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Marcelino
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Un corazón sin fronteras - San Marcelino Champagnat - Vida y misión
 
Capítulo IV
El Instituto comienza su andadura


Bochard era un rival temible. De temperamento nervioso, entrometido por naturaleza, excesivo en la alabanza y en el denuesto, era uno de los tres vicarios generales de Lyon. No gozaba de mucha popularidad entre los curas y apoyaba abiertamente el galicanismo. Estando ausente el cardenal Fesch, era él quien llevaba los asuntos diocesanos.

El vicario estaba decidido a integrar a los hermanos de La Valla dentro de su propia Sociedad. Convocó a Marcelino en Lyon y le expuso sus argumentos. Cuando terminó la entrevista, Bochard estaba seguro de que había aprovechado el día, pero se equivocaba. Marcelino salió más convencido que nunca de que estaba cumpliendo la voluntad de Dios. No experimentaba ningún deseo de dar una respuesta inmediata a la oferta del vicario. Al contrario, decidió seguir el consejo de los antiguos: apresúrate despacio. Sus asesores, entre los que había algunos sacerdotes que ocupaban cargos en la curia, le animaban a seguir adelante.

La obra de Marcelino continuaba creciendo: en 1822 se abría otra escuela en Saint-Sauveur, importante núcleo comercial de la región. Ello da fe de la alta estima en que se tenía a los hermanos y al trabajo que realizaban.

En la escuela de Marlhes hubo algunos problemas. El párroco Allirot se negaba a mejorar las instalaciones de los hermanos y sus alumnos. El hermano Juan Bautista describe la casa de Marlhes con los términos de “pequeña, húmeda, insana”. Marcelino intervino personalmente y solicitó que se acondicionara debidamente aquella obra. Allirot no dio el brazo a torcer. Entonces el fundador tomó una difícil decisión: retiró a los hermanos de la escuela de su parroquia natal. Marcelino se lo comunicó al cura por carta: “Su casa está en tan malas condiciones que yo no puedo en conciencia dejar allí ni a los hermanos ni a los niños”.

Este incidente nos enseña una lección importante sobre Marcelino. Siendo como era un hombre generoso, también sabía decir “no” cuando era necesario. Si tenemos en cuenta que ni él ni sus discípulos eran en absoluto exigentes, sino todo lo contrario, bien parece que la situación de Marlhes debía ser ciertamente desoladora. La vida de los hermanos del Instituto estaba caracterizada por la sencillez y la pobreza. Sin embargo, el fundador también procuraba que hubiese un alojamiento digno para aquellos cuyo bienestar estaba bajo su responsabilidad.

Era consciente de que ciertas condiciones, tales como unas instalaciones adecuadas, son necesarias para llevar adelante un proyecto educativo. Le gustaba decir que para educar a los niños hay que amarlos. Y enseñarles en unos locales dignos era una manera de manifestar activamente ese amor.


Crisis de vocaciones

Hacia febrero de 1822, la congregación estaba formada por diez hermanos. Sus dones personales eran diversos, y no todos estaban hechos para la clase. Algunos tenían habilidades manuales que producían ganancias, harto necesarias para el sostenimiento de la comunidad, o estaban más capacitados para la administración interna. Por ejemplo, uno de los postulantes era consumado tejedor. Su trabajo reemplazó pronto al de la manufactura de clavos como medio de mantener a los hermanos.

Pero Marcelino estaba preocupado. La fuente de las vocaciones parecía haberse secado. Llegó a preguntarse si el Instituto y su misión tenían futuro. Como de costumbre se encomendó a la Virgen María y le trasladó el problema: “Ésta es tu obra; si quieres que florezca, tendrás que darnos los medios para que así sea”.

En marzo de aquel mismo año un joven solicitó ser admitido en la comunidad. Pertenecía a una prestigiosa familia, conocida por su posición y su religiosidad. El mozo había estado ya seis años con los Hermanos de La Salle de Saint- Chamond, pero finalmente le habían devuelto a casa.

