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Marcelino champagnat
 
Marcelino en Vatican
Discurso del Cardenal Virgilio Noè
 
Arcipreste de la Patriarcal basílica de San Pedro del Vaticano.
Presidente de la Fábrica de San Pedro
 

Hoy, en la basílica Vaticana de San Pedro, se hace un regalo: la estatua de San Marcelino Champagnat, Fundador de la Congregación religiosa de los Hermanos Maristas de la Enseñanza.

La estatua va a agregarse a las de los 39 santos fundadores, presentes en el interior de la basílica Vaticana. Aquí (por problemas de espacio), las nuevas estatuas no han podido encontrar un lugar. Se ha debido buscar en el exterior, en los nichos que acompañan el cuerpo gigantesco de la basílica. La primera afortunada en encontrar su lugar, en el lado meridional de la basílica, ha sido santa Brígida de Suecia, el 13 de noviembre de 1999.

Hoy le toca a san Marcelino Champagnat. El Papa Juan Pablo II ha bendecido la escultura esta mañana, dirigiendo una oración al Santo por todos aquellos que, hoy y en un futuro próximo o remoto, se detengan frente a él. En nombre del pueblo costarricense, el Embajador de Costa Rica ante la Santa Sede, Javier Guerra Laspiur, presenta el regalo que la basílica recibe. A él nuestro reconocimiento.

San Marcelino Champagnat nació en Francia en el 1789, en Rosey, un pueblecito de la provincia de Lyon. Tenía sólo dos meses cuando en París la muchedumbre asaltaba la Bastilla, y daba inicio a la revolución francesa. Los años de la infancia de Marcelino estuvieron salpicados por diferentes acontecimientos que culminaron con los días del Terror.

Marcelino se encontró con la revolución en su casa, porque su padre se había unido a las nuevas ideologías. Esto fue por poco tiempo, porque la revolución lo exaltó y lo humilló. A pesar de todo, la familia no perdió su estabilidad. El padre se ocupaba regularmente de sus negocios, la madre armonizaba dulzura y rigidez para que a sus nueve hijos no les faltara nada de lo necesario. Todos fueron educados en una vida severa, sin concesiones.

La formación religiosa que recibía de su madre, con la componente de una intensa devoción a María, hizo que Marcelino decidiera ir al seminario, se hiciera sacerdote y se dedicara a la educación de los muchachos: trabajo que sólo terminó con su muerte.

Durante los años de su sacerdocio, pasados en la parroquia de La Valla, Marcelino logró conquistar la confianza de sus parroquianos: su carácter jovial, franco y abierto, a la vez que bueno y noble, le ayudó en esta misión pastoral. Tenía siempre una palabra amistosa para las personas que encontraba; se ponía al nivel de todos, y la breve conversación que iniciaba con cada persona terminaba siempre con un buen consejo o, cuando era necesario, con una cariñosa reprimenda.

Diligente con los ancianos, caritativo con los pobres, atento con los jóvenes, se encontraba particularmente a gusto con los niños. Verificando que en ellos la realidad de "Dios" había sido completamente destruida, le vino la idea de fundar un Instituto que debía pensar en los muchachos del presente y del futuro. El instante que dió inicio al proyecto fue el encuentro con un muchacho agonizante. Tenía este joven 17 años, y durante su breve vida no había oído pronunciar el nombre de Dios.

Nacieron así las escuelas, que acogieron decorosamente a los muchachos, y en breve tiempo se multiplicaron hasta el punto de poder señalar su presencia en los mapas de la zona de Lyon y más tarde en el mundo.

El modelo era un muchacho que, 1800 atrás, en Nazaret, "crecía en sabiduría, edad y gracia". San Marcelino presentaba así el objetivo que deseaba alcanzar: "sepan los alumnos que Jesús y María los aman a todos: aquellos que son buenos, porque se asemejan a Jesús, aquellos que todavía no lo son porque seguramente lo serán".

El alma de este trabajo era el deseo grande, contagiado por el corazón de Marcelino a todos sus discípulos: "No puedo ver un muchacho sin experimentar el deseo de decirle cuánto lo ama Jesucristo".

Este ha sido el trabajo que Marcelino Champagnat desarrolló hasta el 6 de junio de 1840 cuando a sólo 52 años concluía su existencia. Desde hoy él vive en la basílica Vaticana, en su imagen.

La estatua

Cada estatua presente en la basílica Vaticana tiene su propia historia y presenta un estilo, a través del cual se revela el genio del artista, y trasciende el espíritu de la época en la cual la obra nace. La escultura de San Marcelino Champagnat es limpia en sus líneas, armoniosa en sus formas. Se podría decir que la esencialidad es la característica de la nueva escultura. La linealidad es una delicada forma de respeto al pensamiento y a la creación arquitectónica de Miguel Ángel, presente en esta parte de la basílica.


La nueva estatua se integra en la arquitectura de Miguel Ángel por su armoniosa y equilibrada contraposición de planos suaves y líneas onduladas.

En su forma la estatua es contemporánea, de nuestra época: sin embargo se une a la tradición de la estatuaria romana por el tratamiento refinado y atento de la materia: el mármol de Carrara.

El mármol, sin planos contrapuestos, sin violentos contrastes, respira serenamente junto a la estructura de la basílica. No la distorsiona.

La estatua tiene una dimensión silenciosa. Con el reflejo de la luz sobre las superficies específicamente tratadas, la estatua expresa todo su ser dinámico y vibrátil.

La basílica acoge la obra del escultor costarricense Jiménez Deredia como expresión de una cultura y de una espiritualidad, anunciadas a través de la experiencia del lenguaje del arte contemporáneo.

Esta escultura, como la de todos los otros santos fundadores, comunica también un mensaje. Quien se detenga delante de ella, se irá con algo que espiritualmente lo habrá enriquecido.

Marcelino Champagnat, durante su vida, estuvo rodeado de niños, porque de ellos era el Reino de los cielos, al que también él pertenecía. Durante su vida se puso al nivel de ellos. Se hizo "sabiamente" pequeño con los pequeños.

Esta característica del apostolado de Marcelino ha sido evidenciada por la presencia de dos niños en el grupo marmóreo.

Un niño está al pie del Santo: tiene en su mano un libro para recordar que el Santo ayudó a los niños a dar los primeros pasos en el camino, nunca acabado, de la cultura; pero más aún, les enseñó el vocabulario de la vida. Un segundo niño está sobre los hombros de Marcelino. Se trata de una traducción de lo que sucedió en la vida del Santo. En cierta ocasión, apenas Marcelino puso sus pies sobre las gradas de una escalinata mal iluminada, se encontró sobre su espalda un joven vivaracho de 12 años que le decía al oído: "Llévame hasta arriba". Marcelino, robusto de constitución y con el corazón delicado de una madre, entra en el juego y lo lleva sobre sus hombros hasta el final de las escaleras. El juguetón lo había confundido con un religioso con el cual bromeaba a menudo. Su sorpresa fue mayúscula cuando se dio cuenta del error…. Marcelino se limitó a hacerle una amable pregunta: "¿Llegarás a ser más serio, verdad?"

Se reaviva simbólicamente la figura del Buen Pastor. No podía ser de otra manera: aquel muchacho no era un peso. Y si lo era, era "pondus amoris". Marcelino pensó en todos los muchachos. En medio de las desilusiones de nuestros días, Marcelino constituye hoy una nota de serenidad y esperanza.

 
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