Marcelino Champagnat, padre
marista francés, es el fundador del Instituto de los
Hermanos Maristas de las Escuelas o Hermanitos de María.
El encanto que produce su persona no nace de una primera impresión
sino de una presencia continuada y sencilla. Como María
de Nazaret, se mueve en la discreción. Su riqueza interior
es de profundo calado y son contagiosos su dinamismo personal,
su alegría, su espiritualidad mariana y su confianza
en Dios. Los niños y jóvenes son sus amigos
y le tienen un cariño especial. Los hermanos, a los
que tanto ama, son los herederos de su espíritu. Su
itinerario de fe le conduce hasta la primacía del amor,
que en esto consiste la santidad.
Las raíces de una historia
Rosey es una aldea del ayuntamiento de Marlhes,
Francia. El lugar de montaña, muy atractivo, da escaso
margen al desarrollo humano; las condiciones son poco fáciles
para la cultura y la relación; la vida, ruda. El calendario
señala el año de la Revolución Francesa:
1789. El 20 de mayo, María Teresa Chirat, casada con
Juan Bautista Champagnat, da a luz a su noveno hijo. Al día
siguiente, jueves de la Ascensión, el bebé es
llevado a la pila bautismal y pasa a llamarse Marcelino José
Benito.
Se vislumbra la aurora de una nueva época.
El Antiguo Régimen se deshace en jirones. Juan Bautista,
su padre, hombre abierto, acogedor, comprensivo y con espíritu
de iniciativa, toma el pulso de la historia participando en
primera fila. Posee elevado nivel de instrucción para
su tiempo. Su escritura impecable, su facilidad de hablar
en público, así como su capacidad de dirección,
son prueba fehaciente. Ejerce diversas funciones y cargos
como juez de paz y obtiene el primer lugar en la votación
como delegado. Debe prodigarse en actuaciones públicas.
Pese a servir a los ideales revolucionarios, encuadrado dentro
de los jacobinos, partido de extrema izquierda, da prioridad
a las realidades concretas de su pueblo, salvaguardando los
intereses de sus habitantes. Mientras se suceden estos avatares
políticos, Marcelino convive estrechamente con su madre,
que se dedica al comercio de telas y encajes, debiendo completar
el negocio con la agricultura y los trabajos del molino. María
Teresa es un instrumento de moderación y equilibrio
en la vida de su esposo. Su temple recio, ser mayor que su
marido y su competencia en la economía familiar y en
la educación, le facilitan la tarea. Educa con esmero
a sus hijos, acentuando los valores de la piedad, del trato
social y del espíritu sobrio. Su tía, Luisa
Champagnat es religiosa de San José, expulsada del
convento por la Revolución. La impronta que deja en
el joven a través de las plegarias, las lecciones y
los buenos ejemplos, es tan profunda que, con cierta frecuencia,
la recuerda con agrado y gratitud. A la edad de seis años,
le pregunta: "Tía, ¿qué es la revolución?
¿Es una persona o una fiera?" En su ambiente resulta
casi imposible sustraerse al palpitar de la historia.
La educación de Marcelino se lleva
a cabo en la encrucijada de las nuevas ideas, aportadas por
su padre, y de la espiritualidad profunda y tradicional, transmitida
por su madre y su tía. En el seno de su familia, los
problemas del siglo son vividos con toda su agudeza, recibiendo
una solución moderada, pero positiva y siempre favorable
a las personas antes que a las ideologías. Respira
el sentido de la fraternidad viviendo codo a codo con sus
hermanas y hermanos.
Una herida luminosa
Dios se sirve a menudo de las páginas
oscuras de nuestra historia, de nuestras heridas de la vida,
para hacer surgir una fuente de luz. Marcelino vive una situación
escolar muy deficiente. Dos experiencias negativas le producen
un fuerte impacto.
Su tía le enseña los rudimentos
de la lectura con resultados decepcionantes. Sus padres deciden
enviarlo al maestro de Marlhes, Bartolomé Moine. El
primer día que se presenta en clase, como es excesivamente
tímido, el maestro lo llama junto a él para
hacerle leer. Mientras acude, se le anticipa otro escolar.
El maestro propina una sonora bofetada al niño que
se le quiere adelantar, y lo despacha al fondo del aula. Este
acto de brutalidad produce un trauma al recién llegado,
aumentando su miedo. Se rebela interiormente: "No volveré
a la escuela de un maestro semejante; al maltratar sin razón
a ese niño, me demuestra lo que me espera a mí;
por menos de nada, podrá tratarme igual; no quiero
pues, recibir de él lecciones y menos aún castigos".
Pese a la insistencia de su familia, no vuelve a la escuela.
El primer día de clase es el último.