Después de tres días de prueba, Marcelino se negó a admitirle en su congregación. El joven volvió a insistir: “¿Me recibirá si le traigo media docena de buenos candidatos?” Persuadido de que sólo un milagro podría producir ese resultado, el sacerdote aceptó la propuesta.

Dos semanas más tarde volvió el individuo por La Valla acompañado de ocho muchachos. Marcelino se quedó estupefacto, sin lugar a dudas. Aunque algunos del grupo le causaron buena impresión, decidió no aceptar a nadie. ¿Por qué? Una razón era que sabía muy poco de ellos; otra, que no había sitio suficiente en la casa para alojarlos.

No obstante, los recién llegados, que también estaban gratamente impresionados con el fundador, le suplicaron una y otra vez que les dejara quedarse. Marcelino reunió a los hermanos más veteranos de la comunidad y les pidió consejo. Éstos, conscientes de que el Padre Champagnat veía la mano de la Providencia en la llegada inesperada de aquel grupo, le aconsejaron que los admitiera, pero también le recomendaron que les sometiera a pruebas especiales para confirmar su vocación.

Quince días después, el líder del grupo se marchaba; otros cinco le seguirían posteriomente. De los tres que quedaron, dos fueron maristas hasta el final: el hermano Hilarion y el hermano Juan Bautista, que con el tiempo sería asistente del Superior General y primer biógrafo de Marcelino.

La historia tiene otro final feliz añadido. Los ocho muchachos habían sido reclutados en la región del Alto Loira, una zona que –hasta entonces– no estaba en los pensamientos del fundador como cantera de vocaciones. Pronto envió allá a un promotor para sondear el ambiente. Al cabo de seis meses, más de veinte postulantes procedentes de aquella región habían ingresado en el grupo. Durante los años siguientes, Marcelino repetiría una y otra vez que había sido Nuestra Señora del Puy la que se los había enviado.


Otros avatares

En abril de 1822 se presentó inesperadamente en La Valla el inspector Guillard, de la Academia de París. ¿Con qué objeto? Investigar ciertas informaciones que le habían llegado sobre una supuesta enseñanza clandestina del Latín. Sólo la Academia, consejo escolar de clasificación, podía autorizar esa instrucción. Era un privilegio que la entidad mantenía celosamente.
El inspector se llevó una gran decepción, porque no encontró ni estudiantes ni señal alguna de que allí se enseñase latín. Los rumores eran totalmente infundados.

Lo que sí descubrió Guillard era que Marcelino –hasta el día de la fecha– no había solicitado la autorización legal para el Instituto que había fundado cinco años antes. Este descuido sorprendió al inspector. Cuando le preguntó sobre ello, el sacerdote le explicó llanamente que primero quería estar seguro de que su obra iba a seguir adelante, luego ya vendría la aprobación. Aquí vemos una vez más el realismo y el sentido práctico de Marcelino: conseguir la autorización para una aventura que podría venirse abajo finalmente, no pasaría de ser una vana satisfacción personal.

Antes de marchar, el inspector se dio una vuelta por las dependencias donde residía Marcelino con sus hermanos. Aquello no le impresionó: “Visitamos la casa de la congregación –escribiría en su informe– y todo daba sensación de pobreza, incluso de bastante desorden”. Tenemos que decir, en defensa del cuidado de las cosas por parte de los primeros hermanos, que por aquel entonces se estaba acondicionando un nuevo comedor, debido al aumento de los postulantes, y que también se estaban haciendo obras en el granero con el fin de añadir espacio para dormitorio.

