino estaba ya dotado de
una gran estatura. Sus ademanes de campesino, su costumbre
de hablar el franco-provenzal y la reserva ante una situación
tan nueva, suscitaron las risas de sus compañeros,
trocadas en aprecio y simpatía al paso de los días.
El plan de estudios del seminario constaba
de un curso preparatorio; de cinco cursos que componían
el ciclo básico, de los tres cursos del ciclo superior,
y de un curso de filosofía
Mientras Napoleón recorre Europa en
busca de poder y de gloria, librando continuas batallas, Marcelino
lucha ardorosamente por conseguir la ciencia y la piedad.
Su conducta –evaluada como «regular» en
sexto curso- evoluciona hasta obtener la calificación
de «muy buena». En parte se comprende: el profesor
de sexto ofrecía escasas garantías pedagógicas.
Mucho tuvo que ver en su progreso personal
el padre Antonio Linossier, licenciado en derecho civil y
canónico, que había renunciado a la paga universitaria
de 3 000 francos. La incorporación de este sacerdote
de 46 años, que había sido amigo del jacobino
Juan Bautista, padre de Marcelino, se hizo notar favorablemente
en la marcha del seminario. Junto con mosén Pedro Périer,
sería maestro espiritual de Marcelino. Dominaba muy
bien el arte de los comentarios: multiplicaba las observaciones
interesantes, las aplicaciones morales y las alusiones ingeniosas.
Marcelino, cuando hable a sus hermanos, presentará
el mismo estilo.
Para mantener la disciplina, Linossier se
servía de monitores. Pronto nombró a Marcelino
vigilante de dormitorio. Este cargo intensificó su
sentido de la responsabilidad y le permitió sustraer
horas al sueño para dedicarlas al estudio. El servicio
militar, del que se vio libre por intervención de la
autoridad eclesiástica, no interrumpió su trayectoria.
Cuando estudiaba el tercer curso, murió
su madre, María Teresa. Marcelino tenía 20 años.
Dos seminaristas, compañeros suyos,
saltarán a las páginas de la historia: Juan
Claudio Colin, superior general de la Sociedad de María,
y Juan María Vianney, el santo cura de Ars.
Su piedad y su acción apostólica
entre los compañeros, animando a los desalentados,
progresaban a ojos vista. Cuando cursaba retórica,
correspondiente al primer curso, redactó sus resoluciones
de retiro que acababan con una oración –su más
antiguo documento autógrafo conocido hasta hoy, fechado
el 19 de enero de 1812–:
«¡Señor mío y Dios
mío! Prometo no volver a ofenderte; hacer actos de
fe, esperanza, caridad y otros parecidos, cada vez que lo
piense; no volver jamás al bar sin necesidad; evitar
las malas compañías; en resumen, no hacer nada
que vaya contra tu servicio; antes, por el contrario, dar
buen ejemplo, inducir a los demás a la práctica
de la virtud, en cuanto de mí dependa; instruir a los
que ignoren tus divinos preceptos y enseñar el catecismo
a todos sin distinción de ricos o pobres. Divino Salvador,
hazme cumplir fielmente las resoluciones que acabo de tomar».
3 - LYON: SEMINARIO MAYOR DE SAN IRENEO (1813 –
1816)
Meses después de que Napoleón
arrancara al papa Pío VIl el Concordato de Fontainebleau
y de que fuera perdiendo, una tras otra, sus conquistas en
Europa, Marcelino entró en el seminario mayor de Lyon
el día 1 de noviembre de 1813. Tenía 24 años.
Comenzó su primer año de teología.
El seminario mayor de San Ireneo tenía
entonces exactamente siglo y medio de existencia. Su creación
respondió a la voluntad de aplicar las decisiones del
Concilio de Trento. Su dirección corrió a cargo
de los sulpicianos. Funcionó ininterrumpidamente con
un solo paréntesis de diez años, comprendidos
entre 1791 y 1801, debido a que los sulpicianos se negaron
a jurar la Constitución y fueron expulsados del ayuntamiento
de Lyon por el alcalde. A finales del siglo XVII, el superior
Francisco Rigoley obtuvo para el escudo de armas del seminario
el monograma mariano que, muchos años más tarde,
sería adoptado por la Sociedad de María en general
y por los hermanitos de María en particular.
Los tres años de teología,
previos a la ordenación sacerdotal, constituirán
un tiempo privilegiado para el fervor, la madurez, la amistad,
la ilusión apostólica y los proyectos de fundación.
Entre sus compañeros, cabe destacar
a Juan Claudio Colin, Esteban Declas, Esteban Terraillon,
Juan Bautista Seyve, Felipe Janvier y Juan María Vianney,
futuro cura de Ars. No todos hacían la misma aportación
económica para sufragar los gastos del seminario: desde
cincuenta francos hasta la gratuidad total de Juan María.
En los primeros exámenes, celebrados
en diciembre de 1813, Marcelino obtuvo la calificación
de insuficiente. El futuro cura de Ars, la de muy deficiente.
Pierri Zind comenta a este respecto: «Como si los carismas
del espíritu fueran inversamente proporcionales a los
medios intelectuales».
El equipo de profesores contaba con seis
miembros: un superior, un director de estudios y cuatro profesores.
El reglamento encauzaba la vida de los seminaristas.
En el seminario de San Ireneo era estricto. Importaba ejecutarlo
fielmente: levantarse al primer toque; plegaria de la mañana,
seguida de misa y, en algunos casos, comunión, cuya
frecuencia dependía de haber recibido órdenes
menores y de la orientación del director espiritual;
antes de la comida, examen de conciencia y lectura del Nuevo
Testamento; dos visitas al Santísimo (una después
del recreo de mediodía; otra antes de irse a acostar);
al atardecer, lectura espiritual; después de la cena,
plegaria de la noche, examen de conciencia y lectura del tema
de meditación del día siguiente. Además
rezaban el Breviario y dirigían preces a la Virgen.
