La revolución de 1830 provocó
tensiones entre la Iglesia y el Estado. El terreno de la educación
era un constante campo de batalla para las dos instituciones.
El viejo asunto de la autorización del Instituto quedó
atrapado entre dos fuegos.
En los primeros días de junio de 1830,
tanto el fundador como el arzobispo De Pins tenían
fundadas esperanzas de que iban a culminar con éxito
la larga marcha en busca del reconocimiento legal de los Hermanitos
de María. Esas esperanzas cayeron en pedazos cuando
las elecciones de diputados, celebradas el mismo mes en medio
de proclamas anticlericales, dieron la victoria en la región
a los candidatos que se oponían al Rey.
Muchos de los clérigos, entre los
que abundaban fervientes realistas, tuvieron miedo y dejaron
de llevar ropas talares, tratando de pasar desapercibidos
en la medida de lo posible. Marcelino aconsejó a sus
hermanos que se mantuvieran apartados de la contienda, que
pusieran su confianza en Dios y redoblasen su celo en la educación
de los jóvenes y en la instrucción cristiana.
El fundador parecía inamovible en medio de aquella
tempestad. En agosto de 1830 admitió a los postulantes
en el Instituto y les dio el hábito religioso. Para
pedir la protección de María en aquellos momentos
de disturbios sociales y políticos, introdujo la Salve
Regina como primera oración comunitaria en el comienzo
de la jornada de los hermanos. Esa costumbre permanece hasta
el día de hoy.
Circunstancias difíciles
El anticlericalismo aumentaba con el paso
del tiempo. A pesar de ello, los hermanos continuaron llevando
la sotana en público. Esto, unido a la buena disposición
que tenía el arzobispo De Pins, conocido realista,
hacia Marcelino, provocó rumores en torno al fundador.
Empezaron a correr noticias de que el Hermitage estaba repleto
de armas, y que los hermanos, dirigidos por un marqués
contrarrevolucionario, recibían instrucción
militar diariamente. El 31 de julio de 1831, el Procurador
de la Corona, acompañado de varios guardias, apareció
ante la puerta del Hermitage decidido a llevar a cabo una
investigación.
Irrumpieron dentro de la casa hasta toparse
con Marcelino que había sido informado de la visita
con rapidez. Éste les acompañó personalmente
en el reconocimiento, empezando por la bodega y recorriendo
todo el edificio. El ardor del procurador se enfrió
deprisa, de tal manera que quiso terminar pronto la inspección.
Una vez finalizada la pesquisa, el fundador les invitó
a él y a los guardias a comer. Ellos aceptaron gustosamente
esta muestra de hospitalidad. Al momento de marchar, el caballero
se volvió hacia el sacerdote y le dijo: “Le prometo
que esta visita va a redundar en bien de ustedes”.
Fiel a su palabra, el informe que redactó
el funcionario refutaba los rumores que habían circulado
sobre el Hermitage, a la vez que ponderaba la persona de Marcelino
y el trabajo de sus hermanos. No cabe duda de que el fundador
era un hombre dotado de sentido práctico y de sagacidad
política.
Más avances
La Sociedad de María fue creciendo
en la archidiócesis de Lyon. El Consejo arzobispal
nombró a Marcelino superior del grupo que había
en ella, y asignó al padre Jacques Fontbone al Hermitage
en calidad de capellán adjunto. Por la misma época,
los sacerdotes de las diócesis de Lyon y Belley que
se habían asociado al movimiento marista eligieron
a Juan Claudio Colin como Superior General de los Padres Maristas.
Marcelino había estado confeccionando
una Regla para los hermanos en el transcurso de los años.
Desde el principio se utilizaron copias manuscritas cuyo texto
se revisaba con cada nueva fundación que se llevaba
a cabo. Para redactar la Regla el fundador utilizaba un método
de consulta abierta: se invitaba a los hermanos más
experimentados entre los veteranos a reflexionar, intercambiar
opiniones y hacer aportaciones al contenido. El texto quedó
ultimado para su edición en 1837. Todo el proceso seguido
en su elaboración puso una vez más de manifiesto
el espíritu de colegialidad que animaba a Marcelino
y su capacidad para escuchar a los demás y aprender
de ellos.