Pero que no quepa la menor duda de que Marcelino y sus discípulos vivían con extrema sencillez. El hermano Lorenzo, seguidor temprano y fiel del fundador, describía las circunstancias materiales de la primera comunidad con estas palabras: “Éramos muy pobres en los comienzos. Comíamos un pan que tenía aspecto de tierra, pero nunca nos faltó lo necesario”. A pesar de la austeridad, el espíritu de generosidad y el buen humor que caracterizaba a aquel grupo de jóvenes no declinó en ningún momento.
Otra vez a vueltas con Bochard

El vicario general se enteró de que ocho aspirantes habían entrado en la congregación de Marcelino y que iban a venir varios más. ¿La fuente de información? El párroco Rebod. Temeroso éste de que, si el naciente Instituto al final se venía abajo, le podría tocar a él alguna responsabilidad financiera para con los jóvenes discípulos de Marcelino, escribió una carta incendiaria al vicario. Consciente de que la fundación de Marcelino estaba en plena expansión, Bochard juzgó que había llegado el momento de actuar.

El vicario respondió a la carta del párroco. Sin revelar su contenido, Rebod trató de intimidar a Marcelino advirtiéndole que el desacato a las directrices de la curia podría costarle la suspensión de sus funciones sacerdotales. Cuando el coadjutor conoció los detalles de la carta finalmente, se dio cuenta de que las imputaciones que se le hacían eran absolutamente falsas. Se puso en contacto con la oficina del vicario y concertó una entrevista.

No estamos seguros de la fecha de este segundo encuentro entre Marcelino y Bochard. Es muy probable que tuviera lugar en noviembre de 1822. El coadjutor se dio cuenta, desde el primer momento, de que el vicario estaba muy bien informado. Por ejemplo, podía señalar sobre un mapa, uno tras otro, los lugares en los que los Hermanitos de María habían establecido escuelas. Bochard recomendó una fusión inmediata entre los hermanos de Marcelino y su propia Sociedad de la Cruz de Jesús. ¿Qué razón aducía? La autorización legal, de la cual él disponía y el coadjutor, convencido ya de que su congregación seguiría adelante, tanto deseaba. Marcelino evitó formular compromiso alguno, y salió de allí tan rápidamente como se lo permitía la cortesía. Sabía, desde luego, que no era la última vez que veía a Bochard, y que no estaba a salvo de sus intrigas.
Pero tampoco estaba totalmente indefenso. Bochard era uno de los tres vicarios, y los otros dos tenían una postura favorable a Marcelino y su obra. Al terminar el segundo encuentro con Bochard, el fundador concertó entrevista con el reverendo Courbon, primer vicario general.

Marcelino fue sincero con Courbon desde el principio: “Usted conoce mi proyecto y todo lo que he trabajado. Déme su opinión con franqueza. Yo estoy dispuesto a abandonarlo si usted así lo desea. Sólo quiero cumplir la voluntad de Dios”. El vicario no fue menos expresivo: “No sé por qué andan molestándole de esa manera. Usted está llevando a cabo una tarea muy útil al formar buenos maestros para nuestras escuelas. Siga adelante como hasta ahora. No se preocupe por lo que diga la gente”.

El siguiente encuentro con el vicario tendría lugar un año más tarde. Pero entretanto hubo un suceso que arroja más luz, si cabe, sobre el carácter y la espiritualidad del fundador de los Hermanitos de María.

El Acordaos en la nieve

En febrero de 1823 Marcelino supo que el hermano Juan Bautista, destinado en Bourg-Argental, había enfermado de gravedad. Preocupado por su estado, se puso en camino hacia allá, recorriendo a pie los veinte kilómetros que le separaban del lugar a través de un terreno áspero. Le acompañaba el hermano Estanislao.