Tras este fracaso escolar, aprende la vida
en la escuela de su padre. Lo sigue por doquier y realiza
todos los trabajos necesarios para el mantenimiento de una
granja. Se entrega con entusiasmo a todas estas ocupaciones,
movido por su temperamento dinámico, su amor al trabajo
manual, su espíritu de iniciativa, su sentido práctico
y su fortaleza física. Marcelino posee, además,
un buen carácter. Las madres, que valoran más
la sabiduría que la instrucción, le proponen
como modelo para sus hijos. Al mismo tiempo, crece en piedad
y virtud en la escuela de su madre y de su tía y recibe
a los once años la primera comunión y el sacramento
de la confirmación.
Otro hecho, ocurrido en una sesión
de catequesis, le impresiona profundamente. Un sacerdote,
cansado por la disipación de un muchacho, lo reprende
y le da un apodo. El niño se queda quieto, pero sus
compañeros no echan el mote en saco roto. A la salida,
se lo repiten. Su enfado agudiza la agresividad de sus compañeros.
Se vuelve hosco, huraño, duro. Años más
tarde, Marcelino dirá: "Ahí tenéis
el fracaso de la educación: un niño expuesto,
por su mal carácter, a convertirse en suplicio y tal
vez en azote de la familia y del vecindario. Y todo, por un
movimiento de impaciencia que hubiera sido fácil de
reprimir".
La fundación del Instituto de los
Hermanos Maristas será su respuesta de fe a sus carencias
educativas y a la situación escolar de Francia, que
adquiere caracteres dramáticos. En el año 1792
se suprimen todas las congregaciones religiosas. La instrucción
pública es nula. La juventud tiene delante de sus pasos
el camino de la ignorancia y del desconcierto. Pocos años
después el siglo XIX abrirá sus puertas. Será
el siglo de la escuela, a la que Marcelino contribuirá
de manera notable.
Su vocación: "Acertaré
puesto que Dios lo quiere"
La carencia de sacerdotes es evidente. Urge
fomentar vocaciones y fundar seminarios. Un eclesiástico
quiere reclutar alumnos para el seminario. El párroco
lo orienta a la familia Champagnat. Juan Bautista no sale
de su asombro al conocer los motivos de la visita: "Mis
hijos no han manifestado jamás deseo de ir al seminario".
Contrariamente a sus hermanos, que rehusan la invitación,
Marcelino se muestra dudoso. El sacerdote lo examina de cerca
y le encantan su ingenuidad, modestia, y carácter abierto
y franco: "Hijo, tienes que estudiar y hacerte sacerdote.
¡Dios lo quiere!". Marcelino decide ir al seminario.
Su opción nunca será revocada.
Su vida toma otro rumbo. Sus proyectos,
vinculados al comercio y a los negocios, se van abajo. La
determinación de ir al seminario exige otros requisitos:
aprender latín además de leer y escribir francés.
Su lengua materna y habitual es una variante del occitano:
el franco-provenzal. Sus padres, atisbando las dificultades,
pretenden disuadirlo. Todo es inútil. El objetivo está
claro: ser sacerdote.
Juan Bautista, su padre, muere repentinamente.
Marcelino tiene 15 años. Se dedica de nuevo a los estudios.
Recuperar a esa edad el tiempo perdido constituye una empresa
de titanes. Acude a la escuela de Benito Arnaud, su cuñado.
Pese al esfuerzo de ambos, los progresos resultan escasos.
Pretende hacerle desistir. En la misma línea va el
informe que da a la madre de Marcelino. A pesar de las dificultades,
él se afianza en su vocación. Reza frecuentemente
a san Francisco Regis y peregrina con su madre al santuario
mariano de La Louvesc. La decisión es irrevocable:
"Quiero ir al seminario. Saldré airoso en mi empeño,
puesto que Dios me llama".
El camino del sacerdocio
Marcelino ingresa en el seminario menor
de Verrières. Al inicio, forma parte de la "pandilla
alegre" y no se comporta muy bien. El rector le invita
a quedarse en casa y no volver al seminario. Marcelino pasa
por malos momentos. Supera esta etapa con la ayuda cercana
de su madre, que morirá cuando Marcelino cumpla 20
años, y orienta sus energías en función
de su proyecto de vida. Lucha ardorosamente por conseguir
la ciencia y la piedad. Su conducta, evaluada como "regular"
en sexto curso, evoluciona hasta obtener la calificación
de "muy buena". Se le nombra vigilante de dormitorio.
Este cargo intensifica su sentido de la responsabilidad y
le permite sustraer horas al sueño para dedicarlas
al estudio.
