En mayo de 1825, Marcelino, junto con
Courveille, veinte hermanos y diez postulantes, se trasladaron
a vivir al Hermitage. Poco después el Consejo arzobispal
pidió al Padre Terraillon –miembro del grupo
que inició la Sociedad de María en Fourvière–
que fuese a colaborar en la formación religiosa de
los hermanos. Estaba claro para la mayoría que Marcelino
tenía ahora dos sacerdotes que le asistían en
su tarea. Pero el ruido de los truenos venía acercándose
ya a este lugar hasta entonces tan sereno.
Juan Claudio Courveille era un hombre imprevisible.
Al sentirse frenado en su acción, decidió afirmarse
como Superior de los hermanos. Había llegado el verano,
y estaban todos en el Hermitage. Courveille los reunió
y les dirigió una larga exhortación que concluía
con estas palabras: “Es necesario que elijáis
a uno de los Padres que estamos aquí para que os dirija.
Por lo que a mí respecta, estoy dispuesto a sacrificarme
por vosotros”.
Los hermanos no estaban interesados en esa
oferta. Cuando se les pidió que escribieran en una
papeleta el nombre de su preferencia, eligieron a Marcelino.
Considerando que, quizá, no habían reflexionado
suficientemente en este asunto, o tal vez porque él
mismo veía a Courveille como el Superior de las diversas
ramas maristas, el fundador pidió a los hermanos que
efectuaran una segunda votación. ¿Resultado
de las urnas?: Marcelino, de nuevo.
Pero Courveille no lo asumió con tanta
facilidad. En noviembre de 1825, cuando el fundador estaba
de viaje visitando las escuelas, él mismo se nombró
Superior y escribió a todos los hermanos para informarles
del hecho. En el Hermitage, no ahorró críticas
a los jóvenes que hablaban de Marcelino, ausente, aludiendo
a él como Superior. En esto le secundaba el padre Terraillon.
Marcelino, enfermo de
gravedad
Al día siguiente de la Navidad de
1825, el fundador cayó enfermo. No había parado
de trabajar y de atender a los hermanos, visitándolos
en cada una de las diez comunidades dispersas en que vivían,
a pesar de estar agobiado por diversas preocupaciones y del
mal tiempo que estaba haciendo en aquel invierno. En el plazo
de una semana se puso al borde de la muerte. Courveille escribió
sin dilación a todas las comunidades pidiendo que rezasen
por el fundador.
Algunos acreedores de Marcelino, alarmados
por la noticia de su enfermedad, exigieron el pago de sus
cantidades inmediatamente. El fundador, preparándose
para lo peor, redactó su testamento el 6 de enero de
1826. Por desgracia, la única herencia que podía
dejar eran sus deudas, y no había muchos que quisieran
recibir ese legado. Marcelino y sus hermanos sufrieron lo
indecible en aquellos momentos.
Por otra parte, Courveille y Terraillon no
contribuyeron en modo alguno a superar el mal trance. En 1833
el fundador describía la situación, en carta
al vicario general Cholleton, con estas reveladoras palabras:
“Durante una larga y seria enfermedad, encontrándome
cargado de deudas, quise nombrar al padre Terraillon como
mi único heredero. Él declinó el ofrecimiento,
arguyendo que yo no tenía nada. Y por lo que se refiere
al padre Courveille, éste no cesaba de decir a los
hermanos: Pronto vendrán los acreedores y os echarán
a todos de aquí. Nosotros nos iremos a una parroquia
y os quedaréis solos”.
Entonces el hermano Estanislao decidió
tomar la iniciativa acudiendo a los responsables de la Curia
y también a los acreedores. Como fruto de sus gestiones
el señor Dervieux, párroco de Saint Chamond,
se hizo cargo de las deudas del fundador. El padre Verrier,
otro compañero de seminario, también se presentó
en el Hermitage con ánimo de ayudar en aquellas circunstancias.