El tiempo restante no reglamentado se dedicaba al estudio.
Durante las clases se exigía silencio, atención
y obediencia.
Un reglamento estricto y la autoridad del
superior permitían suplir la juventud y la falta de
experiencia de los profesores.
El cardenal Fesch, ante el hecho de que algunos
estudiantes se encontraban en el seminario por escapar del
servicio militar y para cursar estudios a cargo de la diócesis,
decidió anticipar la ordenación. Los que rehusaban
recibirla, debían retirarse. Por este motivo, en la
capilla del palacio arzobispal, el día 6 de enero de
1814, fiesta de la Epifanía, Marcelino recibió
la tonsura, las órdenes menores y el subdiaconado.
A partir de entonces, Marcelino vistió, probablemente,
sotana.
La caída del Imperio era inminente.
Poco tiempo después, Napoleón tuvo que abdicar.
Luis XVIII volvía al poder. Francia se había
agotado en las campañas militares. Sus fronteras volvían
a ser las mismas.
El ambiente social se encontraba agitado.
No obstante, en el seminario reinaba una paz relativa. La
aplicación estricta del reglamento no dejaba, prácticamente,
espacio a los devaneos.
Los acontecimientos políticos permitieron
que un personaje de la curia diocesana, Claudio María
Bochard, vicario general de Lyon, encontrara el camino libre
para una fundación religiosa que llevaba soñando
desde hacía treinta y siete años, cuando se
encontraba en París. Debido a la supresión de
los jesuitas por el papa Clemente XIV, decidió fundar
una congregación destinada a sustituirlos. Se llamarían
«Padres de la Cruz de Jesús». El abanico
de su dedicación abarcaría las misiones, la
educación, la dirección, los colegios y, si
fuera necesario, la teología. Los futuros proyectos
de Marcelino serán considerados por Bochard como una
amenaza a los suyos. No faltarán dificultades.
El golpe de Estado de Talleyrand, que supuso
la caída de Napoleón, que se encontraba recluido
como Emperador en la isla de Elba con una armada de 800 soldados,
y el Tratado de París eran temas frecuentes en las
conversaciones. Como en años anteriores, los nuevos
alumnos entraban en el seminario el día de la fiesta
de Todos los Santos. Entre los recién llegados, había
uno que accedía directamente al segundo año
de teología. Su nombre: Juan Claudio Courveille. Curado
milagrosamente en 1809, había recibido en el Puy una
voz interior que le impelía a fundar la sociedad de
María. Bochard, conocedor de este proyecto, pese a
venir de otra diócesis, lo recibió con interés
en la suya.
Con la bula «Sollicitudo omnium ecclesiarum»,
Pío VIl restableció a los jesuitas. Por otra
parte, los sulpicianos, los lazaristas, las misiones extranjeras
de París y las misiones del Espíritu Santo volvieron
al plano de la actualidad. Las campañas de reclutamiento
adquirieron proporciones considerables. Para evitar la emigración
del clero diocesano a las congregaciones religiosas, el consejo
arzobispal puso trabas radicales, llegando incluso a la pena
de suspensión. Los proyectos fundacionales se multiplicaban.
Bochard quería polarizarlos para echar adelante con
el suyo.
Napoleón saltó nuevamente al
primer plano de la actualidad, al regresar de Elba y hacerse
con el trono, mientras los Borbones huían a Bélgica.
Instauró un régimen imperial más liberal
que el precedente y nombró a Lázaro Carnot ministro
del Interior, de los Cultos y del Comercio. Para Carnot, la
noble y filantrópica institución de las escuelas
primarias era una de las bases del perfeccionamiento humano,
porque la educación primera era el único y verdadero
medio de elevar sucesivamente a la dignidad del hombre a todos
los individuos.
El día 23 de junio de 1815, el obispo
de Grenoble confirió a Marcelino Champagnat, junto
con Juan María Vianney y Juan Claudio Colin, el diaconado.
Mientras Luis XVIII entra por segunda vez
en París, en el seminario de San Ireneo, alrededor
de Juan Claudio Courveille y con las orientaciones de Cholleton,
se constituye un equipo de quince seminaristas con el proyecto
de fundar la Sociedad de María. Marcelino, reclutado
por el mismo Courveille, se encuentra entre ellos.
Una cierta clandestinidad y el abrigo de
un proyecto esperanzador llenan de entusiasmo sus reuniones.
El proyecto abarcaba: padres, hermanos y tercera orden. Marcelino,
empero, tenía sus preocupaciones particulares. Quería
fundar una congregación de enseñanza. La necesidad
imperiosa de la educación en aquel momento histórico
y su experiencia personal subyacían en su decisión:
«Yo siempre he sentido en mí un atractivo particular
de fundar hermanos: me uno a gusto con vosotros y, si vosotros
lo juzgáis a propósito, yo me encargaré
de esta parte. Mi primera educación ha sido deficiente;
quisiera procurar a otros las ventajas de las que me he visto
privado».
Su propuesta no encontraba eco. Por ello
insistía: «Necesitamos hermanos».
Durante su tercer año de teología,
una enfermedad interrumpe sus estudios. Regresó temporalmente
a su casa natal. Dedicándose a las tareas del campo
y dejando para mejor ocasión los libros. Recuperó
su salud y se incorporó a la marcha del curso.
La orden del 29 de febrero de 1816, referente
a la Escuela Primaria, abrió nuevas posibilidades a
la educación cristiana .
Mientras Bochard reconocía a modo
de ensayo la nueva sociedad religiosa de la Cruz de Jesús,
se estaba gestando a pasos agigantados la Sociedad de María.
El día 22 de julio de 1816, Marcelino era ordenado
de sacerdote junto con muchos de sus compañeros de
seminario y de proyecto fundacional. Al día siguiente,
doce sacerdotes recién ordenados, entre los que se
encontraba Marcelino, subieron en peregrinación al
santuario de Nuestra Señora de Fourvière para
colocar su proyecto bajo la protección de María.
