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Marcelino
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Un corazón sin fronteras - San Marcelino Champagnat - Vida y misión
 
Capítulo III
Joven sacerdote y joven fundador


Uno se pregunta si la adversidad era compañera de ruta de Marcelino. Ya hemos visto cómo su camino hacia el sacerdocio estuvo sembrado de obstáculos. Volvería a encontrárselos de nuevo en la persona de Juan Bautista Rebod, párroco de La Valla, su primer destino.

Rebod era un hombre desafortunado. Si la Iglesia no hubiese quedado desolada tras la Revolución, seguramente en el seminario le habrían aconsejado tomar otros derroteros distintos del sacerdocio. Pero, al contrario, le dieron una formación rápida, fue ordenado y le pusieron de párroco en La Valla en 1812.

El hombre sufría de artritis y tenía un tartamudeo al hablar, bebía en exceso y hacía poca cosa para animar la vida de la parroquia. Cuando Marcelino llegó allí en 1816, encontró mucho deterioro y desorden tanto en la casa cural como en la Iglesia.

Más grave aún, a causa de la desidia de Rebod, la comunidad parroquial se encontraba en estado deplorable. La codicia, la rivalidad y la falta de amor por los demás corroían las relaciones personales; había mucha dejación de los deberes religiosos en la práctica de la fe. El párroco, incapaz de superar, sus propios problemas personales, andaba perdido sin saber qué hacer. La Valla tampoco era Marlhes. El entorno de las dos regiones difería considerablemente.

El término La Valla, que tiene que ver con "valle", es ciertamente un eufemismo cuando se aplica al panorama de los montes del Pilat. Allí no proliferan los terrenos de cultivo rodeados de suaves colinas, más bien son la excepción en aquella zona escarpada. La visión más habitual, la forman los barrancos, las rocas y arroyos de montaña que caen con rapidez arrastrando piedras y tierra. En los tiempos del joven coadjutor, algunos lugares eran prácticamente inaccesibles por falta de caminos adecuados. Sin duda alguna le tocó a Marcelino un destino dificultoso, situado en medio de un paisaje abrupto.

La gente de La Valla y la Revolución

Una cierta sencillez caracterizaba la vida en La Valla. Durante los meses de verano el trabajo exterior ocupaba el día entero. Con el invierno llegaban los largos anocheceres, dedicados a tejer, a reparar las herramientas y a la tertulia junto a la chimenea. Los vecinos se reunían para charlar, cantar o ayudar en las tareas. La unidad familiar se mantenía sólida. La Revolución supuso alguna amenaza para este modo de vida que estaba ampliamente asumido, Los hombres se veían forzados a acudir a los mítines, y pasaban menos tiempo en casa. Unos se iban a la taberna a beber, a discutir de política, leer los periódicos o escuchar su lectura. Otros invertían su tiempo elaborando pasquines y manifiestos impresos rudimentariamente. Se hablaba de la emancipación de la mujer.

Prácticas de ascetismo

Para mantener encendido su fervor personal, el joven sacerdote se marcó un riguroso plan de vida ascética. Se levantaba a las cuatro de la madrugada y comenzaba la jornada incapnada con media hora de meditación. Antes de la misa se recogía en oración durante quince minutos. A pesar de trabajar intensamente en el apostolado de la parroquia, todavía encontraba tiempo para estudiar teología al menos por espacio de una hora diariamente. Los viernes ayunaba y visitaba puntualmente a los enfermos de la parroquia.

La práctica de la presencia de Dios centraba cada vez más la vida espiritual de Marcelino. Sin embargo no le resultaba fácil llegar a una relación cada vez más profunda con Jesús y María; en ese sendero tropezaba con tramos accidentados.


El coadjutor

Marcelino se esforzaba por adquirir un talante comprensivo, y tenía buenas razones para empeñarse en ello. Frecuentemente le llamaban para atender a personas que se enzarzaban en riñas acaloradas. En esas situaciones, su espíritu conciliador, el carácter animoso y la sencillez personal contribuían a lograr la reconciliación.

El joven sacerdote tenía también un don especial para corregir a la gente de una manera que resultaba asimilable. Sabía reprender sin lesionar la autoestima. En consecuencia, muchos de sus parroquianos acabaron aceptando fallos personales que anteriormente nunca habían querido admitir cuando fueron otros los que se lo advertían.

