Bochard era un rival temible. De temperamento
nervioso, entrometido por naturaleza, excesivo en la alabanza
y en el denuesto, era uno de los tres vicarios generales de
Lyon. No gozaba de mucha popularidad entre los curas y apoyaba
abiertamente el galicanismo. Estando ausente el cardenal Fesch,
era él quien llevaba los asuntos diocesanos.
El vicario estaba decidido a integrar a los
hermanos de La Valla dentro de su propia Sociedad. Convocó
a Marcelino en Lyon y le expuso sus argumentos. Cuando terminó
la entrevista, Bochard estaba seguro de que había aprovechado
el día, pero se equivocaba. Marcelino salió
más convencido que nunca de que estaba cumpliendo la
voluntad de Dios. No experimentaba ningún deseo de
dar una respuesta inmediata a la oferta del vicario. Al contrario,
decidió seguir el consejo de los antiguos: apresúrate
despacio. Sus asesores, entre los que había algunos
sacerdotes que ocupaban cargos en la curia, le animaban a
seguir adelante.
La obra de Marcelino continuaba creciendo:
en 1822 se abría otra escuela en Saint-Sauveur, importante
núcleo comercial de la región. Ello da fe de
la alta estima en que se tenía a los hermanos y al
trabajo que realizaban.
En la escuela de Marlhes hubo algunos problemas.
El párroco Allirot se negaba a mejorar las instalaciones
de los hermanos y sus alumnos. El hermano Juan Bautista describe
la casa de Marlhes con los términos de “pequeña,
húmeda, insana”. Marcelino intervino personalmente
y solicitó que se acondicionara debidamente aquella
obra. Allirot no dio el brazo a torcer. Entonces el fundador
tomó una difícil decisión: retiró
a los hermanos de la escuela de su parroquia natal. Marcelino
se lo comunicó al cura por carta: “Su casa está
en tan malas condiciones que yo no puedo en conciencia dejar
allí ni a los hermanos ni a los niños”.
Este incidente nos enseña una lección
importante sobre Marcelino. Siendo como era un hombre generoso,
también sabía decir “no” cuando
era necesario. Si tenemos en cuenta que ni él ni sus
discípulos eran en absoluto exigentes, sino todo lo
contrario, bien parece que la situación de Marlhes
debía ser ciertamente desoladora. La vida de los hermanos
del Instituto estaba caracterizada por la sencillez y la pobreza.
Sin embargo, el fundador también procuraba que hubiese
un alojamiento digno para aquellos cuyo bienestar estaba bajo
su responsabilidad.
Era consciente de que ciertas condiciones,
tales como unas instalaciones adecuadas, son necesarias para
llevar adelante un proyecto educativo. Le gustaba decir que
para educar a los niños hay que amarlos. Y enseñarles
en unos locales dignos era una manera de manifestar activamente
ese amor.
Crisis de vocaciones
Hacia febrero de 1822, la congregación
estaba formada por diez hermanos. Sus dones personales eran
diversos, y no todos estaban hechos para la clase. Algunos
tenían habilidades manuales que producían ganancias,
harto necesarias para el sostenimiento de la comunidad, o
estaban más capacitados para la administración
interna. Por ejemplo, uno de los postulantes era consumado
tejedor. Su trabajo reemplazó pronto al de la manufactura
de clavos como medio de mantener a los hermanos.
Pero Marcelino estaba preocupado. La fuente
de las vocaciones parecía haberse secado. Llegó
a preguntarse si el Instituto y su misión tenían
futuro. Como de costumbre se encomendó a la Virgen
María y le trasladó el problema: “Ésta
es tu obra; si quieres que florezca, tendrás que darnos
los medios para que así sea”.
En marzo de aquel mismo año un joven
solicitó ser admitido en la comunidad. Pertenecía
a una prestigiosa familia, conocida por su posición
y su religiosidad. El mozo había estado ya seis años
con los Hermanos de La Salle de Saint- Chamond, pero finalmente
le habían devuelto a casa.
