El reverendo Périer era el alma
del seminario de Verrières.Aquello se había
instalado de modo provisional y no reunía condiciones.
La mayoría de los seminaristas se alojaban en una casa
parroquial que era amplia pero estaba bastante destartalada.
Para los que no cabían allí, hubo que habilitar
espacio en un granero próximo. En la época de
Marcelino, el número de residentes rondaba entre los
ochenta y los cien jóvenes.
Él era mayor que la media de sus compañeros.
Si en los estudios no destacaba, sobresalía, en cambio,
en las tareas que requerían habilidad manual. Por decirlo
en pocas palabras, allí donde surgía un quehacer
que exigía fuerza, él daba la nota. A lo largo
de los años de seminario, tuvo que luchar contra esa
tendencia a desviarse en exceso hacia el trabajo físico,
con el que conseguía resultados más tangibles
que con el esfuerzo intelectual.
Marcelino terminó el primer año
con negros nubarrones en el horizonte. El reverendo Périer
dictaminó que no le veía capacitado para el
sacerdocio. Y añadía en su comunicado al joven
y a su madre que desaconsejaba absolutamente el regreso al
seminario para el curso siguiente. María Teresa se
llevó una gran decepción, pero inmediatamente
se propuso resolver esta crisis surgida en la vida de su hijo.
Su primer recurso fue acudir a la oración.
Madre e hijo hicieron juntos otra peregrinación a la
tumba de San Juan Francisco Regis. Una vez efectuado el viaje,
María Teresa utilizó otros medios más
humanos para apoyar la causa del muchacho. El párroco
Allirot estaba bien relacionado con el seminario, y ella le
convenció de que tenía que intervenir. De la
misma manera consiguió la ayuda del padre Linossier,
miembro reciente del grupo de formadores de Verrières
y persona muy respetada y cualificada. Merced al esfuerzo
combinado de estos dos hombres, el rector revocó su
decisión y volvió a admitir al joven.
El problema de Marcelino continúa
Este segundo año,el de 1806, comenzó
con mejores auspicios que el primero. A pesar de que la clase
era ahora más numerosa, el profesor Sr. Chomarez puso
todo el empeño en mejorar la disciplina y conseguir
que el latín fuese alcanzable para aquellos que deseaban
en serio aprender la materia. El joven, a pesar de sus deficiencias
gramaticales, aceptó el desafío.
Por esta época Marcelino estaba atravesando
un período de juventud, caracterizado por amistades
gregarias en las que no faltaba la juerga irreflexiva. Por
ello pasó a formar parte de un grupo conocido como
“La banda alegre”, compuesto por seminaristas
que recorrían las tabernas de la localidad en las horas
libres.
Pero según transcurría el año,
fue adoptando un estilo de vida más austero. Continuó
dedicándose con constancia a sus estudios del segundo
curso del seminario. Hubo también dos acontecimientos
que tuvieron lugar en el verano siguiente y que contribuyeron
igualmente a atemperar su conducta expansiva. El primero fue
la muerte repentina de su amigo Denis Duplay, acaecida el
2 de septiembre de 1807. El segundo fue una seria conversación
mantenida con el reverendo Linossier, inspector del Seminario,
que le planteó sin rodeos la necesidad de mejorar su
actitud.
No cabe duda de que el fallecimiento de su
madre, en 1810, influyó también en este cambio
de Marcelino. Ella había desempeñado un papel
importante en el impulso de su vocación sacerdotal,
y cuando murió, el joven redobló sus esfuerzos
en el seminario menor.
Según iba dando los primeros pasos
en el proceso de su formación sacerdotal, Marcelino
se fue haciendo más receptivo a la gracia transformadora
de Dios en su vida. El Señor se sirvió de medios
muy humanos para orientar la mente, el corazón, el
espíritu y las energías del futuro santo hacia
un único objetivo: amar a Jesús y ayudar a los
demás a amarle también.