Después de la misa, Juan Claudio Courveille leyó
un texto de consagración que puede considerarse como
el primer acto oficial, si bien de carácter privado,
de la Sociedad de María. Puede decirse que se trata
de su fecha de fundación. Las tareas pastorales los
dispersarían por la inmensa diócesis de Lyon.
4 - LA VALLA: COADJUTOR DE LA PARROQUIA (1816 –
1824)
Dentro de una sociedad en tensión,
la restauración monárquica de Luis XVIII pretendió
buscar su equilibrio en la postura moderada. Fue una década
de relativa tranquilidad, en la que se incubaban intereses
de clase en pugna por el poder. El mismo día de recibir
su destino, Marcelino, un joven sacerdote de 27 años,
llegaba a La Valla para ejercer el servicio de coadjutor.
Al divisar el campanario de la iglesia, se postró de
hinojos y confió al Señor y a la buena Madre
su tarea apostólica.
La Valla está enclavado en un bello
paisaje, a 700 metros sobre el nivel del mar, en una zona
montañosa del Pilat.
Al llegar a la casa parroquial, la imagen
que se le grabó en la retina no podía ser más
decepcionante: el cura, Juan Bautista Rebod, de 38 años,
vivía desordenadamente. Las homilías de los
domingos se reducían a unos escasos avisos. La parroquia
estaba abandonada.
Tres días después, el 15 de
agosto de 1816, se integraba oficialmente a la parroquia,
dirigiendo una cálida homilía, cuyo texto sería
probablemente un fragmento de un libro piadoso. El impacto
fue enorme.
Dos tareas se imponían de forma inmediata
a sus afanes pastorales: combatir la embriaguez y desarraigar
los bailes. No sólo la Iglesia los condenaba. El mismo
Juan Jacobo Rousseau se declaraba contrario. Los músicos
rurales, según costumbre de la época, debían
renunciar a su oficio si querían la absolución.
Marcelino se presentaba en pleno baile, allí donde
se organizaba. La dispersión era instantánea.
Sus intervenciones desde el púlpito y su presencia
en el lugar, los días señalados, consiguieron
suprimir estas reuniones nocturnas.
Para abordar la restauración cristiana
de la parroquia, se trazó una regla de vida personal.
Cabe subrayar la importancia concedida a la vida de oración,
al estudio diario de la teología y a la preocupación
pastoral: «Procuraré, especialmente, practicar
la mansedumbre y, para llevar más fácilmente
las almas a Dios, trataré con suma bondad a todo el
mundo».
El cambio sólo era posible a partir
del estudio de la realidad parroquial. No tardó en
hacerlo. El abandono en que se encontraban los niños
acentuó su cuidado por ellos a través de la
catequesis, la educación y la instrucción. Su
trato afectuoso prefería la recompensa y el estímulo
antes que el castigo, que, prácticamente, no utilizaba.
Mostraba sus atenciones a los adultos mediante
las homilías y el sacramento de la confesión.
No obstante, sus privilegiados eran los enfermos y los pobres.
Un muchacho, Juan Maria Granjon, trabó
amistad con Marcelino y lo acompañó en alguna
de sus visitas a los enfermos. Será el primer hermano
marista.
El día 28 de octubre sirvió
de espoleta para sus afanes fundacionales. Asistió
a un joven de 17 años llamado Juan Bautista Montagne,
enfermo de muerte, en la aldea de Palais. Se dio cuenta de
la ignorancia total de los misterios de la fe. Durante dos
horas estuvo enseñándolo, ya que, según
regía en las ordenanzas sinodales, no podía
administrarse la absolución a los que ignoraran las
principales verdades de la religión. Horas después,
el muchacho moría. No podía cruzarse de brazos.
Aquel mismo día comunicó a Juan María
Granjon sus proyectos y el papel que podía desempeñar
en ellos. Era urgente pasar del proyecto a la realidad. Había
llegado a tiempo.
Si aproximadamente la mitad de la población
infantil estaba escolarizada alguna época del año,
los maestros, con frecuencia, ofrecían escasas garantías.
La única preparación pedagógica para
su misión había sido efectuada en los cuarteles
y en los campos de batalla de la Revolución y del Imperio.
La propuesta de Marcelino sobre la necesidad
de hermanos adquiría caracteres dramáticos.
Cinco días después se le acercó
un joven, Juan Bautista Audras, para exponerle sus inquietudes
vocacionales, puestas en un compás de espera y de consulta
por los hermanos de la Doctrina Cristiana, debido a su excesiva
juventud. Marcelino le propuso que viniera a vivir con Juan
María Granjon.
En torno a estas fechas, Marcelino abrió
en Le Sardier una escuela mixta, de pago y bajo la dirección
de un maestro secular formado en el método de la Salle.
A menudo, en los municipios rurales la enseñanza
abarcaba unos pocos meses, desde la fiesta de Todos los Santos
hasta Pascua. Era el tiempo en que las actividades del campo
estaban paralizadas.
El día 2 de enero de 1817, Juan María
Granjon, de 23 años, y Juan Bautista Audras, de 14
y medio, ocuparon la casa «Bonnaire» que Marcelino
había alquilado.
Combinaban plegaria, trabajo y estudio. Su
ocupación manual consistía en la fabricación
de clavos para sufragar su mantenimiento. Marcelino les daba
lecciones de lectura y escritura y velaba por su formación
de religiosos educadores.
Los feligreses de la parroquia ignoraban
los proyectos de su coadjutor al reunir a los dos jóvenes.
Tres meses más larde, les dio un hábito y un
nombre religioso. Juan María conservó su nombre,
mientras que Juan Bautista recibió el de hermano Luis.