Después de tres días de prueba,
Marcelino se negó a admitirle en su congregación.
El joven volvió a insistir: “¿Me recibirá
si le traigo media docena de buenos candidatos?” Persuadido
de que sólo un milagro podría producir ese resultado,
el sacerdote aceptó la propuesta.
Dos semanas más tarde volvió
el individuo por La Valla acompañado de ocho muchachos.
Marcelino se quedó estupefacto, sin lugar a dudas.
Aunque algunos del grupo le causaron buena impresión,
decidió no aceptar a nadie. ¿Por qué?
Una razón era que sabía muy poco de ellos; otra,
que no había sitio suficiente en la casa para alojarlos.
No obstante, los recién llegados,
que también estaban gratamente impresionados con el
fundador, le suplicaron una y otra vez que les dejara quedarse.
Marcelino reunió a los hermanos más veteranos
de la comunidad y les pidió consejo. Éstos,
conscientes de que el Padre Champagnat veía la mano
de la Providencia en la llegada inesperada de aquel grupo,
le aconsejaron que los admitiera, pero también le recomendaron
que les sometiera a pruebas especiales para confirmar su vocación.
Quince días después, el líder
del grupo se marchaba; otros cinco le seguirían posteriomente.
De los tres que quedaron, dos fueron maristas hasta el final:
el hermano Hilarion y el hermano Juan Bautista, que con el
tiempo sería asistente del Superior General y primer
biógrafo de Marcelino.
La historia tiene otro final feliz añadido.
Los ocho muchachos habían sido reclutados en la región
del Alto Loira, una zona que –hasta entonces–
no estaba en los pensamientos del fundador como cantera de
vocaciones. Pronto envió allá a un promotor
para sondear el ambiente. Al cabo de seis meses, más
de veinte postulantes procedentes de aquella región
habían ingresado en el grupo. Durante los años
siguientes, Marcelino repetiría una y otra vez que
había sido Nuestra Señora del Puy la que se
los había enviado.
Otros avatares
En abril de 1822 se presentó inesperadamente
en La Valla el inspector Guillard, de la Academia de París.
¿Con qué objeto? Investigar ciertas informaciones
que le habían llegado sobre una supuesta enseñanza
clandestina del Latín. Sólo la Academia, consejo
escolar de clasificación, podía autorizar esa
instrucción. Era un privilegio que la entidad mantenía
celosamente.
El inspector se llevó una gran decepción, porque
no encontró ni estudiantes ni señal alguna de
que allí se enseñase latín. Los rumores
eran totalmente infundados.
Lo que sí descubrió Guillard
era que Marcelino –hasta el día de la fecha–
no había solicitado la autorización legal para
el Instituto que había fundado cinco años antes.
Este descuido sorprendió al inspector. Cuando le preguntó
sobre ello, el sacerdote le explicó llanamente que
primero quería estar seguro de que su obra iba a seguir
adelante, luego ya vendría la aprobación. Aquí
vemos una vez más el realismo y el sentido práctico
de Marcelino: conseguir la autorización para una aventura
que podría venirse abajo finalmente, no pasaría
de ser una vana satisfacción personal.
Antes de marchar, el inspector se dio una
vuelta por las dependencias donde residía Marcelino
con sus hermanos. Aquello no le impresionó: “Visitamos
la casa de la congregación –escribiría
en su informe– y todo daba sensación de pobreza,
incluso de bastante desorden”. Tenemos que decir, en
defensa del cuidado de las cosas por parte de los primeros
hermanos, que por aquel entonces se estaba acondicionando
un nuevo comedor, debido al aumento de los postulantes, y
que también se estaban haciendo obras en el granero
con el fin de añadir espacio para dormitorio.
Pero que no quepa la menor duda de que Marcelino
y sus discípulos vivían con extrema sencillez.
El hermano Lorenzo, seguidor temprano y fiel del fundador,
describía las circunstancias materiales de la primera
comunidad con estas palabras: “Éramos muy pobres
en los comienzos. Comíamos un pan que tenía
aspecto de tierra, pero nunca nos faltó lo necesario”.
