Estamos cerca del final de nuestra historia.
Marcelino continuó luchando hasta su muerte por conseguir
la autorización de sus hermanos, realizando viajes
a París, recorriendo uno tras otro despachos oficiales.
En ocasiones recibía contraofertas a cambio de la aprobación:
por ejemplo, restringir las escuelas de los hermanos a determinadas
áreas geográficas o limitarse a la presencia
en localidades de no mayores de 1000 habitantes. El fundador
no estaba dispuesto a hacer tantas concesiones. Al final las
gestiones fracasaron.
Aquel ansiado reconocimiento oficial llegaría
en 1842, dos años después del fallecimiento
de Marcelino. Esto sucedió cuando los Hermanos de la
Instrucción Cristiana del padre Mazelier, que estaban
en la diócesis de Valence, se unieron al grupo de Champagnat.
Al ser admitidos en los Hermanos Maristas, ellos aportaron
su autorización legal que les validaba en tres departamentos.
Sin ser del todo lo que hubiera querido Marcelino, al menos
era un principio.
El Instituto continuaba expandiéndose,
pero el fundador no quería sobrecargar a los hermanos
ni apurar sus recursos hasta el límite. En 1837, por
poner un caso, el padre Fontbone, que había sido capellán
del Hermitage y ahora estaba misionando en San Luis de Missouri,
escribió pidiendo refuerzos para su obra. Marcelino
le respondió a vuelta de correo: “Todos los hermanos
sintieron envidia de los que elegimos para ir a Polinesia…
Gustosamente enviaríamos otros para colaborar en América
si nos fuese posible”. Oceanía seguiría
siendo la única misión de ultramar durante unos
cuantos años.
Marcelino estaba admirado del desarrollo
de la obra marista en su conjunto. Una vez dijo a sus compañeros
sacerdotes: “Los que estamos en el comienzo de esta
obra no somos más que piedras toscas arrojadas en los
cimientos. No se usan piedras labradas para esa función.
Hay algo maravilloso en el origen de nuestra Sociedad. Lo
que sorprende es ver que Dios quiso servirse de tales personas
para llevar a cabo su trabajo”.
Marcelino enferma
En el transcurso del año 1839 el fundador
sufrió serios quebrantos en la salud. Desde aquel primer
período de enfermedad que le sobrevino en 1825 no había
dejado de sentir dolores en el costado. Aquello degeneró
en inflamación de estómago que le provocaba
frecuentes vómitos. El hermano Juan Bautista escribiría
posteriormente que, a la vuelta de sus gestiones en París,
en 1839, “era patente que su fin se acercaba rápidamente”.
El padre Colin, Superior General de los Padres
Maristas, preocupado por el deterioro físico de Marcelino,
dispuso que se hiciera votación para elegir un sucesor
del fundador. Resultó elegido por mayoría indiscutible
el hermano Francisco, aquel que a los diez años había
asistido con su hermano mayor a una de las lecciones de catecismo
de Marcelino. Los hermanos Luis María y Juan Bautista
fueron elegidos asistentes suyos.
En los meses siguientes el fundador fue empeorando
progresivamente, y a partir del 3 de mayo ya no pudo celebrar
la misa en la capilla. Sintiendo que le quedaba poco tiempo
de vida, hizo que le llevaran a la sala de comunidad y se
dirigió por última vez a los hermanos, que se
habían reunido allí. Aquellos jóvenes
a duras penas podían ocultar la emoción que
les embargaba, tanto era el afecto que sentían por
el sacerdote que había sido un padre para todos ellos.
El fin
La muerte sobrevino a Marcelino una mañana
de sábado, temprano. Era el 6 de junio de 1840. Los
hermanos habían permanecido en vela toda la noche.
El padre falleció al amanecer al tiempo que ellos hacían
su oración de comienzo de la jornada.
Dos días después su cuerpo
recibía tierra en el cementerio del Hermitage, no lejos
del emplazamiento de la pequeña Capilla del Bosque.
Su Testamento Espiritual, escrito no de propia mano pero que
manifestaba los sentimientos de su corazón, había
sido leído delante de todos tres semanas antes, el
18 de Mayo. En él, Marcelino pedía perdón
a quienes pudiera haber ofendido, expresaba su lealtad al
Superior de los Padres Maristas y daba gracias a Dios por
otorgarle la gracia de morir como miembro de la Sociedad de
María. Seguidamente dedicaba su atención a los
hermanos.
No había asomo de superficialidad
en el fundador. Vivía apasionado por el evangelio.
No es de sorprender, por tanto, que la obediencia y la caridad
fueran las dos virtudes que recomendaba a sus primeros discípulos
en aquel testamento. Después de todo, eso es lo que
constituye la base de una comunidad. La obediencia es el pilar,
el amor entrelaza las demás virtudes y las hace perfectas.
El amor no tiene límites. Marcelino amaba a sus hermanos,
y deseaba que ellos hicieran lo mismo entre sí.
A lo largo de su vida se le oyó decir
repetidamente: “Para educar a los niños, hay
que amarlos, y amarlos a todos por igual”. La virtud
de la caridad, por consiguiente, habría de ser no sólo
el fundamento de la comunidad sino también un carácter
distintivo de evangelización y educación al
estilo marista. El mismo camino que había recorrido
María con Jesús tenía que ser ahora el
de todos aquellos que iban tras el ideal que había
cautivado el corazón de nuestro cura rural y sus primeros
hermanos.
El fundador advertía igualmente a
sus discípulos contra toda rivalidad manifiesta hacia
las otras congregaciones y completaba su testamento con una
síntesis de la espiritualidad de los Hermanitos de
María. El ejercicio de la presencia de Dios, les decía,
es el alma de la oración, de la meditación y
de todas las virtudes. Que la humildad y la sencillez sean
la característica que os distinga de otros. Manteneos
en un espíritu recio de pobreza y desprendimiento.
Que una tierna y filial devoción a nuestra buena Madre
os anime en todo tiempo y lugar. Sed fieles a vuestra vocación,
amadla y perseverad en ella con entereza.
Marcelino se tomó muy en serio la
Buena Noticia de Jesús. Fue un hombre santo porque
vivía el acontecer de cada día de una manera
excepcional y hacía las cosas ordinarias con extraordinario
amor. Ya que se le había concedido descubrir el gozo
que emana del evangelio y su fuerza transformadora, quería
igualmente compartir con los demás, sobre todo los
jóvenes, todo lo que él había visto y
oído.
El mundo al que vino Marcelino Champagnat
en 1789 estaba comenzando a estremecerse con movimientos de
cambio. El mundo que dejaba cincuenta y un años más
tarde había conocido la guerra y la paz, la prosperidad
y la penuria, la muerte de una Iglesia y el nacimiento de
otra. Hombre fiel al espíritu de su época, llevaba
dentro de sí la grandeza y las limitaciones de la gente
de su generación. El sufrimiento templó su espíritu,
las contrariedades le fortalecieron, supo caminar con decisión
y la gracia de Dios le ayudó a seguir la llamada contra
viento y marea.
Marcelino Champagnat, sacerdote de la Sociedad
de María, Superior y Fundador de los Hermanitos de
María, o Hermanos Maristas, apóstol de la juventud
y ejemplo de cristianismo práctico, fue un hombre y
un santo para su tiempo. Y lo es también para el nuestro. |