Los últimos años de Marcelino en Verrières
En 1810 entró en el seminario Juan
Claudio Courveille. Este joven iba a jugar un papel central,
años más tarde, en la primera andadura del movimiento
marista. Marcelino continuó luchando con su autodisciplina.
No siempre lo hacía con éxito. A lo largo de
su estancia en Verrières, sin embargo, se acostumbró
a pedir ayuda a Dios en todo momento. Esta confianza en Dios
estaba ya conformándose como una de las piedras angulares
de su espiritualidad.
Los años del seminario menor, ocho,
fueron difíciles. El alojamiento y la alimentación
dejaban mucho que desear. Así aprendió a hacerse
fuerte. Ésa fue una lección importante y que
le serviría de mucho en el futuro. Al cabo de unos
meses pasó al seminario mayor de San Ireneo. Para un
observador perspicaz, había ya algo que era obvio:
desde un oscuro rincón de la Francia de principios
del siglo XIX, el que habría de ser el fundador de
los Hermanitos de María, estaba ya comenzando a cosechar
los frutos de lo que con tanto esfuerzo había ido sembrando.
San Ireneo, el seminario
mayor
El seminario mayor de San Ireneo estaba ubicado
cerca de Lyon, la ciudad en la que confluyen dos ríos:
el Saona y el Ródano. La basílica de Nuestra
Señora de Fourvière, enclavada en lo alto de
una escarpadura sobre la ciudad, domina la panorámica.
La devoción a María ha sido siempre una característica
de las gentes de la región. ¿Qué puede
extrañar, por tanto, que Marcelino estrechara más
si cabe sus vínculos con la Buena Madre durante los
años transcurridos en San Ireneo?
Francia se vio convulsionada por cambios
políticos vertiginosos en 1814. La onda expansiva de
estos acontecimientos en cadena llegó también
a los pasillos de San Ireneo. Napoleón abdicó
el 6 de abril de 1814. Su tío, el cardenal Fesch, salió
inmediatamente para Italia. Los Borbones retornaron al trono
de Francia.
Los seminaristas, en su mayoría, se
habían posicionado en contra de Napoleón. Por
esta razón, a lo largo de 1814, una buena parte de
su tiempo se perdía en discusiones y debates. Un historiador
de esa época lo describe como “un año
horrible”, un año en el que dentro del seminario
se hablaba más de política que de teología.
A pesar del torbellino, Marcelino andaba
muy alejado de aquellas cuestiones. Daba la impresión
de estar deliberadamente al margen de ese tipo de compromiso.
Y no era el único. Juan Claudio Colin, futuro fundador
de los Padres Maristas y compañero de Marcelino en
San Ireneo, alude a 1814 calificándolo de “año
maldito”.
De todos modos, y a pesar del malestar ambiental
de la época, el seminario de San Ireneo será
siempre recordado como un lugar significativo por los frutos
que en él se produjeron. San Juan María Vianney,
que luego sería el cura de Ars, se contaba entre los
compañeros de grupo de Marcelino.
El camino a la ordenación sacerdotal
Los superiores y formadores de San Ireneo
tenían a Marcelino en gran estima. Y la impresión
general sobre él era muy favorable. Un breve repaso
de algunas de las resoluciones tomadas en el año 1814
por el joven seminarista, nos permite conocer aspectos de
su itinerario espiritual en ese momento de su vida.
La práctica de la caridad aparece
repetidamente puntualizada. El ambiente de discusiones políticas
que caracterizaba la vida del seminario por entonces, sin
duda tuvo que ver en la orientación de esa resolución.
Podemos igualmente advertir en sus notas que la preparación
para el sacerdocio le llevaba a “la negación
de sí mismo, a la renuncia, a una vida de oración,
de regla y de estudio”.
Los propósitos que tomaba para el
tiempo de vacaciones destacan el aspecto de la oración
habitual y el ejercicio de la presencia de Dios. El seminarista
organizaba cuidadosamente su vida espiritual durante aquellos
períodos de descanso: oración, ayuno, visita
a los enfermos, catequesis a los jóvenes. Aludiendo
a su habilidad con los muchachos, Juliana Epalle –vecina
de los Champagnat y cuyo testimonio fue incluido en el proceso
de beatificación- refería: “Enseñaba
tan bien que, a menudo, tanto los adultos como los jóvenes
permanecían hasta dos horas seguidas escuchándole
sin aburrirse”.