A pesar de la austeridad, el espíritu de generosidad
y el buen humor que caracterizaba a aquel grupo de jóvenes
no declinó en ningún momento.
Otra vez a vueltas con Bochard
El vicario general se enteró de que
ocho aspirantes habían entrado en la congregación
de Marcelino y que iban a venir varios más. ¿La
fuente de información? El párroco Rebod. Temeroso
éste de que, si el naciente Instituto al final se venía
abajo, le podría tocar a él alguna responsabilidad
financiera para con los jóvenes discípulos de
Marcelino, escribió una carta incendiaria al vicario.
Consciente de que la fundación de Marcelino estaba
en plena expansión, Bochard juzgó que había
llegado el momento de actuar.
El vicario respondió a la carta del
párroco. Sin revelar su contenido, Rebod trató
de intimidar a Marcelino advirtiéndole que el desacato
a las directrices de la curia podría costarle la suspensión
de sus funciones sacerdotales. Cuando el coadjutor conoció
los detalles de la carta finalmente, se dio cuenta de que
las imputaciones que se le hacían eran absolutamente
falsas. Se puso en contacto con la oficina del vicario y concertó
una entrevista.
No estamos seguros de la fecha de este segundo
encuentro entre Marcelino y Bochard. Es muy probable que tuviera
lugar en noviembre de 1822. El coadjutor se dio cuenta, desde
el primer momento, de que el vicario estaba muy bien informado.
Por ejemplo, podía señalar sobre un mapa, uno
tras otro, los lugares en los que los Hermanitos de María
habían establecido escuelas. Bochard recomendó
una fusión inmediata entre los hermanos de Marcelino
y su propia Sociedad de la Cruz de Jesús. ¿Qué
razón aducía? La autorización legal,
de la cual él disponía y el coadjutor, convencido
ya de que su congregación seguiría adelante,
tanto deseaba. Marcelino evitó formular compromiso
alguno, y salió de allí tan rápidamente
como se lo permitía la cortesía. Sabía,
desde luego, que no era la última vez que veía
a Bochard, y que no estaba a salvo de sus intrigas.
Pero tampoco estaba totalmente indefenso. Bochard era uno
de los tres vicarios, y los otros dos tenían una postura
favorable a Marcelino y su obra. Al terminar el segundo encuentro
con Bochard, el fundador concertó entrevista con el
reverendo Courbon, primer vicario general.
Marcelino fue sincero con Courbon desde el
principio: “Usted conoce mi proyecto y todo lo que he
trabajado. Déme su opinión con franqueza. Yo
estoy dispuesto a abandonarlo si usted así lo desea.
Sólo quiero cumplir la voluntad de Dios”. El
vicario no fue menos expresivo: “No sé por qué
andan molestándole de esa manera. Usted está
llevando a cabo una tarea muy útil al formar buenos
maestros para nuestras escuelas. Siga adelante como hasta
ahora. No se preocupe por lo que diga la gente”.
El siguiente encuentro con el vicario tendría
lugar un año más tarde. Pero entretanto hubo
un suceso que arroja más luz, si cabe, sobre el carácter
y la espiritualidad del fundador de los Hermanitos de María.
El Acordaos en la nieve
En febrero de 1823 Marcelino supo que el
hermano Juan Bautista, destinado en Bourg-Argental, había
enfermado de gravedad. Preocupado por su estado, se puso en
camino hacia allá, recorriendo a pie los veinte kilómetros
que le separaban del lugar a través de un terreno áspero.
Le acompañaba el hermano Estanislao.