La Regla de Marcelino dotaba a sus discípulos
de un marco de vida religiosa. Por ejemplo, en 1836 los hermanos
que anteriormente habían hecho sus votos de manera
privada profesaron de nuevo en una ceremonia pública.
También se pedía a todos, incluidos los superiores,
que practicaran algún tipo de trabajo manual. Al editarse
en 1837, quedaban regulados otros muchos aspectos de la vida
de los Hermanitos de María. Pero regresemos a la historia.
Se recrudece la persecución
Cuando amanecía el año 1831
los instigadores anticlericales arreciaron en sus ataques
a la Iglesia. El campo de la educación era un objetivo
apropiado. Una orden real llamaba a cumplir el servicio militar
a todos los maestros de las escuelas religiosas que carecían
de autorización. Si se cumplían estas ordenanzas
a rajatabla, el Instituto de Marcelino, que aún no
estaba legalizado, iba a resultar seriamente perjudicado.
¿Podría darse una situación
peor? Sí. Los funcionarios del gobierno recién
destinados en el Loira pusieron en el punto de mira a los
hermanos. Escipión Mourgue, el nuevo Prefecto, no se
privó de escribir estas cosas: “El Instituto
de los Hermanitos de María no merece ningún
tipo de respaldo ya que es de todos sabido que sus miembros
son de una ignorancia deplorable... En Feurs han desempeñado
lo que ellos llaman su enseñanza, aunque yo creo que
deberíamos denominarlo garantía de ignorancia
asegurada... Francia ha pasado demasiado tiempo inclinándose
ante la espada y la cruz”.
Mourgue se subió a la parra más
todavía al saber que el pueblo no quería desprenderse
de los hermanos y su escuela. Así que arremetió
también contra todos ellos. “Me he encontrado
con gente estúpida –apostillaba– que quiere
que se mantenga ese sistema degradante”. Lo cierto es
que aquella “gente estúpida” ya había
conocido el colapso educativo que siguió a la Revolución
de 1789, y no tenían el menor interés en volver
a repetir la experiencia.
Se cierra la escuela de Feurs
Ignorando el sentir del pueblo, el alcalde
de la Feurs, de tendencia anticlerical, tomó la decisión
de expulsar a los hermanos de la escuela que regentaban allí.
A pesar de que Marcelino, por su parte, hizo bastantes concesiones,
el alcalde ordenó finalmente a los hermanos que se
fuesen.
En aquella amarga circunstancia el fundador
escribió: “Veo con resignación la destrucción
de la obra de los hermanos, a pesar de que he hecho todos
los esfuerzos posibles para salvar esta escuela, cuya fama
aumentaba de día en día. He dado indicaciones
al director para que devuelvan los muebles, que son propiedad
del municipio”.
La carta de Marcelino nos dice mucho acerca
de su persona. En marcado contraste con los desvaríos
de Escipión Mourgue, el fundador manifiesta dolor,
resignación y sentido de la restitución: los
hermanos devolverán los muebles que pertenecen al pueblo.
No hay amenazas, presagios adversos ni rabia. El tono de serenidad
y de paz interior que se trasluce en sus palabras nos sugiere
que las pruebas por las que atravesaba estaban purificando
su espíritu.
El problema del servicio militar y el Brevet (certificado
de docencia)
En Francia, en aquella época, el servicio
militar venía a durar entre seis y ocho años.
Los maestros que pertenecían a órdenes religiosas
podían verse libres de esta obligación sólo
en el caso de que su congregación estuviese autorizada
legalmente para ejercer la enseñanza. El Instituto
de Marcelino no lo estaba; por eso se dedicó en cuerpo
y alma a resolver este problema.
Tenía dos alternativas válidas
para mantener abiertas sus escuelas. Una, fusionar su grupo
con una congregación reconocida legalmente. Otra, seguir
luchando hasta conseguir la autorización para los Hermanitos
de María. Al principio, el arzobispo De Pins alentó
al sacerdote a intentar una vez más obtener la aprobación
legal. No obstante, al ver que el asunto se retrasaba siguió
las recomendaciones de sus asesores y aconsejó a Marcelino
que uniera sus hermanos con los clérigos de San Viator
del padre Querbes. Sin embargo el fundador temía que
esa unión pudiera destruir el espíritu de sus
discípulos y se mantuvo reticente ante la sugerencia.