El fundador se recupera
Marcelino salió de su enfermedad,
aunque las secuelas le acompañarían de por vida.
Para febrero de 1826 estaba ya en condiciones de volver a
sus tareas. Y merced a su capacidad de negociar, su optimismo
y tacto con la gente, junto con la confianza en Dios y en
su providencia, no tuvo problemas para conseguir préstamos
con los que llevar adelante las obras emprendidas. Consciente
como era del peso de las deudas contraídas, nunca se
le vio preocupado por el dinero más de lo debido.
Pero en la enfermedad había aprendido
una lección importante. Por entonces escribió:
“Al fin Dios en su bondad, o tal vez en su justicia,
ha restaurado mi salud. Lo digo porque en estas circunstancias
ni Courveille ni Terraillon han tenido con mis jóvenes
los sentimientos de un padre”.
Courveille, como antes hemos dicho, había asumido el
cargo durante la enfermedad del fundador. Por aquella época
volvía locos a los hermanos con su manera de actuar.
Exigía que los novicios acataran sus órdenes
sin rechistar. Y esto sucedía con tanta frecuencia,
que apagaba la espontaneidad natural de los jóvenes.
Courveille tampoco quería escuchar quejas, y parecía
mostrarse indiferente ante el hecho de que algunos se plantearan
abandonar la vocación. Marcelino, que se encontraba
aún convaleciente, le rogó que fuera comprensivo
y paternal en la dirección de los hermanos. Perdía
el tiempo, el otro hacía oídos sordos.
Espoleado por la ambición y celoso
del afecto que los hermanos sentían por Marcelino,
Courveille se dedicó a desacreditar al fundador ante
las autoridades diocesanas. Presentó al arzobispo una
lista de quejas. Finalmente el padre Cattet, vicario general,
acudió al Hermitage para investigar.
A Cattet no le gustó lo que vio allí.
Marcelino se encontraba por entonces convaleciendo en la casa
parroquial de Saint Chamond, acogido por el padre Dervieux.
El vicario le ordenó que dedicara más tiempo
a la formación de los hermanos, le prohibió
tajantemente que emprendiese más proyectos de construcción,
le insistió que debía entregarse menos a las
cosas materiales. Una vez vuelto a Lyon, Cattet diseñó
un plan para fusionar a los hermanos de Marcelino con otra
congregación recientemente fundada, la de los hermanos
del Sagrado Corazón del Padre Coindre. Éste
no mostró mucho entusiasmo por la idea. El arzobispo,
por otra parte, aunque estaba preocupado por la precaria situación
financiera del Instituto, tampoco apoyaba el plan de Cattet.
Coindre falleció repentinamente y el vicario redobló
los esfuerzos para llevar adelante su diseño. Sin embargo,
el 8 de agosto de 1826, el Consejo arzobispal decidió
vetar todo tipo de fusión.
Estos intentos de desacreditar a Marcelino
hicieron aún más tensa la relación entre
Courveille y los hermanos. Pero pronto iba a ocurrir un suceso
que marcaría el final de la asociación de Juan
Claudio Courveille con los Hermanitos de María.
Courveille cae en desgracia
Es evidente que este hombre trajo bastantes
problemas a Marcelino y sus jóvenes discípulos.
También arrastraba su propio conflicto interior, mucho
más de lo que parecía a primera vista, derivado
de sus limitaciones psicológicas y morales. Poco después
de la visita apostólica de Cattet, Courveille abusó
sexualmente de uno de los postulantes del Hermitage. En cuanto
se enteró de la situación, el padre Terraillon
informó inmediatamente al vicario general Barou. Había
que tomar medidas: Courveille abandonó el Hermitage
sin dilación y se recluyó en la abadía
cisterciense de Aiguebelle, distante 120 kilómetros
en dirección sur.
¿Quién era Juan Claudio Courveille?
Hemos visto que, desde que fue ordenado sacerdote, tomó
parte activa en la iniciación de grupos religiosos.