Antes de acabar el año, ingresaría
en el noviciado el tercer hermano: Juan Claudio Audras, que
recibirá el nombre de hermano Lorenzo. Era hermano
de Juan Bautista Audras. Fue a La Valla para recogerlo y llevarlo
a casa. Marcelino le respondió: «En vez de seguir
las intenciones de tus padres, harías mucho mejor en
pedirles permiso para venir también aquí».
Así fue.
Pocos meses antes, Marcelino había
comprado, a medias con Courveille, la casa-noviciado.
Cuatro nuevas vocaciones se sumarán
a lo largo de 1818. Se trata de Antonio Couturier (H. Antonio),
Bartolomé Badard (H. Bartolomé), Gabriel Rivat
(H. Francisco), de 10 años de edad, primer superior
general, consagrado a la Virgen por su madre en el altar de
la capilla del Rosario y Juan Pedro Maltinol (H. Pedro), que
encabeza la lista de difuntos del instituto.
Dos métodos pugnaban por imponerse
en el campo de la pedagogía: el mutuo y el simultáneo.
En el método mutuo, el profesor titular se servía
de monitores para impartir sus enseñanzas. Los monitores
recibían clase de 8 a 10 y a partir de esa hora la
escuela se abría a todos los alumnos. Este método
era criticado por la escasa influencia que ejercía
el maestro, por su espíritu democrático y por
su debilidad en la formación religiosa y moral. El
método simultáneo, vulgarmente llamado «método
de los hermanos (de la Salle)», era utilizado por las
diversas congregaciones. Exceptuando el catecismo y ciertas
explicaciones necesarias, el maestro hacía la clase
en silencio, utilizando la «chasca». Enseñaba,
sucesivamente, a las distintas secciones de la clase con ayuda
de monitores. La Iglesia y los conservadores sostenían
este método. Por primera vez en Francia, el tema escolar
alcanzaba una gran violencia y llegaba a ser una lucha de
partidos políticos.
Marcelino adoptó el método
de los hermanos de la Salle. Por ello confió la escuela
de La Valla a un ex hermano, Claudio Maisonneuve, que estuvo
sólo unos meses, tiempo suficiente para enseñar
el método a los nuevos maestros.
En noviembre de 1818 se fundó la escuela
de Marlhes. El hermano Luis fue su primer director. Pese a
su juventud e inexperiencia, el resultado obtenido al poco
tiempo se hizo patente a los ojos de todos. Detrás
de unas técnicas elementales, se alimentaba todo un
estilo educativo, proporcionado por Marcelino: compartir la
vida de los jóvenes, amarlos y conducirlos a Jesús
bajo la protección maternal de María.
Las fundaciones se iban sucediendo de forma
paulatina y constante. El hermano Juan María dirigió
la escuela de La Valla. El hermano Juan Francisco, la escuela
de Saint-Sauveur, creada a instancias del alcalde, Colomb
de Gaste, conocedor de los éxitos alcanzados en Marlhes
por los hermanos.
Las vocaciones eran escasas. Las peticiones
de apertura de nuevas escuelas eran muchas.
No obstante, apareció una campaña
orquestada contra Marcelino y su obra. Algunos sectores no
veían con buenos ojos los proyectos del fundador, su
dedicación en llevarlos adelante y su frecuente ocupación
en trabajos manuales. Las denuncias llegaron al propio Bochard
y a las demás autoridades eclesiásticas. Pasadas
las festividades de Pascua de 1821, Marcelino tuvo un encuentro
con Bochard, vicario general, que le reprochó el haber
fundado una congregación sin haberlo advertido a los
superiores eclesiásticos. Bochard admite las explicaciones
de Marcelino con la intención de plegarlo después
a su propio proyecto.
Poco tiempo antes, Marcelino se había
entrevistado con Courbon, primer vicario general de la archidiócesis.
Le dio cuenta de su comunidad y le pidió su parecer
sobre la obra, manifestando que estaba dispuesto a dejarlo
todo, si él creía que ésa era la voluntad
de Dios. Se puso a su disposición para un cambio de
destino si era el caso. Esta actitud deshizo las reservas
de Courbon.
Paralelamente, llegó una denuncia
a la Universidad, al parecer motivada por Cathelin, director
del colegio de Saint-Chamond, acusando a Marcelino de enseñar
latín, tarea reservada exclusivamente a la Universidad,
o en caso de que así no fuera, había que pagar
un veinte por ciento de las retribuciones recibidas por tal
concepto. La Universidad prefirió esperar la reacción
eclesiástica. Efectivamente, Marcelino enseñaba
latín al hermano Francisco y a otros. Estas tensiones
no trascendieron a los hermanos. El momento fue extremadamente
delicado.
Al año siguiente fundó la escuela
de Bourg-Argental. La escasez de aspirantes contrastaba con
las propuestas fundacionales. Su confiada oración a
la Virgen encontró una respuesta inesperada. Un seminarista
de los hermanos de la Doctrina Cristiana pidió ser
admitido.
Marcelino no quiso recibirlo en su obra.
Él insistió. Tras varios días de forcejeo
y pruebas le dijo: «¿Me va usted a admitir si
le traigo medía docena de jóvenes buenos?»
La respuesta de compromiso del fundador fue: «Sí,
cuando los haya encontrado», Efectivamente, reclutó
a varios jóvenes diciéndoles que los llevaba
a Lyon. Se presentó, pues, acompañado de ocho
más. Las reticencias de Marcelino fueron extremas,
así como la cantidad de pruebas a las que los sometió.
Consultó a un grupo de hermanos sobre la admisión
y dieron su refrendo por unanimidad. Todos ellos fueron recibidos;
uno de los admitidos fue Juan Bautista Furet, futuro biógrafo
de Marcelino .
En julio, mientras Marcelino se dedicaba
a mejorar las instalaciones de La Valla para alojar convenientemente
a los hermanos, decidió cerrar la escuela de Marlhes,
dado que los hermanos residían en un edificio de pésimas
condiciones. Meses después, al mejorar las circunstancias
por un cambio de párroco, la escuela abrió de
nuevo sus puertas.