A pesar de la falta de autorización
y de la presión que ejercían sobre él
para fusionarse con otros grupos, Marcelino continuó
abriendo escuelas. No le faltaban llamadas en tal sentido.
Los pueblos de zonas rurales no se fiaban de los instructores
que procedían de las Escuelas de Magisterio oficiales
y presionaban a sus ediles para que les garantizasen el servicio
de los hermanos.
Hasta enero de 1834 todavía hubo insistencia
por parte de la diócesis para que se uniera a otras
congregaciones. Desgraciadamente la esperada aprobación
oficial del Instituto no iba a llegar en vida de Marcelino.
Los acontecimientos que tuvieron lugar en la historia francesa
de aquella época marchaban en dirección contraria
a sus deseos. En febrero de 1834, por ejemplo, se aprobó
la Ley de Asociaciones con la finalidad de poner freno a la
militancia de la clase obrera, y esa misma ley fue esgrimida
para demorar la autorización.
Llega la aprobación para los Padres Maristas
En una parte anterior de esta historia hemos
conocido la figura del vicario general Bochard y ya vimos
la cruz que supuso para Marcelino. Ahora vuelve de nuevo a
la escena, pero la cruz pasa a Juan Claudio Colin y sus compañeros
sacerdotes maristas de Belley. Bochard era competitivo, pero
soportaba mal la competencia. Por ello mismo, se opuso a que
la Iglesia otorgara autorización a congregación
alguna que tuviese unos fines similares a los de la Sociedad
de la Cruz de Jesús. Desdichadamente el apostolado
de los jóvenes sacerdotes de la Sociedad de María
se parecía al del grupo de Bochard.
El Padre Courveille demostró ser otro
serio obstáculo en el camino hacia la autorización.
Hemos podido comprobar anteriormente que el hombre estaba
falto de sensatez y de espíritu de discernimiento.
Por otra parte, no era la persona adecuada para encargarse
de la organización del grupo. Finalmente el Padre Colin
asumió la tarea.
Los obispos de la región tampoco eran
al principio muy favorables a la Sociedad y a la idea de que
se les otorgara el reconomiento eclesiástico. ¿A
qué obispo le iba a gustar dar la aprobación
a una congregación que iba a llevarse algunos de los
sacerdotes que dependían de su diócesis?
A pesar de estas dificultades los Padres
Maristas obtuvieron en 1824 el permiso para vivir en dos comunidades,
una en Belley y la otra en el Hermitage. El Padre Colin fue
nombrado superior de la primera y Marcelino de la segunda.
Éste se había dedicado desde los orígenes
a la Sociedad de María y trabajaba activamente para
verla consolidada. Confiaba a uno de sus hermanos: “Para
mí la labor de los sacerdotes de la Sociedad es también
tan importante que estaría dispuesto a sacrificar todo
lo que tengo si fuese necesario para su obra”.
Los sacerdotes de la Sociedad de María
estuvieron siempre en el corazón de Marcelino. Y ellos
le correspondieron igualmente con afecto y estima. En 1839
le eligieron Asistente General del Padre Colin.
Marcelino tomó parte activa en la
fundación de otras ramas de la Sociedad de María.
En agosto de 1832 animó a tres muchachas para que se
fueran con las Hermanas Maristas de Juan María Chavoin,
a su casa de Bon Repos, en la diócesis de Belley. Al
final serían no menos de quince las candidatas que
había llevado a aquella comunidad. Una de ellas era
sobrina suya, otra la hermana de uno de sus discípulos.
Dado su carácter entusiasta y esperanzado, Marcelino
debió pensar que la aprobación formal de la
Iglesia llegaría pronto a la Sociedad de María.
Un viaje que hizo el padre Colin a Roma en el verano de 1833
le devolvió pronto a la realidad.
Colin va a Roma
Juan Claudio Colin, decidido a conseguir
la autorización eclesiástica, viajó a
Roma en agosto de 1833. Allí le esperaba la frustración.