También quería levantar una casa para sacerdotes
en Charlieu, y, desde luego, se consideraba el Superior General
de la Sociedad de María.
A pesar de su empeño y preparación,
no contaba con el respaldo de algunos Maristas relevantes.
En algún momento entre los años 1822-1824, Juan
Claudio Colin, por ejemplo, decidió que Courveille
no era el hombre adecuado para liderar el grupo que habían
fundado, de tal manera que su nombre dejó de aparecer
en la correspondencia institucional mantenida con las autoridades
eclesiásticas.
No hay ninguna duda de que Juan Claudio Courveille,
junto con los demás, tuvo una clara visión de
lo que más tarde serían las diversas ramas maristas
tal como las conocemos hoy por el mundo. Pero si era un hombre
con ideas, demostraba al propio tiempo una seria inestabilidad.
Finalmente acabaría encontrando algo de paz en la abadía
benedictina de Solesmes. Le admitieron allí en 1836
y llevó hasta su muerte una vida ejemplar como monje.
De todos modos, nunca olvidó la Sociedad de María:
hasta el último momento reivindicó para sí
la condición de fundador.
Más quebraderos
de cabeza
¿Llegó la calma al Hermitage
con la marcha de Courveille? No, desgraciadamente. Persistían
los problemas financieros, y por si no fueran bastantes otros
distintos vinieron a sumarse a las preocupaciones de Marcelino.
Había bajas en el Instituto, a pesar de que el fundador
se esforzaba por transmitir optimismo sobre la situación
económica. Courveille había logrado convencer
a algunos hermanos de que el proyecto de Marcelino, amenazado
por las deudas, estaba condenado al fracaso. También
se llevó a dos o tres hacia otra fundación religiosa
que había impulsado en la diócesis de Grenoble.
El hermano Juan Francisco, discípulo
de los primeros días y muy apreciado por Marcelino,
abandonó el grupo por esta época, y también
se fue el primer miembro del Instituto, Juan María
Granjon, que con el tiempo se había vuelto un joven
desasosegado e incapaz de asentarse.
Juan María tenía un concepto
de la santidad que se manifestaba en prácticas poco
aconsejables. Vestía camisas de tela burda, se flagelaba
sin piedad, y rezaba durante horas seguidas con los brazos
en cruz expuesto al frío del invierno. Muchos temían
que hubiera caído en la enajenación mental.
No hubo forma de hacerle entrar en razón. Al acabar
octubre de 1826 Juan María ya no estaba con los hermanos.
El padre Terraillon marchó del Hermitage
ese mismo año. Hacía tiempo que no se sentía
a gusto, y aprovechó la ocasión de que le invitaran
a predicar en unas celebraciones jubilares para irse definitivamente.
Marcelino sufrió por este abandono, los hermanos no
tanto. Muchos de ellos habían tenido sus problemas
con él. Terraillon sería después uno
de los miembros del primer grupo de Padres Maristas que hicieron
los votos en 1836, llegando a ser asistente general con el
padre Colin.
Si el año 1826 fue malo para Marcelino,
no lo fue tanto como para socavar su celo o debilitar su fe
y su confianza en Dios. Aquel año abrió no menos
de tres escuelas nuevas. Las que ya venían funcionando
disfrutaban de un éxito sin precedentes. A mayor abundamiento,
una carta de Juan Claudio Colin, fundador de los Padres Maristas,
también le llenó de consuelo. Fechada el 5 de
diciembre de 1826, decía entre otras cosas: “No
puedo por menos de admirar las bendiciones que Dios ha traído
a esta importantísima y necesaria obra dedicada a la
educación de los jóvenes”.
Marcelino se empeñaba en ayudar a
los hermanos a mantener el fervor y el espíritu de
pobreza. Si el año anterior había sido difícil
para él, no lo había sido menos para aquellos
jóvenes. Por eso deseaba ardientemente el apoyo de
otro sacerdote en el Hermitage. A instancias del vicario general
Barou, el arzobispo De Pins pidió al padre Séon,
recién ordenado, que acudiera allá. El interesado
aceptó gustoso, no estaba deseando otra cosa.