Realiza progresos visibles en su piedad
y en su acción apostólica entre los compañeros,
dos de los cuales saltarán a las páginas de
la historia: Juan Claudio Colin, fundador y superior general
de la Sociedad de María, y Juan María Vianney,
el santo cura de Ars. Anima a los desalentados. Sus resoluciones
de retiro que acaban con una oración representan su
más antiguo documento autógrafo. Además
de esforzarse por una vida espiritual más intensa y
profunda, promete al Señor "instruir a los que
ignoren tus divinos preceptos y enseñar el catecismo
a todos sin distinción de ricos o pobres". En
sus vacaciones, así lo hace reuniendo a los niños
de su aldea.
Marcelino entra en el seminario mayor de
Lyon a los 24 años, dirigido por los sulpicianos. El
escudo de armas del seminario es el monograma mariano que,
años más tarde, será adoptado por la
Sociedad de María en general y por los Hermanitos de
María en particular. Los tres años de teología,
previos a la ordenación sacerdotal, constituyen un
tiempo privilegiado para el fervor, la madurez, la amistad,
la ilusión apostólica y los proyectos de fundación.
Los años antes de su ordenación
sacerdotal le sirven para llevar a cabo tres tareas: su maduración
humana y espiritual; la adquisición de un nivel satisfactorio
en sus estudios, partiendo de una base académica casi
inexistente, hecho que agudiza sus dificultades y que pone
a prueba su tesón; y la amistad con un grupo de compañeros,
impulsados por su amor a la Virgen e ilusionados con el deseo
compartido de fundar una congregación religiosa.
Ingresa un nuevo seminarista: Juan Claudio
Courveille, que afirma haber sido curado milagrosamente en
1809 y haber recibido en el Puy una voz interior que le impele
a fundar la Sociedad de María. A su alrededor, se constituye
un equipo de seminaristas para esta finalidad. Marcelino,
reclutado por el mismo Courveille, se encuentra entre ellos.
Una cierta clandestinidad y el abrigo de un proyecto esperanzador
llenan de entusiasmo sus reuniones. El proyecto abarca: padres
(y hermanos legos), hermanas y tercera orden. Marcelino, empero,
tiene sus preocupaciones particulares. Quiere fundar una congregación
de enseñanza. La necesidad imperiosa de la educación
en aquel momento histórico y el recuerdo de lo que
había costado instruirse subyacen en su decisión:
"Necesitamos hermanos". Su propuesta no encuentra
eco al no estar previsto en el proyecto inicial. Por ello
insiste: "Necesitamos hermanos". Finalmente, dejan
que lo lleve a cabo: "Encárguese usted de los
hermanos ya que es suya la idea". Claudio María
Bochard, uno de los vicarios generales, también alimenta
deseos de fundar su congregación y verá en el
proyecto de Marcelino una amenaza para el suyo.
El día 22 de julio de 1816, Marcelino
es ordenado de sacerdote junto con muchos de sus compañeros
de seminario y de proyecto fundacional. Doce de los cuales,
Marcelino entre ellos, suben en peregrinación al santuario
de Nuestra Señora de Fourvière para colocarse
bajo la protección de María. Después
de la misa, Juan Claudio Courveille lee un texto de consagración
que puede considerarse como el primer acto oficial, si bien
de carácter privado, de la Sociedad de María.
Puede decirse que se trata de su fecha de fundación.
Las tareas pastorales los dispersarán por la inmensa
diócesis de Lyon.
Con los ojos abiertos
Marcelino anticipa la metodología
de ver, juzgar y actuar. Años más tarde, en
una carta dirigida a la reina María Amelia, recuerda
su época de coadjutor en La Valla: "Elevado al
sacerdocio en 1816, fui enviado a un municipio de la región
de Saint-Chamond (Loira). Lo que vi con mis propios ojos en
esta situación, en lo que concierne a la educación
de los niños y adolescentes, me recordó las
dificultades que tuve en mi infancia por falta de educadores.
Me apresuré, por tanto, a llevar a cabo el proyecto
que tenía de formar una asociación de hermanos
educadores para los municipios pobres, rurales, donde, en
la mayoría de los casos, la penuria no permite tener
hermanos de las Escuelas Cristianas. He dado a los miembros
de esta nueva asociación el nombre de María,
persuadido de que este nombre solo nos atraerá gran
número de sujetos. Un éxito rápido, pese
a carecer de recursos temporales, justificando mis conjeturas,
ha superado mis esperanzas. (...) El gobierno, al autorizarnos,
facilita de manera singular nuestro desarrollo. La religión
y la sociedad obtendrán un gran provecho".
Cuando llega a La Valla, al divisar el campanario
de la iglesia, se postra de hinojos y confía al Señor
y a María, que llama la buena Madre, su tarea apostólica.
La Valla está enclavado en un bello paisaje de una
zona montañosa del Pilat. La parroquia lamentablemente
está abandonada. Para abordar su renovación,
se traza una regla de vida personal. Concede importancia a
la vida de oración, al estudio diario de la teología
y a la preocupación pastoral: "Procuraré,
especialmente, practicar la mansedumbre y, para llevar más
fácilmente las almas a Dios, trataré con suma
bondad a todo el mundo".