La bula «Paternae caritatis»,
publicada el 6 de octubre de 1822, establece nuevas circunscripciones
para las diócesis de Francia. Parte de la de Lyon fue
a parar a Belley, con lo cual los miembros de la Sociedad
de María se encontraron escindidos en dos jurisdicciones,
hecho que dificultaría el establecimiento de un gobierno
central.
En febrero de 1823, su biógrafo recoge
un hecho significativo: tras visitar el colegio de Boug-Argental,
Marcelino regresaba a La Valla con el hermano Estanislao.
Una tempestad de nieve les hizo perder toda referencia de
camino. El frío era intenso. El hermano Estanislao
se desvaneció. Marcelino dirigió el «Acordaos»
a su «buena Madre».
Una luz oportuna en la casa de campo (Donnet) permitió
encontrar un refugio seguro. Era el azar, que, a los ojos
de la fe, se llama providencia.
En el transcurso de aquel año, Juan
Claudio Colin realizó gestiones para recibir la aprobación
de la Sociedad de María. Pío VII, tras veintitrés
años de pontificado, fallecía dando paso a León
XII.
Marcelino fundó tres nuevos colegios.
La tensión y la oposición a su obra adquirieron
tintes dramáticos y amenazantes, debido a la influencia
de Bochard. El nuevo papa, León XII, nombró
a monseñor Gaston de Pins administrador de la diócesis
de Lyon, quien, tras la muerte prematura de Courbon, ocuparía
su sede arzobispal, despejando el panorama a Marcelino, por
la retirada de Bochard.
Gaston de Pins no sólo lo alentó
en su obra, convenientemente informado por Gardette, sino
que le sugirió la construcción de una casa mayor
que pudiera albergar más personal. Lo autorizó
para que adquiriera una nueva casa-madre. A orillas del Gier,
ayudado económicamente por Courveille, compró
una propiedad a bajo precio, dado que era un gran roquedal.
Courveille pasó a compartir sus afanes
con Marcelino. El 13 de mayo de 1824, Cholleton, vicario general,
bendijo la primera piedra de la construcción, edificada
en unas condiciones muy duras, suavizadas por la piedad y
el magnífico compañerismo, lo que permitió
que se realizara en menos de medio año. Las gentes
del lugar no salían de su asombro. Les gustaba oír,
cuando pasaban por el camino superior, los cantos de la comunidad.
Las dificultades del roquedal eran enormes. En definitiva,
se trataba de una casa edificada sobre roca. Se le llamó
Notre-Dame de l’Hermitage.
5 - NUESTRA SEÑORA DEL HERMITAGE (1824 –
1840)
A la muerte de Luis XVIII, subió al
trono su hermano Carlos X, que comenzó a reinar en
1824, con el apoyo de la Iglesia y de los ultraconservadores.
Bajo su mandato se promulgan leyes sobre la enseñanza,
el retorno de los jesuitas, la disolución de la Guardia
Nacional. También se promulgó la ley de los
«mil millones» para indemnizar a los aristócratas
emigrados. Este reinado no fue excesivamente tranquilo.
Se desvinculó a Marcelino de su ministerio
en La Valla para que pudiera dedicarse plenamente a su obra
fundacional. El año que se avecinaba, 1825, constituiría
una de sus épocas más angustiosas. La autorización
legal del instituto constituyó un problema que tuvo
que arrastrar muchos años, sin conseguir una solución
definitiva y convincente. Esto le costó quebraderos
de cabeza, trámites burocráticos, visitas y
viajes... No obstante, se preocupaba mucho más de su
obra que de su legalización.
Por aquel entonces, las ambiciones de Courveille se cifraban
en que le nombraran superior de los hermanos. Sus maniobras
y su política solapada encontraron la resistencia de
los hermanos, que escogieron a Marcelino para dirigirlos,
quien vivía con profundo espíritu de fe y humildad
las intrigas de su compañero de sacerdocio, Llegó,
incluso, a realizar una segunda votación, tras proponer
a los hermanos que las personas que lo rodeaban estaban más
cualificadas que él, alcanzando otra vez casi la unanimidad.
Es previsible que estos acontecimientos le
hicieran sufrir mucho, aunque no exteriorizara nada. Courveille
no encajó el resultado y pasó a un ataque casi
frontal a través de cartas, pláticas, argumentos
persuasivos y descalificación de su adversario. Esta
situación angustiosa y el quebranto de la salud, debido
a sus numerosos viajes en condiciones precarias y climáticas
adversas, lo postraron en el lecho de la enfermedad, de tal
modo que, en pocos días, se había perdido toda
esperanza de salvarlo.
Quizás nunca como entonces el instituto
estuvo en trance de desaparecer. Cundió el desaliento.
La forma de gobierno, desplegada por Courveille, con fuerza
y medidas drásticas, contrastaba con el estilo de Marcelino,
al que estaban acostumbrados: rectitud y bondad.
El proyecto fundacional vivido bajo el signo
de la unidad, se deshizo en multitud de proyectos personales.
Los hermanos que se encontraban en las escuelas vivían
al margen de este clima de crispación.
Hubo un hermano que se constituyó
en auténtica figura aglutinante. Se trata del hermano
Estanislao. Hombre de abnegación total, luchó
solo contra el desaliento de los hermanos y el rigor excesivo
e imprudente de Courveille. En el Hermitage, fue el único
que no perdió la confianza, se mostró fiel al
instituto e hijo legítimo del padre Champagnat. Las
aguas volvieron, lentamente, a su cauce. Siguieron, en tono
menor, los escarceos de Courveille, que se vio precisado a
abandonar el Hermitage. Se retiró a la trapa de Aiguebelle.