Por necesidad y por temperamento, Marcelino pasaba horas preparando sus sermones. Estudio, reflexión y oración eran los ingredientes que ponía en estas lecciones. Al principio sus sermones eran sencillos y cortos; los feligreses estaban impresionados. El coadjutor amenizaba sus instrucciones con episodios de la vida diaria en la aldea. Dicho en otras palabras, Marcelino hablaba en el lenguaje de la gente a la que había ido a servir; de esa manera, cuando predicaba el mensaje de Jesús, sus palabras entraban en el corazón de los fieles.

Pero donde mejor desempeñaba su labor pastoral era en el confesionario. A pesar del rigorismo de la formación recibida en el seminario, Marcelino supo mantener un espíritu de compasión, prudencia y comprensión ante las debilidades humanas.

De todos modos, era un hombre de su época. Por ejemplo, la costumbre del baile había sido siempre un pasatiempo preferido de la gente de La Valla. Pero cuando los ejércitos de Napoleón volvieron de los Estados Germánicos. trajeron de allí una nueva forma de bailar: el vals. En las danzas tradicionales de la región, las parejas raramente se tocaban, y aún así era sólo para tomarse de la mano ligeramente, lo cual difícilmente podría suscitar pasiones. Pero en el vals había que abrazarse y moverse al unísono.


Es probable que Marcelino, fiel a la formación recibida y al espíritu de los tiempos, se opusiera tenazmente a este tipo de baile. El hermano Juan Bautista señala que esa oposición se manifestaba de forma activa cada vez que se organizaba una fiesta en la que se iba a bailar el vals.

Rebod, el párroco, continuaba siendo una espina en la vida del joven coadjutor. Marcelino nunca fue un soñador indolente, prefería actuar para convertir en realidad los sueños. Pero a los ojos del párroco, sus iniciativas sólo servían para perturbar la vida parroquial de La Valla. Molesto por la actividad del coadjutor, o quizá celoso por la relación cordial que mantenía con los feligreses, Rebod no perdía ocasión de criticarle o trataba de humillarle en público. Pero a pesar del antagonismo del párroco, Marcelino ganaba los corazones de los que venían a rezar con él o a escuchar sus predicaciones.

Posteriormente, cuando el joven sacerdote comenzó con su grupo de hermanos, Rebod se opuso frontalmente al proyecto, y no desperdiciaba la oportunidad de manifestarlo públicamente buscando intimidar o desconcertar a su iniciador.

Marcelino respondía a esta hostilidad con un admirable control de sí mismo, tratando de ayudar a su párroco con la oración y aconsejándole respetuosamente. Llegó incluso a privarse del vino en las comidas esperando que el buen ejemplo pudiera ayudar al compañero. Pero a pesar de los esfuerzos del coadjutor, al final no hubo solución. Las protestas contra el párroco se hicieron cada vez más frecuentes y clamorosas, y así continuaron entrados ya en 1824. En junio de ese año, la autoridad diocesana retiró a Rebod de la parroquia. Seis meses más tarde moría a la edad de cuarenta y ocho años.


Necesitamos Hermanos

Como antes hemos dicho, Marcelino conocía bien la carencia de escuelas que padecía Francia, sobre todo en las zonas rurales. Un informe sobre la educación en el Departamento del Loira, al que pertenecía La Valla, decía a este respecto: “Los jóvenes viven en la más profunda ignorancia y malgastan su tiempo de una manera alarmante”.
Los maestros no disfrutaban de mucha consideración. En un documento se les describía como unos “borrachos, irreligiosos, inmorales, la escoria de la raza humana”. Hemos de admitir que el panorama educativo mejoró algo bajo el directorio de Napoleón y también después de la llegada de Luis XVII al trono. La Ordenanza de febrero de 1816 autorizaba la edición de libros de texto adecuados, el establecimiento de escuelas piloto, y fijaba el sueldo de los maestros. Daba también un fuerte impulso a la educación primaria: se pidió a cada parroquia que se hiciera cargo de dotarla. Los niños cuyas familias no podían costear sus estudios, recibirían educación gratuitamente. El clima era propicio para que Marcelino llevase a cabo su proyecto.