Marcelino estimaba el amor a los demás
como una medida de su amor a Dios. Ponía mucho énfasis
en que hubiera armonía en el seno de la familia. Posteriormente,
siendo ya sacerdote, también se distinguiría
por su discernimiento prudente y delicado en cuestiones de
conciencia. En La Valla, que fue su primer destino de cura,
dejó un imborrable recuerdo como consejero, confesor
y afable pastor de almas.
El movimiento Marista se pone en marcha
La Revolución Francesa había
iniciado una oleada de persecución contra la Iglesia
Católica. Las órdenes religiosas declinaron
rápidamente en número e influencia.
Por el contrario, la Restauración
puso en marcha un flujo de actividad religiosa. Muchas congregaciones
que habían sido suprimidas volvieron a emerger, y otras
distintas surgieron por doquier. El reverendo Bochard, uno
de los vicarios generales de la diócesis de Lyon, también
estaba decidido a fundar una nueva congregación. Finalmente
formó un grupo llamado la Sociedad de la Cruz de Jesús.
Vio en el seminario un campo fértil para obtener vocaciones
con las cuales engrosar su pequeña banda. Con la esperanza
de que así fuera, recurrió a la ayuda inestimable
de un seminarista llamado Juan Claudio Courveille.
Courveille había nacido en una acomodada
familia de comerciantes. Cuando fue al seminario llevaba consigo
alguna historia personal. A la edad de diez años, por
ejemplo, había contraído una seria dolencia
ocular a causa de un brote de viruela. Su madre, preocupada
por la visión del hijo, le llevó al santuario
de Nuestra Señora del Puy. Allí, en 1809, a
la edad de 22 años, se le curó la ceguera tras
ser ungido con aceite de una lámpara del santuario,
aplicado sobre sus ojos enfermos. Este suceso indujo a Courveille
a dedicar su vida al servicio de María. Años
más tarde proclamaría que había escuchado
una voz en la fiesta de la Asunción de 1812, que le
llamaba a fundar la Sociedad de María. La finalidad
de este grupo era concreta: hacer para la Iglesia del siglo
XIX en Francia lo que los Jesuitas habían hecho por
la Iglesia en el siglo XVI.
Bochard estaba deseoso de hablar con Courveille,
sobre todo cuando supo los planes que tenía el joven
de fundar una congregación. Ya que aquél, como
antes hemos dicho, andaba madurando la idea de establecer
su propia asociación religiosa, pensó que podría
fusionar los dos proyectos.
El vicario general animó a Courveille
a buscar miembros para el grupo Marista que tenía en
mente. Las intenciones de Bochard, sin embargo, no eran puras
como la nieve: se dedicó a evaluar a cada uno de los
hombres en los que se iba fijando Courveille, con ánimo
de cogerlos finalmente para la Sociedad de la Cruz de Jesús.
Ajeno a los esquemas del vicario, Courveille
continuó con su búsqueda de vocaciones y en
poco tiempo había reunido quince candidatos. Todos
ellos en edades entre los veinte y los treinta años,
y que procedían, mayormente, de familias francesas
campesinas. Estos hombres pasaron el curso 1814–1815
profundizando en los principios fundamentales de la nueva
Sociedad. Ésta se compondría de sacerdotes,
hermanos auxiliares, hermanas y hombres y mujeres seglares.
El grupo de sacerdotes constituiría el núcleo
de la Sociedad.
Ya desde los primeros diálogos, Marcelino
propugnó la idea de introducir otra rama en la Sociedad,
una que estuviese formada por hermanos educadores. Sus compañeros
de seminario no mostraban excesivo entusiasmo ante ese plan.