Tras haber recorrido diversos lugares, se estableció
definitivamente en la abadía de Solesmes, donde falleció
en 1866.
Marcelino seguía adelante con su obra.
La situación financiera era delicada. Las mejoras en
el Hermitage alternaban con las ampliaciones o las novedades,
siempre dentro de un contexto de pobreza y austeridad. Recibió
autorización para poder enterrar a los hermanos en
su propiedad. Por otra parte, la fundación de la Sociedad
de María habría su camino trabajosamente.
Durante las vacaciones de 1828, el P. Champagnat,
aprovechando que los hermanos estaban reunidos, comunicó
las reformas programadas.
En cuanto al cambio del método de
lectura, se imponía para una mejora pedagógica,
dados los resultados del antiguo. Las reformas no fueron bien
recibidas. Dos hermanos crearon un cierto estado de crispación
y de rechazo, debido, en parte, a la carencia de espíritu
religioso o a la comodidad de los esquemas tradicionales.
Marcelino, tras ampliar sus consultas y confiar al Señor
en la plegaria estos afanes, mantuvo las reformas.
Tanto los hermanos como los padres maristas
pugnaban por conseguir la autorización que les diera
refrendo legal. Monseñor Gaston de Pins envió
a París los estatutos de los hermanos, que recibieron
la aprobación del Consejo de Estado. Sólo faltaba
la firma del rey. Pero las llamadas «ordenanzas de julio»,
es decir, la disolución de la Cámara de Diputados,
la censura de prensa y la modificación del derecho
electoral, desencadenaron la revolución de julio, apoyada
por la alta burguesía. Carlos X abdicó y huyó
a Inglaterra. El partido de la burguesía, políticamente
más fuerte que el republicano, proclamó «rey
de los franceses» a Luis Felipe I, duque de Orleans,
que a la sazón tenía 57 años. Volvió
la bandera tricolor, se reformó la Constitución
(responsabilidad de los ministros, abolición de la
censura, laicismo del Estado), de cuya salvaguardia quedó
encargada la restaurada Guardia Nacional. Comenzaba así
la edad de oro de la alta burguesía. Y la firma no
llegó, pero se abría un interrogante de turbación
y recelo ante la nueva situación.
La preocupación de los hermanos contrastaba
con la seguridad y confianza de Marcelino. Mantuvo la sotana,
les recomendó confiar en la Providencia y en María,
la buena Madre, y pidió permiso al arzobispo para una
nueva toma de hábito, lo cual le hizo exclamar: «Cuando
todos tiemblan, sólo él no teme nada».
Marcelino escribía a los hermanos: «No perdáis
el sosiego ni os turbéis; nada temáis ni por
vosotros ni por las escuelas, Dios es quien permite y regula
todos los acontecimientos, los endereza y hace que redunden
en gloria suya y bien de sus elegidos. Los malos no tienen
más poder que el que él les concede».
Su postura frente a los hechos se explica
en estas palabras: «Las precauciones que habéis
de tomar son: no temer nada, ser prudentes y circunspectos
en las relaciones con el mundo y con los niños, no
os ocupéis en absoluto de asuntos políticos,
manteneos muy unidos con Dios, redoblad el celo por la propia
perfección y la educación cristiana de los alumnos
y, finalmente, poned plena confianza en Dios». En esta
época sólo se cerró una escuela. Pero
Marcelino abrió una nueva. Tenía las ideas claras
y no se arredró ante el cariz de los acontecimientos.
De este tiempo queda, como práctica piadosa entre los
hermanos, el rezo matutino de la Salve.
La trayectoria personal de Marcelino Champagnat
y su postura frente a los avatares más relevantes de
la historia, permiten observar que su obra nació adaptada
a los tiempos modernos. Si bien muchos fundadores procedían
de familias conservadoras, Marcelino había vivido,
desde su infancia, el pulso de la Revolución y del
cambio. Otros estaban contra el gobierno; él quería
colaborar. Un diputado del Parlamento explicará esta
actitud: «Nunca funda sin autorización de la
autoridad pública».
Por ello eludió los conflictos. Se
mantuvo siempre al margen de la política. Buscó
también el permiso de la autoridad religiosa .
Una Orden real, fechada el 18 de abril de 1831, regula las
condiciones de enseñanza para los miembros de las asociaciones
religiosas, obligando al servicio militar a los que pertenecían
a congregaciones no autorizadas. Esta disposición creó
dificultades a los hermanos. Marcelino buscará soluciones.
La amistad con Mazelier, fundador de una congregación,
también de hermanos, le abrirá camino.
Las tomas de hábito se sucedían
unas a otras. El Hermitage era un centro de atracción.
El 16 de octubre de 1831 ingresa Pedro Alejo Labrosse, de
alto nivel intelectual y excelente preparación académica,
que será el segundo superior general.
Colin tenía la idea de que los hermanos
de la Sociedad de María formaran un solo grupo con
dos clases: los hermanos maristas, destinados a las escuelas,
y los hermanos de José, al servicio de los padres en
sus residencias. Marcelino siempre se opuso a que hubiera
dos clases de hermanos. Por ello, los hermanos maristas, tanto
se dediquen a las clases como a los trabajos manuales, serán
de categoría única. Constituía este proyecto
un signo de anticipación y de progreso.
En sus visitas a los colegios, además
de hablar con los alumnos, Marcelino iba orientando a los
hermanos y despertando en ellos actitudes educativas. Frente
a la gravedad, sugerida como primera virtud de un educador
en otras congregaciones de enseñanza, Marcelino proponía
la sencillez y la bondad, la autenticidad y la apertura. Insistía
también en el espíritu de familia, en la benevolencia,
en la devoción a María, expresada más
en actos que en palabras, en el trato bondadoso a los chicos,
en el espíritu de trabajo y en el ideal de educación
religiosa muy profunda que debía subrayar la relación
con Dios en la confianza. Estas cualidades, además
de otras que podrían mencionarse, van configurando
un talante educativo peculiar.