Pero él no quería solamente ofrecer mejores oportunidades educativas a los jóvenes. También le preocupaba su formación religiosa y su conocimiento de Dios. Se le oía decir con frecuencia: “No puedo ver un niño sin sentir deseos de darle a conocer cuánto le ha amado Jesucristo y cuánto debe amar él a su Salvador”.

El joven sacerdote veía igualmente la educación como un medio de armonizar fe y cultura. El hermano Juan Bautista nos dice: “Al fundar su Instituto, el padre Champagnat tenía en la mente más intuiciones que la única de procurar educación primaria a los niños o incluso la de enseñarles los principios de la religión. Decía: “Aspiramos a más, queremos educar a los niños, instruirles en sus deberes, enseñarles a cumplirlos, infundirles un espíritu cristiano, y formarles en las costumbres y en las virtudes que debe tener un buen cristiano y un buen ciudadano”.

Aunque ya existían dos escuelas en la parroquia de La Valla, Marcelino no abandonó su idea de establecer un grupo de religiosos educadores como parte de la Sociedad de María. Hacía tiempo que le había sorprendido gratamente la piedad y la buena conducta de un joven parroquiano de veintidós años llamado Juan María Granjon, que había sido soldado de la Guardia Imperial de Napoleón.

Cierto día, el joven vino a buscar al coadjutor para que acudiese a visitar a un enfermo de su vecindad. Durante el camino, Marcelino fue observando el carácter y la disposición de su acompañante. Y quedó tan complacido de las respuestas que Granjon iba dando a sus preguntas que, al día siguiente, aprovechando una nueva visita al enfermo, le entregó un ejemplar de El Manual del Cristiano.

El mozo se negó a tomar el libro indicando que no sabía leer. Pero el coadjutor no se desalentó por ello y le dijo: “Es igual, cógelo. Puedes usarlo para aprender a leer. Yo mismo te daré lecciones si quieres”. Granjon aceptó el ofrecimiento del cura.


Marcelino y Juan Bautista Montagne

Poco después, el 28 de octubre de 1816, ocurrió un suceso que movió definitivamente a Marcelino a poner en marcha su proyecto. Le llamaron para que fuera al caserío de un carpintero de Les Palais, pequeño núcleo situado más allá del Bessat. Allí un joven de diecisiete años se estaba muriendo. El muchacho ignoraba por completo las verdades de la fe. Marcelino le enseñó, le escuchó en confesión y le preparó a bien morir. Luego salió para visitar a otro enfermo de las cercanías. Cuando volvió al caserío de Montagne, le dijeron que Juan Bautista ya había muerto.

Este encuentro transformó a Marcelino. El desconocimiento que el muchacho tenía sobre Jesús le convenció de que Dios le llamaba a fundar una congregación de hermanos que evangelizaran a los jóvenes, en especial a los más desatendidos. En el tiempo que invirtió de regreso a la casa parroquial, ya tenía la decisión tomada: invitaría a Juan María Granjon a convertirse en el primer miembro de su comunidad de hermanos educadores.


El primer discípulo

Juan María aceptó la invitación del coadjutor el 28 de octubre de 1816. Estaba deseoso de dedicarse plenamente a la tarea. Ése fue el primer paso de la fundación de los Hermanitos de María. El siguiente paso vendría enseguida.

Había una casita en venta, cerca de la casa cural. Marcelino quería comprarla, pero el párroco Rebod se oponía a la mudanza. Sin embargo, Marcelino consiguió un préstamo de Juan Claudio Courveille por valor de la mitad del precio de la venta. Courveille era a la sazón coadjutor de la cercana población de Rive-de-Gier, y con este préstamo dejaba clara la diferencia entre las fundaciones de ambos. Marcelino firmó un contrato provisional con Juan Bautista Bonner, el propietario, y se dedicó a acondicionar la vieja casa. Hizo también dos camas de madera y una pequeña mesa de comedor. Si ya estos comienzos llenaban de ilusión al joven fundador, un acontecimiento mucho más prometedor se añadió pronto: otra nueva vocación.