Al hacer el viaje de vuelta, y cuando caminaban
por una zona de bosques, se vieron atrapados en medio de un
fuerte temporal de nieve. Los dos eran jóvenes y resistentes,
pero después de haber caminado errantes durante horas
cayeron exhaustos. El hermano Estanislao, desfallecido, ya
no podía caminar. Se echó la noche. La posibilidad
de morir allí aumentaba a cada hora. Ambos se encomendaron
a María para pedir ayuda y rezaron el Acordaos
Poco más tarde, divisaron la luz de
un farol no lejos de donde ellos estaban. Un granjero de la
vecindad, el señor Donnet, había salido de la
casa para dirigirse al establo. Habitualmente solía
hacerlo por una puerta interior que comunicaba la vivienda
con la cuadra. Por alguna razón que sólo podría
explicarse desde la fe, esa noche, contra su costumbre y a
pesar de la borrasca, cogió una linterna y salió
por el exterior de la casa. Hasta el fin de sus días
recordaría Marcelino este suceso, atribuyendo aquella
ayuda a la mano de la Providencia. Y entre nosotros ha quedado
el recuerdo con la alusión del Acordaos en la nieve.
La espiritualidad de Marcelino
Hasta ahora hemos venido describiendo hechos
y acontecimientos de la vida de Marcelino. ¿Qué
podemos deducir de ellos para acercarnos más a su persona
y su espiritualidad? Sin duda alguna, debemos admitir que
le tocó enfrentarse con la adversidad: la falta de
preparación para ingresar en el seminario, la dificultad
en los estudios, un párroco inestable y desestabilizador,
las ambiciones de un vicario general. Cada obstáculo
que encontraba en el camino le ayudaba a crecer en caridad,
en optimismo, capacidad de iniciativa y diplomacia.
El episodio del Acordaos en la nieve abre
otra ventana en torno al hombre. ¿Cuál fue la
razón que le movió a ponerse en camino? La preocupación
por su hermano enfermo. El amor a sus primeros discípulos
fue uno de los rasgos más destacados del fundador.
El mundo conceptual de Marcelino podría parecer pequeño
si se compara con la cosmovisión que tiene mucha gente
en los tiempos actuales. Pero su corazón era muy grande.
Él vivía un “cristianismo práctico”
que le llevaba a concretar el amor mediante la acción.
Estaba enfermo un hermano: el fundador acudía sin dilación
a visitarlo.
Dicho eso, sin embargo, quizá cabría
preguntarse ¿por qué se empeñó
el hombre en emprender el viaje de regreso con un tiempo que
presagiaba tormenta? Algunos podrán pensar que aquello
fue una imprudencia.
Aparte de las razones que pudiera tener para
tomar el camino de vuelta sin tardanza, nosotros podemos suponer
que era su sentido de la presencia de Dios y la confianza
en María lo que le llevaba a ponerse en viaje en unas
circunstancias donde otros se lo pensarían dos veces.
La oración del Acordaos en medio del peligro no fue
el esfuerzo final de un hombre moribundo. Marcelino vivía
convencido de que Dios está siempre presente y actúa;
había experimentado la ayuda de María tantas
veces que contaba con su protección sin fisuras. El
Acordaos en la nieve fue la manifestación exterior
de una realidad espiritual mucho más profunda.
Bochard, fuera de combate
El vicario general decidió estrechar
el cerco en torno a Marcelino. En agosto de 1823, en la clausura
del retiro espiritual de los sacerdotes, Bochard amenazó,
con cerrar la casa de los hermanos e imponer sanciones canónicas
al coadjutor, incluyendo el cambio de destino, a menos que
aceptase la fusión de su congregación con su
propio grupo. El coadjutor empezó a moverse de inmediato,
reuniéndose con sus amigos de la curia. Ellos le animaron
a mantenerse firme.
El vicario empleó métodos drásticos
para doblegar la resistencia de Marcelino. El padre Dervieux,
párroco de la vecina ciudad de Saint-Chamond, instigado
por Bochard, arremetió contra Marcelino arguyendo que
sus jóvenes discípulos iban a quedar abandonados
a su suerte si la casa se cerraba.
El párroco Rebod tampoco se perdió
la ocasión y trató de humillar en público
a su coadjutor una vez más. Él mismo se ofreció
personalmente para hacerse cargo de los hermanos, o para conseguir
que los admitieran en otras congregaciones si se desentendían
de su fundador. Sin embargo, lo peor aún no había
llegado. El sacerdote Jean-Louis Duplay, que había
venido siendo su director espiritual hasta entonces, influido
por informaciones sesgadas, se negó a seguir orientándole.