No se trata de una revolución en los
métodos pedagógicos, cuya importancia no se
discute, sino de una forma de enfocar la vida, de plantear
la educación, de orientar a las personas, de conducir
a la madurez… Se trata de unas actitudes profundas,
a cuyo conjunto llamamos estilo. Por esto no es de extrañar
que las solicitudes de apertura fueran siempre superiores
a las posibilidades reales de llevarlas a cabo. La dedicación
llegó, incluso, a superar las deficiencias que pudo
haber en el nivel académico.
El 28 de junio de 1833 tuvo lugar la proclamación
de la ley Guizot, que obligaba a todos los maestros de escuela
a poseer el título. Obligaba a cada municipio a resolver,
efectivamente, el problema de la enseñanza: debía
pagar unas cantidades a los maestros, dotarlos de alojamiento...
Alguna congregación relevante, dedicada
a la enseñanza, exigía a sus miembros a ir de
tres en tres y estipulaba unas cantidades determinadas. Marcelino,
con tal de llegar a cubrir las necesidades más perentorias,
permitió ir de dos en dos; admitió, incluso,
la posibilidad de ir sólo un hermano, pero debía
reunirse a convivir en comunidad con otros. La cantidad era
módica. Como en algunos casos sólo daban clase
en invierno, los hermanos debían buscar una forma de
trabajo que los mantuviera ocupados y que resolviera la economía
o, en todo caso, retirarse un tiempo al Hermitage para contribuir
en los trabajos que allí se realizaban. Por tanto,
no es de extrañar que los hermanos maristas se ocuparan
así de municipios más pequeños y pobres.
El afán apostólico agilizaba las normas que
pudieran dificultarlo.
Mientras seguían los afanes por conseguir
la autorización legal, Marcelino organizó la
secretaría en el Hermitage. Se debía guardar
en un registro especial copia de las cartas enviadas y de
las reuniones.
Recogida está la carta del 29 de marzo
de 1834 en la que Marcelino, además de enumerar a Colin
las condiciones de admisión al noviciado, pide que
sus hermanos jamás se encarguen de las sacristías.
También está la carta de mayo del mismo año,
dirigida a la reina Antoinette Adelaide, que dice así:
«Elevado al sacerdocio en 1816, fui enviado a un municipio
de la región de Saint-Chamond (Loira). Lo que vi con
mis propios ojos en esta situación, en lo que concierne
a la educación de los niños y adolescentes,
me recordó las dificultades que tuve en mi infancia
por falta de educadores. Me apresuré, por tanto, a
llevar a cabo el proyecto que tenía de formar una asociación
de hermanos educadores para los municipios pobres, rurales,
donde, en la mayoría de los casos, la penuria no permite
tener hermanos de la Doctrina Cristiana. He dado a los miembros
de esta nueva asociación el nombre de María,
persuadido de que este nombre sólo nos atraerá
gran número de sujetos. Un éxito rápido,
pese a carecer de recursos temporales, justificando mis conjeturas,
ha superado mis esperanzas. (...) El gobierno, por el hecho
de autorizarnos, facilita de manera singular nuestro desarrollo.
La religión y la sociedad obtendrán un gran
provecho».
En términos similares, Marcelino se
había dirigido, el 28 de enero, a su majestad el rey
Luis Felipe I.
Marcelino tenía vocaciones. Mazelier,
en cambio, reconocimiento legal, que permitía a los
hermanos capear el servicio militar.
Los buenos deseos y las cartas no bastaban
para conseguir la autorización legal del instituto.
París era la meta. Había que acudir al centro
de decisión. La llegada de Marcelino coincidió
con un cambio ministerial. Ni siquiera presentó la
instancia.
El 3 de octubre de 1836 se bendijo la nueva
capilla del Hermitage por Monseñor Pompallier. En este
mismo mes, por vez primera, los hermanos emitieron los votos
perpetuos en público. Una vez más la vida se
había anticipado a la norma.
Al año siguiente aparecieron las primeras
Reglas escritas, muy apreciadas por los hermanos: un conjunto
de normas surgidas de la experiencia.
El crecimiento vocacional seguía. Cuarenta postulantes
tomaron el hábito dicho año. Sesenta y seis
curas párrocos o ayuntamientos solicitaron hermanos.
En 1838, Marcelino marchó de nuevo
a París con el hermano Marie-Jubin, que iba a aprender
litografía.
A los pocos días de haber marchado,
en su casa paterna murió su hermano Juan Bartolomé,
el segundo de la familia Champagnat. Sólo quedaba Marcelino
y, a su juicio, no por mucho tiempo. Su salud era delicada.
Dice su biógrafo: «Sus penosas correrías
por la capital y los sinsabores de toda clase que allí
hubo de aguantar, acabaron por arruinar su vigor físico
y desgastar las pocas fuerzas que le quedaban. Cuando regresó,
era fácil comprender que no iba a llegar muy lejos».
Padecía una gastritis crónica.
Salvandy llevó la negociación
con Marcelino. Pese a la amabilidad aparente y a pesar de
traer una recomendación del arzobispo, las continuas
trabas burocráticas evidenciaban la nula voluntad de
conceder la autorización. Para su dinamismo y su clarividencia
práctica, resultaba difícil asimilar un proceso
absurdo de papeleo, de idas y venidas...
Leía los acontecimientos con los ojos
de la fe y se mostraba constante en sus propósitos.
Tampoco convenía una autorización con muchos
recortes.
A finales de abril regresó al Hermitage.
Después de la fiesta de la Ascensión,
nuevo viaje. El día 23 de junio escribía al
hermano Francisco: «Tengo siempre una gran confianza
en Jesús y en María. Obtendremos nuestro objetivo,
no lo dudo, pero solamente desconozco el momento... No olvide
decir a todos los hermanos, cuánto los amo, cuánto
sufro por estar lejos de ellos...» Regresaría
al mes siguiente.