La comunidad empieza a crecer

Juan Bautista Audras, el futuro hermano Luis, no tenía aún los quince años de edad cuando pidió ingresar en los Hermanos de la Salle de Saint Chamond. Viendo que todavía era muy joven, le aconsejaron que siguiera madurando la vocación con su confesor. La providencia quiso que dicho confesor no fuera otro que el coadjutor de La Valla. El muchacho manifestó a Marcelino su decisión de consagrarse al Señor. El sacerdote habló con él, se entrevistó con sus padres, y después de reflexionar serenamente en la oración sobre ello, invitó al joven Audras a unirse a Granjon.

Dos meses después los arreglos de la casa estaban terminados. Aquellos primeros discípulos se fueron a vivir allí el día 2 de enero de 1817. Desde entonces y hasta hoy, la casita de Bonner ha sido considerada entre los Hermanos Maristas como la “cuna” del Instituto, y el día 2 de enero de 1817, como la fecha fundacional de los Hermanitos de María. Sus miembros habían de abrazar una espiritualidad caracterizada por la experiencia de la presencia de Dios, la confianza en la protección de la Virgen María y la práctica de las “pequeñas” virtudes de humildad y sencillez.

A partir de entonces Granjon y Audras compartieron la vida en la casa. Marcelino les enseñaba a leer y les formaba en las habilidades que tendrían que mostrar para educar a los niños. También les fue formando en la oración.Y les enseñó a fabricar clavos para colaborar, con su venta, en el sostenimiento de la comunidad.

Los dos jóvenes aspirantes asistían al coadjutor en las tareas pastorales. Visitaban y ayudaban a los ancianos de los caseríos, recogían leña para los necesitados y les llevaban comida con regularidad.


El fundador forma a sus hermanos

Marcelino encargó a Claudio Maisonneuve, un exhermano de La Salle, la instrucción pedagógica de sus discípulos para que se iniciasen en la teoría y la práctica de la docencia. Pero Marcelino se reservó para sí la tarea de la formación religiosa y la preparación de base. Era un catequista consumado y también les ayudaba a avanzar en los conocimientos generales.

No tardó en aparecer por allí alguien que luego se convertiría en la tercera vocación de los Hermanitos de María de una manera inusual. Se trataba de Juan Claudio Audras que llegó a La Valla con un encargo concreto de sus padres: reclamar a su hermano Juan Bautista y llevárselo a casa. Pero éste no tenía ningún deseo de volver con su familia y rogó insistentemente a Marcelino: “Mi hermano ha venido para llevarme a casa, pero yo no quiero ir. Por favor, diga a mis padres que me dejen tranquilo”.

Mientras trataba de calmar al muchacho, Marcelino estuvo dialogando con Juan Claudio, y acabó convenciéndole de que también él tenía cualidades para llegar a ser un buen religioso. De tal manera que, en lugar de llevar a cabo el recado que sus padres le habían dado, el mozo decidió quedarse a vivir con su hermano pequeño y con Granjon. Y parece que no hubo desacuerdo por parte de la familia ya que Juan Claudio se convirtió en el tercer miembro de la comunidad desde diciembre de 1817. Posteriormente tomaría el nombre de hermano Lorenzo. En el transcurso de los seis meses siguientes aparecieron tres nuevos candidatos, entre ellos Gabriel Rivat, conocido después como el hermano Francisco, que sería veinte años más tarde el sucesor de Marcelino Champagnat en calidad de superior de los hermanos. Para junio de 1818, eran ya seis los jóvenes que vivían en la que fuera casa Bonner de La Valla.


Comienzo del apostolado

En aquella época la escolaridad en Francia se limitaba a los meses de invierno, debido a que cuando llegaba el buen tiempo todos los brazos eran necesarios en casa para las labores de la granja. Por eso mismo, en mayo de 1818, habiendo concluido su trabajo por los caseríos, Maisonneuve pudo volver a La Valla para el período de verano. Se puso en marcha una pequeña escuela mixta en la casa de los hermanos, bajo su dirección. Ellos aprendían observando cómo hacía el maestro y ayudándole en la medida de sus posibilidades.

Cuando Maisonneuve marchó definitivamente, Marcelino mantuvo la escuela y nombró director a Juan María Granjon, primer miembro del Instituto. Juan María se entregó plenamente a la tarea que se le había encomendado entre aquellos niños, muchos de los cuales eran huérfanos y abandonados.