Movimientos en la base
Tras aquellos días aciagos de 1826,
Marcelino debió respirar aliviado al ver que las cosas
se asentaban al año siguiente, que estaba siendo excepcionalmente
tranquilo. Pero esa tranquilidad se iba a hacer añicos
a causa de algo tan aparentemente nimio como la vestimenta.
Al marcharse Courveille, Marcelino cambió
el atuendo azul que aquél había prescrito para
los hermanos. Ahora llevarían sotana negra con una
capa corta, cordón negro de lana y un rabat blanco.
Los hermanos de votos perpetuos se pondrían un crucifijo.
En el retiro anual de 1828 Marcelino introdujo algunos otros
cambios, por ejemplo el de sustituir los botones por broches
en la sotana hasta su mitad, yendo luego cosida hasta abajo.
A casi todos les pareció bien esta transformación.
Lo que vino luego no tuvo la misma acogida.
Hasta entonces los hermanos llevaban medias de lana o de algodón.
Por diversas razones el fundador quería introducir
otro tipo de medias, hechas de paño. Empezaron a surgir
objeciones. Algunos se revolvieron con este asunto y decidieron
ponerse en contacto con dos de los vicarios generales de la
diócesis. Varios hermanos, de los más veteranos,
temieron que las cosas empezaran a ir demasiado lejos, se
entrevistaron con el fundador y le pusieron al corriente de
la situación.
Marcelino tenía ante él un
dilema. Como hombre de oración que era, primero pidió
luz a Dios. Después trató de persuadir a los
disidentes. Todos ellos se avinieron finalmente, salvo dos.
Aunque eran hombres de gran capacidad para la enseñanza
y con influencia, su crecimiento religioso había sido
débil. El fundador aprovechó la circunstancia
para hablar de nuevo con ellos y recordarles sus obligaciones,
pero sus esfuerzos sirvieron de poco. Para octubre del año
siguiente ambos habían salido del Instituto.
¿Qué podemos decir de todo
este tumulto organizado en torno a unos simples calcetines?
Marcelino era hijo de la Revolución. Era contrario
a todo signo de elegancia en el vestir. Desde un punto de
vista religioso quería también reforzar el espíritu
de pobreza. Los primeros Hermanos no tuvieron una vida fácil,
pero las privaciones que sufrían les mantenían
unidos entre sí y les movían a compartir lo
poco que tenían. Esa carencia les hacía también
más sensibles y cercanos a las circunstancias de aquellos
a quienes estaban llamados a servir.
Tal vez el fundador había tratado
de reforzar el sentido de autoridad en el Instituto. No era
un hombre autocrático, pero sabía que el individualismo
excesivo destruye el espíritu de sacrificio y de cooperación
en cualquier grupo, y no quería que se instalara fácilmente
entre los Hermanitos de María.
El fin de una década
El Instituto continuó floreciendo.
En 1829 se abrieron las escuelas de Feurs y Millery. Aquel
mismo año los hermanos adoptaban un nuevo método
para la enseñanza de la lectura. Aumentaba por doquier
el aprecio a su labor.
Según se iba terminando la década,
el fundador seguramente contemplaba el pasado con satisfacción,
después de tantos sudores. Había adquirido recientemente
otro terreno colindante con el Hermitage. La archidiócesis
le había dado la aprobación para la profesión
de los votos en la comunidad. Su Instituto se había
ganado la estima y el apoyo de los ayuntamientos. Y corría
el rumor de que el arzobispo estaba dispuesto a formalizar
canónicamente la situación de los Padres Maristas.
En medio de tanta buena noticia, a punto de abrirse una nueva
década, Marcelino posiblemente pensaba que los malos
tiempos habían quedado atrás, pero el casi inminente
estallido de la Revolución de 1830 le iba a obligar
a cambiar de opinión. |