Ahora ya sabemos que Marcelino, aparte de otras cosas, era
un espíritu tenaz. Se mantuvo firme en sus pensamientos,
y finalmente los otros accedieron: la Sociedad de María
incluiría entre sus miembros un grupo de hermanos dedicados
a la enseñanza. De todos modos, la responsabilidad
de llevar adelante el proyecto quedaba en las manos del que
había propuesto la fundación.
¿De dónde venía esa
insistencia de Marcelino para que el grupo de hermanos formara
parte de la nueva Sociedad? Antes que nada, él quería
atender la lacerante falta de educación religiosa que
se daba en aquellos tiempos. El hermano Juan Bautista pone
en boca de Marcelino estas palabras: “Necesitamos hermanos
que enseñen el catecismo, que ayuden a los misioneros
y que dirijan escuelas”. Su sueño era ambicioso:
dar a conocer a Jesús y hacerlo amar entre los jóvenes,
particularmente los más desatendidos.
Podemos encontrar otras razones que nos llevarían
a recordar las experiencias personales de Marcelino, sus peleas
con el francés, su falta de base académica a
la hora de ir al seminario, el sonrojo que debió experimentar
al compartir las clases con compañeros más jóvenes
y mejor preparados.
En 1815 el gobierno había admitido
también que existía déficit de escuelas
en Francia. El Comité de Instrucción Pública,
que se había tomado el deber de organizar la educación
en todo el país, presionó a los ayuntamientos
para que se adoptaran medidas tendentes a garantizar la enseñanza
primaria a todos los niños de la localidad, y que ésta
fuera gratis para los pobres.
Ya se habían dado algunos pasos iniciales
para atajar la crisis educativa del país. Napoleón
había rehabilitado a los Hermanos de La Salle en 1803
junto con algunas congregaciones religiosas femeninas. Aunque
Marcelino valoraba el trabajo de aquéllos, sabía
que sus esfuerzos estaban concentrados en los muchachos de
las áreas urbanas. Y suspiraba por poder brindar las
mismas oportunidades a los jóvenes de los caseríos,
aldeas y pequeños poblados de la montaña.
También es posible que Marcelino estuviese
al corriente de los detalles de la Real Ordenanza del 29 de
febrero de 1816, mediante la cual se ofrecían subvenciones
para los que quisieran colaborar en el campo de la educación.
Todos estos factores le impulsaban a llevar adelante su proyecto.
Sin embargo, sería el encuentro que tuvo con un joven
llamado Juan Bautista Montagne lo que hizo cristalizar su
sueño y le movió a convertirlo en realidad sin
dilación.
La ordenación
El 22 de julio de 1816 Marcelino vio colmada
su aspiración de muchos años: Monseñor
Dubourg, obispo de Nueva Orleans, le ordenó de sacerdote.
Con él compartían el gozo del sacramento recibido
otros siete miembros del grupo que ya empezaba a ser conocido
con el nombre de Maristas. Al día siguiente de la ordenación,
los ocho, acompañados de cuatro seminaristas, peregrinaban
a Fourvière. La basílica que se alza hoy en
ese lugar no existía entonces. Ellos acudieron al santuario
de la Virgen Negra, una pequeña capilla que quedó
luego anexionada a la edificación posterior. Juan Claudio
Courveille ofició la misa para el grupo. Seguidamente,
los doce renovaron sus promesas y consagraron sus vidas a
la Virgen María.
El proyecto original de aquellos hombres
contemplaba una Sociedad, no varias. Las diversas ramas componentes
habrían de subordinarse a la unidad del conjunto. Al
hacer sus promesas en Fourvière, los primeros maristas
sabían que se estaban comprometiendo a futuras misiones.
Por el momento, seguían sujetos a la autoridad eclesiástica
que envió a los recién ordenados a diversos
destinos repartidos a lo largo y ancho de la extensa diócesis
de Lyon. Y de esta manera tenemos a Marcelino trasladándose
a la aldea de La Valla, situada en las obscuras estribaciones
de los montes del Pilat. Allí comenzó su labor
sacerdotal, el 13 de agosto de 1816, dos días antes
de la fiesta de la Asunción. |