El resultado de este viaje acabó en
una nueva dilación. Sin embargo, sus palabras serían
proféticas. En París, su vida religiosa no había
mermado nada. Decía: «Me hallo tan unido a Dios
en las calles de París como en los bosques del Hermitage».
Su vida espiritual alcanzaba ya unos grados relevantes.
En septiembre, Libersat, empleado del Ministerio
de Educación, le comunica que se tiene la intención
de limitar la aprobación de su instituto a los municipios
que no superen los 1200 habitantes. Marcelino no quiso la
autorización a tal precio. Fundar escuelas en ayuntamientos
más importantes era indispensable para obtener recursos
y facilitar así medios a las escuelas pequeñas.
Marcelino, fiel al proyecto original, quería
que los hermanos estuvieran plenamente integrados en la Sociedad
de María, obedientes al superior general común.
No obstante, hay más partidarios de que tengan un superior
general propio, si bien se refieran, en último término,
al de los padres maristas. Por ello, Colin quiso asegurarle
un sucesor ante el hecho de una muerte eventual.
El 12 de octubre de 1839, poco antes de acabar
el retiro, noventa y dos hermanos que tenían derecho
a voto, eligieron al hermano Francisco, que obtuvo ochenta
y siete votos. Los hermanos Luis María y Juan Bautista
fueron proclamados asistentes. El canto del Magnificat y una
eucaristía cerraron el acto.
Al mes siguiente predicó un retiro
a los alumnos de Côte-Saint-André. Su piedad
y la bondad que se transparentaba en su rostro, marcado por
la debilidad y el dolor, conquistaron el corazón de
todos ellos. El comentario entre los mismos fue: «Este
sacerdote es un santo». El 8 de diciembre inauguraba
el noviciado en Vauban. El dolor físico y las dilaciones
en la autorización no empañaban para nada su
confianza en Dios; incluso, si cabe, la acentuaban. Dios estaba
con él. Setenta y un postulantes vistieron el hábito
y veinte hermanos hicieron la profesión.
Al iniciarse el año 1840, Marcelino
seguía desplegando sus desvelos: insistencia sobre
el estudio de la religión, envío de dos hermanos
a la escuela de sordomudos que había en París,
con vistas a ser destinados a un establecimiento de Saint-Étienne.
La enfermedad, no obstante, procedía
al último asalto. Observaba todavía el reglamento
de la casa. Sentía gran consuelo en estar con los hermanos,
en rezar con ellos, en hallarse en medio de la comunidad.
El miércoles de ceniza fue acometido
por un violento ataque nefrítico, que no lo dejó
ya hasta la muerte. Tenía hinchazón en las piernas.
Viendo próximo el fin de sus días, quiso dejar
arreglados todos los asuntos temporales, para lo cual acudió
a un notario, ya que las propiedades de la congregación
figuraban a nombre suyo. El 13 de abril, Jueves Santo, dijo
la misa en Grange-Payre. Fue a caballo.
Después de la eucaristía habló
a los alumnos: «Recordad con frecuencia que Jesús
os ama mucho (...). Si tenéis mucha confianza en María,
ella os alcanzará la gracia de ir al paraíso,
os lo aseguro». El calendario se precipitaba en mayo
con intervalo de escasos días: la última misa,
la unción de los enfermos, la lectura de su testamento
espiritual delante de los hermanos, la visita de Colin, con
el que tuvo un largo coloquio... Le visitaron Mazelier y numerosos
eclesiásticos.
Tal vez ya en cama, pasó por su interior
la película de su vida: su infancia en Rosey, su vida
de seminarista, su apostolado de coadjutor, sus desvelos de
fundador... Una cosa se había resistido a su empeño:
«No ha querido Dios otorgarme el consuelo de ver el
instituto legalmente reconocido, porque yo no merecía
tal favor, pero tened la seguridad de que no os faltará
la autorización y de que os será concedida cuando
haya llegado a seros absolutamente necesaria». Once
años más tarde, Luis Napoleón Bonaparte,
el día 20 de junio, firmaría el Decreto de autorización
legal del instituto de hermanitos de María (hermanos
maristas).
El 4 de junio, jueves, comulgó por
última vez. El viernes se agudizaron los sufrimientos.
Jesús, María y José se hallaban en el
centro de su corazón y de su plegaria. Todo el Hermitage
era un templo. Los hermanos rezaban constantemente. Se cuidaban
en los mínimos detalles para evitar el más ligero
ruido. El sábado, 6 de junio, vigilia de Pentecostés,
después de una hora de agonía, cuando la comunidad
entonaba la Salve, Marcelino entregó su alma a Dios.
Se encargó su retrato a un pintor de Saint-Chamond.
El día 8 de junio, con nutrida asistencia de eclesiásticos
y personalidades civiles, se celebraron los funerales de Marcelino
Champagnat. Por aquel entonces, las estadísticas arrojaban
los siguientes números: 280 hermanos, 49 difuntos,
48 establecimientos, 180 hermanos daban instrucción
a unos 7000 alumnos. La realidad era pletórica, pero
su proyecto era aún más ambicioso: «Todas
las diócesis del mundo entran en nuestras miras».
Muy pocos quizá, imaginaran entonces
que el día 29 de mayo de 1955, Marcelino ocuparía
la gloria de Bernini, en el acto de beatificación,
llevado a cabo por Su Santidad Pío XII y, posteriormente,
el 18 de abril de 1999 sería canonizado por el Papa
Juan Pablo II. No obstante, era el refrendo oficial de una
santidad cuya convicción poseían. Su cuerpo
fue llevado al sepulcro a hombros de los hermanos profesos
que, sumidos en el dolor, mezclaban las lágrimas con
las preces que rezaban por él. En una placa se había
escrito: «Ossa J.-B.-M. Champagnat 1840». |