¿Cuál fue la reacción
de Marcelino ante tanta contrariedad? Al principio tuvo sus
dudas e incluso llegó a plantearse la posibilidad de
marcharse a las misiones de América. Pensaba que podría
llevarse a sus hermanos con él allende el Atlántico.
Les preguntó qué opinaban ellos. ¿La
respuesta?: que ellos se irían con él donde
quisiera.
La estrategia del coadjutor empezó
con un retiro de ayuno y oración que duró nueve
días. Luego peregrinó nuevamente a La Louvesc,
a la tumba de su santo favorito, Juan Francisco Regis.
Y después siguió fundando escuelas.
En 1823 se abrieron tres. También le reconfortaba el
hecho de verse apoyado por miembros relevantes de la curia
diocesana y numerosos compañeros sacerdotes. De todos
modos, poco tiempo más tarde el viento iba a soplar
a favor, a causa de un suceso totalmente inesperado.
Nuevo arzobispo en Lyon
En 1823, tras la muerte de Pío VII,
fue elegido Papa León XII. El 23 de diciembre de ese
mismo año llegó de Roma el nombramiento del
obispo De Pins como administrador apostólico de la
archidiócesis de Lyon. Se había terminado el
período de ausencia del cardenal Fesch y el gobierno
efectivo de su vicario general Bochard.
Éste fue trasladado de Lyon a la diócesis
de Belley. Su partida supuso un gran alivio para Marcelino
y sus hermanos. Aunque el vicario siguió impugnando
la legitimidad del nombramiento de monseñor De Pins,
su nueva situación le hacía completamente inofensivo
en asuntos que tuvieran que ver con la sede de Lyon.
A finales de marzo de 1824, el fundador viajó
a la curia, a entrevistarse con el nuevo arzobispo. Allí,
en presencia de varios sacerdotes amigos, De Pins le dio su
beneplácito personal, tuvo para él palabras
de aliento y le entregó una cantidad de dinero para
ayudar a sus hermanos. Un historiador de la época nos
cuenta que, terminada la reunión con el arzobispo,
Marcelino “subió a Nuestra Señora de Fourvière
(la capillita donde los primeros Maristas habían ofrendado
sus vidas a María) y pasó mucho tiempo ante
el altar de la Virgen... como si estuviera fuera de este mundo”.
La construcción de Nuestra Señora del Hermitage
Hacia 1824 la congregación de Marcelino
había crecido de tal manera que necesitaba la ayuda
de otro sacerdote. El 12 de mayo el Consejo arzobispal decidió
enviarle al padre Courveille.
La incorporación del sacerdote permitió
a Marcelino disponer de más tiempo para dedicarse a
un proyecto que llevaba largo tiempo madurando: la construcción
de un edificio con amplitud suficiente para albergar al cada
vez más numeroso grupo de hermanos. Adquirió
un terreno de cinco acres en un lugar recogido del valle del
río Gier. Estaba flanqueado por abruptos declives de
montaña por el este y el oeste, tenía un bosque
de robles y disponía de riego abundante con el agua
del río. A finales de mayo el vicario general Cholleton
bendecía la primera piedra. La construcción
comenzaba poco después.
Marcelino y sus jóvenes hermanos trabajaron
de firme durante los meses de verano y el comienzo del otoño
de 1824. Cortaban la piedra y la transportaban a la obra,
sacaban arena, hacían el mortero y ayudaban a los albañiles
profesionales que habían sido contratados para el trabajo
de especialistas. Estaban alojados en una vieja casa alquilada,
y se reunían para la misa ante un cobertizo del robledal.
Este lugar fue denominado La capilla del bosque. Un arcón
hacía de altar. La comunidad se congregaba a orar al
toque de una campana que estaba colgada de una rama. Allí
se derrochaba entusiasmo: los jóvenes se ayudaban unos
a otros. Y se sentían orgullosos de su trabajo.