Al hacer el viaje de vuelta, y cuando caminaban por una zona de bosques, se vieron atrapados en medio de un fuerte temporal de nieve. Los dos eran jóvenes y resistentes, pero después de haber caminado errantes durante horas cayeron exhaustos. El hermano Estanislao, desfallecido, ya no podía caminar. Se echó la noche. La posibilidad de morir allí aumentaba a cada hora. Ambos se encomendaron a María para pedir ayuda y rezaron el Acordaos

Poco más tarde, divisaron la luz de un farol no lejos de donde ellos estaban. Un granjero de la vecindad, el señor Donnet, había salido de la casa para dirigirse al establo. Habitualmente solía hacerlo por una puerta interior que comunicaba la vivienda con la cuadra. Por alguna razón que sólo podría explicarse desde la fe, esa noche, contra su costumbre y a pesar de la borrasca, cogió una linterna y salió por el exterior de la casa. Hasta el fin de sus días recordaría Marcelino este suceso, atribuyendo aquella ayuda a la mano de la Providencia. Y entre nosotros ha quedado el recuerdo con la alusión del Acordaos en la nieve.


La espiritualidad de Marcelino

Hasta ahora hemos venido describiendo hechos y acontecimientos de la vida de Marcelino. ¿Qué podemos deducir de ellos para acercarnos más a su persona y su espiritualidad? Sin duda alguna, debemos admitir que le tocó enfrentarse con la adversidad: la falta de preparación para ingresar en el seminario, la dificultad en los estudios, un párroco inestable y desestabilizador, las ambiciones de un vicario general. Cada obstáculo que encontraba en el camino le ayudaba a crecer en caridad, en optimismo, capacidad de iniciativa y diplomacia.

El episodio del Acordaos en la nieve abre otra ventana en torno al hombre. ¿Cuál fue la razón que le movió a ponerse en camino? La preocupación por su hermano enfermo. El amor a sus primeros discípulos fue uno de los rasgos más destacados del fundador. El mundo conceptual de Marcelino podría parecer pequeño si se compara con la cosmovisión que tiene mucha gente en los tiempos actuales. Pero su corazón era muy grande. Él vivía un “cristianismo práctico” que le llevaba a concretar el amor mediante la acción. Estaba enfermo un hermano: el fundador acudía sin dilación a visitarlo.

Dicho eso, sin embargo, quizá cabría preguntarse ¿por qué se empeñó el hombre en emprender el viaje de regreso con un tiempo que presagiaba tormenta? Algunos podrán pensar que aquello fue una imprudencia.

Aparte de las razones que pudiera tener para tomar el camino de vuelta sin tardanza, nosotros podemos suponer que era su sentido de la presencia de Dios y la confianza en María lo que le llevaba a ponerse en viaje en unas circunstancias donde otros se lo pensarían dos veces. La oración del Acordaos en medio del peligro no fue el esfuerzo final de un hombre moribundo. Marcelino vivía convencido de que Dios está siempre presente y actúa; había experimentado la ayuda de María tantas veces que contaba con su protección sin fisuras. El Acordaos en la nieve fue la manifestación exterior de una realidad espiritual mucho más profunda.


Bochard, fuera de combate

El vicario general decidió estrechar el cerco en torno a Marcelino. En agosto de 1823, en la clausura del retiro espiritual de los sacerdotes, Bochard amenazó, con cerrar la casa de los hermanos e imponer sanciones canónicas al coadjutor, incluyendo el cambio de destino, a menos que aceptase la fusión de su congregación con su propio grupo. El coadjutor empezó a moverse de inmediato, reuniéndose con sus amigos de la curia. Ellos le animaron a mantenerse firme.

El vicario empleó métodos drásticos para doblegar la resistencia de Marcelino. El padre Dervieux, párroco de la vecina ciudad de Saint-Chamond, instigado por Bochard, arremetió contra Marcelino arguyendo que sus jóvenes discípulos iban a quedar abandonados a su suerte si la casa se cerraba.

El párroco Rebod tampoco se perdió la ocasión y trató de humillar en público a su coadjutor una vez más. Él mismo se ofreció personalmente para hacerse cargo de los hermanos, o para conseguir que los admitieran en otras congregaciones si se desentendían de su fundador. Sin embargo, lo peor aún no había llegado. El sacerdote Jean-Louis Duplay, que había venido siendo su director espiritual hasta entonces, influido por informaciones sesgadas, se negó a seguir orientándole.