Primero tuvo problemas para que le concediesen audiencia con
el Papa; luego, las autoridades vaticanas no le ocultaron
sus recelos sobre una Sociedad que incluía sacerdotes,
hermanas, hermanos, y una orden tercera. Aquello les parecía
un grupo excesivamente grande, dominado por los franceses.
El galicanismo todavía suscitaba temores en la Curia
Romana.
No obstante, en diciembre de ese mismo año,
Colin recibió una carta del cardenal Odescalchi, Prefecto
de la Sagrada Congregación de Obispos y Regulares,
en la que éste le manifestaba una cierta conformidad
con la idea general del grupo Marista. El cardenal sugería
que el proyecto era “demasiado grande”. Al propio
tiempo remitía la cuestión al cardenal Castracane
para seguir profundizando en su estudio. La conclusión
no tardó en llegar: “Esta Sociedad compuesta
de cuatro ramas distintas... es un delirio. No hay posibilidad
de aprobar una organización tan desmesurada”.
En abril de 1834 el cardenal Odescalchi escribió
a los obispos de Lyon y de Belley para comunicarles que Roma
no veía aceptables los planes de la Sociedad de María
de Colin. Esgrimía varias razones. Una, que no hacían
falta Hermanos Maristas ya que el grupo de La Salle ya existía
y cumplía los mismos fines; la segunda, que ya había
muchas congregaciones religiosas femeninas en Francia, ¿para
qué añadir una más? Finalmente, la propuesta
de una orden tercera seglar parecía “fuera de
tiesto”, porque disminuía el poder del obispo
a favor del Superior General de la Sociedad de María.
¿Había algo de bueno en esta letanía
de desgracias? Sí, Roma apoyaba la idea de Colin de
formar una nueva congregación de clérigos y
que se eligieran un Superior General.
La suerte llama a las puertas
En 1835 la Curia Romana informó a
los obispos de Lyon y Belley que los sacerdotes maristas podían
convertirse en una congregación interdiocesana y elegir
Superior General. No se asignaba al grupo ninguna misión
específica. El reconocimiento pleno como Instituto
religioso vendría después.
La falta de respuesta a la llamada de misioneros
que quisieran ir a Oceanía había causado honda
decepción en el Vaticano. El vicario general Cholleton
tuvo noticia de que en Roma estaban buscando una congregación
que llenase ese hueco y se lo comunicó a Pompallier,
sacerdote que había sido capellán en el Hermitage.
Éste informó rápidamente a Colin. Los
jóvenes padres maristas vieron la oportunidad que se
les presentaba y aceptaron la misión de Oceanía.
El 29 de abril de 1836 les venía la aprobación
de Roma por la que tanto tiempo habían suspirado.
Marcelino recibió con extraordinario
gozo las dos noticias, la que anunciaba la autorización
y la que se refería al nuevo campo de misión.
Él siempre había deseado irse a lejanas tierras
a extender la fe. Y, de hecho, su nombre era el primero en
la lista de voluntarios que se apuntaron para ir al Pacífico.
Por desgracia, la edad y el quebranto de su salud fueron un
obstáculo para sus sueños. Por otra parte, su
presencia era absolutamente necesaria para dirigir a los hermanos
en aquellos momentos delicados y también de cara al
futuro. Ya que no pudo ir a las misiones, puso su parte enviando
a algunos de sus discípulos con el grupo de los primeros
padres maristas que destinados a ellas.
Pompallier fue nombrado Vicario Apostólico
de las Misiones de Oceanía y poco después recibió
la ordenación episcopal en la Iglesia de la Inmaculada
Concepción de Roma. Él y su grupo, formado por
cuatro sacerdotes y tres hermanos, se dirigieron a Fourvière
a poner su labor misionera bajo la protección de la
Virgen. Luego viajaron a París y, finalmente, embarcaron
en el puerto de El Havre rumbo a Oceanía la víspera
de Navidad del año 1836. Marcelino había dicho
alguna vez: “Un hermano es un hombre para quien el mundo
no es suficientemente grande”. Aquella imagen del barco
zarpando del puerto con los tres hermanos a bordo era la primera
plasmación de ese pensamiento. |