Con el paso de los días se iba haciendo cada vez más notorio el buen hacer de los hermanos en las clases y por los caseríos. El cura Allirot, el que había bautizado a Marcelino, le pidió que abriera una escuela en Marlhes. A fines de 1818 dos hermanos acudieron allá con esa misión.

La vida comunitaria toma forma

La vida comunitaria se desarrollaba al mismo tiempo que lo hacía la escuela de La Valla. A instancias de Marcelino los hermanos eligieron un superior, recayendo esa función en Juan María Granjon, que era el mayor de entre ellos. Se elaboró un reglamento diario, que comenzaba a las cinco de la mañana. A esa hora se levantaban para tener juntos un rato de oración. Ellos mismos se preparaban la comida, siguiendo riguroso turno uno por uno. De todos modos, es probable que los jóvenes discípulos de Marcelino no llegaran jamás a las altas cumbres del arte culinario, ya que la dieta se circunscribía a un ciclo bastante repetido de sopa, legumbres y queso.

Un buen día, el coadjutor también se mudó de la casa parroquial para irse a vivir con sus hermanos. Este paso constituye otro momento decisivo en el itinerario espiritual de Marcelino. Con la mirada de la fe podemos entrever que el sacerdote no dudaba, una vez más, en abrazar la misión a la que Dios le llamaba

Aunque el párroco Rebod le dio permiso para efectuar el cambio, no dejó de advertirle que se iba a cansar pronto de vivir en aquellas condiciones de pobreza. A los hermanos les llenó de alegría ver entre ellos al fundador, trabajando y rezando con ellos, compartiendo el mismo alimento, organizando las cosas y ayudándoles en su formación pedagógica. No sabemos si el espíritu de igualdad y fraternidad había hundido sus raíces en la Francia del siglo XIX, pero lo cierto es que sí que estaba entretejiendo ya la hermosa tapicería que constituiría, con el tiempo, el distintivo y característica del estilo de vida de los Hermanitos de María.

Antes de seguir adelante, añadamos unas palabras sobre el párroco Rebod. A pesar de que el hombre fue, a menudo, una verdadera cruz para su coadjutor, tenemos que inspirarnos en los sentimientos de compasión de Marcelino para juzgarle. Está claro que Rebod era un espíritu desasosegado e infeliz. Abusaba del alcohol. En otra época habría obtenido ayuda más especializada para su problema. Incluso podría haber dado otro rumbo a su vida. No sabemos en cuántas almas tuvo una influencia positiva. Tuvo que haberlas. Para Marcelino, en cambio, fue con frecuencia una fuente de tensión. Pero el joven coadjutor nos ha dejado el ejemplo de haber sabido responder al antagonismo de Rebod con paciencia y comprensión.

El problema del dinero

Aunque Marcelino era un cuidadoso administrador de los bienes, el dinero vino a ser un problema permanente para la pequeña comunidad. El trabajo manual, característico entre los hermanos, contribuía a recortar los gastos. Los ingresos obtenidos con la manufactura de clavos, el modesto sueldo de cura de Marcelino y las donaciones de algunos parroquianos, ayudaban a la comunidad a mantener la cabeza financiera fuera del agua.

El fundador enviaba a sus discípulos, cuando estimaba que estaban ya preparados, a los poblamientos rurales cercanos y a las localidades de La Valla y Marlhes. Los Hermanos acudían llenos de fervor, afecto fraternal y celo apostólico.

Todo eso iban a necesitar en los tiempos que se avecinaban. Más allá de las montañas que rodean La Valla, en la sede episcopal de Lyon, se estaba fraguando la adversidad para la joven comunidad. En medio de todas las intrigas había un hombre, el mismo vicario general que tanto interés había mostrado en los planes de Juan Claudio Courveille y su idea de establecer una nueva congregación religiosa. Estamos hablando de Juan Claudio Bochard.

 
Preguntas para la reflexión


1. Las necesidades de los demás y su sufrimiento a menudo nos influyen y nos transforman. ¿De qué manera se produjo ese mismo efecto en el carácter de Marcelino, su visión de la vida y su espiritualidad? ¿En qué medida contribuyeron a convertirle en la persona que llegó a ser?

2. ¿De qué manera te han influido y te han transformado a ti las necesidades de los demás y su sufrimiento hasta convertirte en la persona que eres hoy? ¿En qué medida te ha impulsado eso mismo a actuar en el nombre del evangelio?

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