¿Cuál fue la reacción de Marcelino ante tanta contrariedad? Al principio tuvo sus dudas e incluso llegó a plantearse la posibilidad de marcharse a las misiones de América. Pensaba que podría llevarse a sus hermanos con él allende el Atlántico. Les preguntó qué opinaban ellos. ¿La respuesta?: que ellos se irían con él donde quisiera.

La estrategia del coadjutor empezó con un retiro de ayuno y oración que duró nueve días. Luego peregrinó nuevamente a La Louvesc, a la tumba de su santo favorito, Juan Francisco Regis.

Y después siguió fundando escuelas. En 1823 se abrieron tres. También le reconfortaba el hecho de verse apoyado por miembros relevantes de la curia diocesana y numerosos compañeros sacerdotes. De todos modos, poco tiempo más tarde el viento iba a soplar a favor, a causa de un suceso totalmente inesperado.


Nuevo arzobispo en Lyon

En 1823, tras la muerte de Pío VII, fue elegido Papa León XII. El 23 de diciembre de ese mismo año llegó de Roma el nombramiento del obispo De Pins como administrador apostólico de la archidiócesis de Lyon. Se había terminado el período de ausencia del cardenal Fesch y el gobierno efectivo de su vicario general Bochard.

Éste fue trasladado de Lyon a la diócesis de Belley. Su partida supuso un gran alivio para Marcelino y sus hermanos. Aunque el vicario siguió impugnando la legitimidad del nombramiento de monseñor De Pins, su nueva situación le hacía completamente inofensivo en asuntos que tuvieran que ver con la sede de Lyon.

A finales de marzo de 1824, el fundador viajó a la curia, a entrevistarse con el nuevo arzobispo. Allí, en presencia de varios sacerdotes amigos, De Pins le dio su beneplácito personal, tuvo para él palabras de aliento y le entregó una cantidad de dinero para ayudar a sus hermanos. Un historiador de la época nos cuenta que, terminada la reunión con el arzobispo, Marcelino “subió a Nuestra Señora de Fourvière (la capillita donde los primeros Maristas habían ofrendado sus vidas a María) y pasó mucho tiempo ante el altar de la Virgen... como si estuviera fuera de este mundo”.


La construcción de Nuestra Señora del Hermitage

Hacia 1824 la congregación de Marcelino había crecido de tal manera que necesitaba la ayuda de otro sacerdote. El 12 de mayo el Consejo arzobispal decidió enviarle al padre Courveille.

La incorporación del sacerdote permitió a Marcelino disponer de más tiempo para dedicarse a un proyecto que llevaba largo tiempo madurando: la construcción de un edificio con amplitud suficiente para albergar al cada vez más numeroso grupo de hermanos. Adquirió un terreno de cinco acres en un lugar recogido del valle del río Gier. Estaba flanqueado por abruptos declives de montaña por el este y el oeste, tenía un bosque de robles y disponía de riego abundante con el agua del río. A finales de mayo el vicario general Cholleton bendecía la primera piedra. La construcción comenzaba poco después.

Marcelino y sus jóvenes hermanos trabajaron de firme durante los meses de verano y el comienzo del otoño de 1824. Cortaban la piedra y la transportaban a la obra, sacaban arena, hacían el mortero y ayudaban a los albañiles profesionales que habían sido contratados para el trabajo de especialistas. Estaban alojados en una vieja casa alquilada, y se reunían para la misa ante un cobertizo del robledal. Este lugar fue denominado La capilla del bosque. Un arcón hacía de altar. La comunidad se congregaba a orar al toque de una campana que estaba colgada de una rama. Allí se derrochaba entusiasmo: los jóvenes se ayudaban unos a otros. Y se sentían orgullosos de su trabajo.