A lo largo del período de construcción
de aquella casa de cinco plantas, el fundador fue un ejemplo
constante para sus hermanos. Era el primero que acudía
al tajo al comenzar el día y el último que lo
dejaba al finalizar la jornada. Pero si los hermanos apreciaban
el esfuerzo de Marcelino, había algunos clérigos
que demostraban menos entusiasmo. No veían con buenos
ojos la imagen de un sacerdote que llevaba la sotana manchada
de cal y que tenía las manos rugosas por el trabajo
manual. En cambio sus parroquianos estaban a favor de él.
Aquellas gentes sencillas y laboriosas apreciaban su celo
por las almas y le admiraban también como trabajador
y constructor.
El nuevo edificio estuvo en condiciones de ser habitado para
el final del invierno de 1825. Y en mayo de ese año
los hermanos de La Valla se trasladaron a vivir a Nuestra
Señora del Hermitage. Marcelino tenía ya una
casa madre para su Instituto.
El fundador no descuidó la formación
de sus discípulos durante el tiempo que duró
la construcción. A pesar de la fatiga que arrastraba
tras la jornada de trabajo en la obra, cuando caía
el día continuaba instruyéndoles en la vida
religiosa y preparándoles para ser buenos educadores.
Aparte de levantar el Hermitage, Marcelino
fundó nuevas escuelas a lo largo de 1824, entre ellas
las de Charlieu y Chavanay. Y siguió afanándose
por conseguir el reconocimiento legal de su grupo. Se mantuvo
en este empeño sin descanso, pero jamás llegaría
a ver el éxito en sus gestiones, ya que –por
desgracia– el Consejo de Estado del Rey se había
vuelto cada vez más reacio a conceder autorización
a las congregaciones dedicadas a la educación, sobre
todo las masculinas. Esta lucha continua en busca de la legalización
fue una dura prueba para su paciencia y minó sus fuerzas.
El conflictivo Courveille
Courveille se veía a sí mismo
como Superior de la Sociedad de María, y por esa razón
comenzó a inmiscuirse en los asuntos de los hermanos.
Primero se metió con la cuestión de la vestimenta.
En un principio, Marcelino había establecido un determinado
atavío para los miembros de su comunidad. Courveille
cambió las directrices y les impuso una levita de color
azul celeste cubierta por una esclavina del mismo color. Posteriormente
el fundador suprimiría ambas.
Marcelino andaba muy atareado en aquellos
días y toleraba la ingerencia de Courveille. Éste
elaboró un Prospecto para los hermanos y lo sometió
a la aprobación del vicario general Cholleton. La habilitación
llegaba en julio de 1824. El texto final del Prospecto recortaba
el campo de apostolado que Marcelino había propuesto
en un borrador anterior. Hay que reseñar el hecho de
que dicho documento contiene la primera referencia oficial
a los “Hermanitos de María”.
Courveille era un hombre carismático,
pero de talante despótico. A menudo demostraba falta
de prudencia y sensatez. Esto se puso de manifiesto patentemente
en las negociaciones que mediaron con las autoridades locales
de Charlieu, cuando Marcelino le pidió ayuda a la hora
de establecer una escuela allí. Courveille aprovechó
la ocasión para proponer que se construyera un noviciado
para los hermanos al propio tiempo. Era la época en
que Marcelino estaba derramando sudores en la construcción
de la casa del Hermitage.
Por aquel entonces Courveille andaba entusiasmado
con la idea de levantar un centro para sacerdotes misioneros.
Y también pidió ayuda económica para
este proyecto al Ayuntamiento de Charlieu. Pero al final,
lo único que quedó en pie de todos aquellos
intentos fue la escuela dirigida por los hermanos de Marcelino.
Con todo, por errática que pudiera
parecer la conducta de Courveille, lo peor estaba todavía
por venir, una vez que todos se hubieron trasladado a la casa
del Hermitage.
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