A lo largo del período de construcción de aquella casa de cinco plantas, el fundador fue un ejemplo constante para sus hermanos. Era el primero que acudía al tajo al comenzar el día y el último que lo dejaba al finalizar la jornada. Pero si los hermanos apreciaban el esfuerzo de Marcelino, había algunos clérigos que demostraban menos entusiasmo. No veían con buenos ojos la imagen de un sacerdote que llevaba la sotana manchada de cal y que tenía las manos rugosas por el trabajo manual. En cambio sus parroquianos estaban a favor de él. Aquellas gentes sencillas y laboriosas apreciaban su celo por las almas y le admiraban también como trabajador y constructor.

El nuevo edificio estuvo en condiciones de ser habitado para el final del invierno de 1825. Y en mayo de ese año los hermanos de La Valla se trasladaron a vivir a Nuestra Señora del Hermitage. Marcelino tenía ya una casa madre para su Instituto.

El fundador no descuidó la formación de sus discípulos durante el tiempo que duró la construcción. A pesar de la fatiga que arrastraba tras la jornada de trabajo en la obra, cuando caía el día continuaba instruyéndoles en la vida religiosa y preparándoles para ser buenos educadores.

Aparte de levantar el Hermitage, Marcelino fundó nuevas escuelas a lo largo de 1824, entre ellas las de Charlieu y Chavanay. Y siguió afanándose por conseguir el reconocimiento legal de su grupo. Se mantuvo en este empeño sin descanso, pero jamás llegaría a ver el éxito en sus gestiones, ya que –por desgracia– el Consejo de Estado del Rey se había vuelto cada vez más reacio a conceder autorización a las congregaciones dedicadas a la educación, sobre todo las masculinas. Esta lucha continua en busca de la legalización fue una dura prueba para su paciencia y minó sus fuerzas.


El conflictivo Courveille

Courveille se veía a sí mismo como Superior de la Sociedad de María, y por esa razón comenzó a inmiscuirse en los asuntos de los hermanos. Primero se metió con la cuestión de la vestimenta. En un principio, Marcelino había establecido un determinado atavío para los miembros de su comunidad. Courveille cambió las directrices y les impuso una levita de color azul celeste cubierta por una esclavina del mismo color. Posteriormente el fundador suprimiría ambas.

Marcelino andaba muy atareado en aquellos días y toleraba la ingerencia de Courveille. Éste elaboró un Prospecto para los hermanos y lo sometió a la aprobación del vicario general Cholleton. La habilitación llegaba en julio de 1824. El texto final del Prospecto recortaba el campo de apostolado que Marcelino había propuesto en un borrador anterior. Hay que reseñar el hecho de que dicho documento contiene la primera referencia oficial a los “Hermanitos de María”.

Courveille era un hombre carismático, pero de talante despótico. A menudo demostraba falta de prudencia y sensatez. Esto se puso de manifiesto patentemente en las negociaciones que mediaron con las autoridades locales de Charlieu, cuando Marcelino le pidió ayuda a la hora de establecer una escuela allí. Courveille aprovechó la ocasión para proponer que se construyera un noviciado para los hermanos al propio tiempo. Era la época en que Marcelino estaba derramando sudores en la construcción de la casa del Hermitage.

Por aquel entonces Courveille andaba entusiasmado con la idea de levantar un centro para sacerdotes misioneros. Y también pidió ayuda económica para este proyecto al Ayuntamiento de Charlieu. Pero al final, lo único que quedó en pie de todos aquellos intentos fue la escuela dirigida por los hermanos de Marcelino.

Con todo, por errática que pudiera parecer la conducta de Courveille, lo peor estaba todavía por venir, una vez que todos se hubieron trasladado a la casa del Hermitage.

 
Preguntas para la reflexión

1. Marcelino sentía la presencia de Dios y confiaba plenamente en María. Después de haber leído hasta aquí, ¿hay otros aspectos de su espiritualidad que percibes claramente? Si es así, señala cuáles son y explica cómo se reflejaron en él.

2. ¿Ves algún rasgo de tu espiritualidad que coincida con la de Marcelino? Si ves que sí, trata de describirlo.

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