El cambio sólo es posible a partir
del estudio de la realidad parroquial. No tarda en hacerlo.
El abandono en que se encuentran los niños acentúa
su cuidado por ellos a través de la catequesis, la
educación y la instrucción. Su trato afectuoso
prefiere la recompensa y el estímulo antes que el castigo,
que, prácticamente, no utiliza. Muestra sus atenciones
a los adultos mediante las homilías y el sacramento
de la confesión. No obstante, sus privilegiados son
los enfermos y los pobres. Un joven, Juan Maria Granjon, traba
amistad con Marcelino y le acompaña en alguna de sus
visitas a los enfermos. Será el primer hermanito de
María. El uso de este diminutivo en Marcelino tiene
una profunda connotación espiritual de sencillez y
humildad.
Un hecho ocurrido el día 28 de octubre de 1816 sirve
de espoleta para sus afanes fundacionales. Asiste a un joven
de 17 años llamado Juan Bautista Montagne, enfermo
de muerte, en la zona de Palais. Le impresiona intensamente
su carencia del sentido de la vida. Se da cuenta de su ignorancia
de los misterios de la fe. Horas después, el muchacho
muere. No puede cruzarse de brazos. Aquel mismo día
comunica a Juan María Granjon sus proyectos y el papel
que puede desempeñar en él. Es urgente llevarlo
a cabo. La propuesta de Marcelino sobre la necesidad de hermanos
adquiere caracteres dramáticos. Cinco días después
se le acerca un joven, Juan Bautista Audras, para exponerle
sus inquietudes vocacionales. Marcelino le propone vivir con
Juan María Granjon.
Fundador de los Hermanos Maristas
Ha visto lo suficiente. En su interior resuenan
las palabras de María: "Haced lo que Él
os diga" y pasa decididamente a la acción. Tiene
27 años y no han pasado ni siquiera seis meses de su
ordenación sacerdotal. El día 2 de enero de
1817, Juan María Granjon, de 23 años, y Juan
Bautista Audras, de 14 y medio, ocupan la casita que Marcelino
ha alquilado en La Valla. Combinan plegaria, trabajo y estudio.
Su ocupación manual consiste en la fabricación
de clavos para sufragar su mantenimiento. Marcelino les da
lecciones de lectura y escritura y vela por su formación
de religiosos educadores. Nuevos jóvenes se suman al
proyecto, entre ellos Gabriel Rivat (H. Francisco), que será
el primer superior general.
Después de preparar adecuadamente
a los hermanos, funda una escuela en Marlhes. El hermano Luis
es su primer director. Pese a su juventud e inexperiencia,
el resultado obtenido al poco tiempo se hace patente a los
ojos de todos. Detrás de unas técnicas elementales,
se alimenta todo un estilo educativo, proporcionado por Marcelino:
compartir la vida de los jóvenes, amarlos y conducirlos
a Jesús bajo la protección maternal de María.
Las fundaciones se suceden de forma paulatina y constante.
Las vocaciones no se corresponden a las numerosas peticiones
de apertura de nuevas escuelas.
Toda persona que progresa humana y espiritualmente suele pasar
por una "noche oscura", que le sirve de purificación
en sus motivaciones y de arraigo en la esencia de la fe y
de la vida. Aparece una campaña orquestada contra Marcelino
y su obra. Algunos sectores no ven con buenos ojos los proyectos
del fundador, su dedicación en llevarlos adelante y
su frecuente ocupación en trabajos manuales. Recibe
los reproches de Bochard, que intenta plegarlo a su propio
proyecto. Marcelino se entrevista con el primer vicario general
de la archidiócesis. Le da cuenta de su comunidad y
le pide su parecer sobre la obra, manifestando que está
dispuesto a dejarlo todo, si él cree que esa es la
voluntad de Dios. Se pone a su disposición para un
cambio de destino si es el caso. Esta actitud deshace las
reservas de sus superiores.
La oscuridad de la noche tiene también
sus rayos de luz. Su confianza en la "Buena Madre"
le permite encontrar un refugio seguro en medio de una tempestad
de nieve tras volver de visitar un hermano enfermo. Ante la
escasez de vocaciones, su confiada oración a la Virgen
encuentra una respuesta inesperada con la llegada de ocho
aspirantes. Un cambio en la curia diocesana, con la sustitución
de Bochard, da aliento a su fundación y recibe autorización
para adquirir una nueva casa. Ayudado económicamente
por Courveille, compra a bajo precio, dado que es un gran
roquedal, una propiedad a orillas del Gier.
Una casa edificada sobre la roca
La construcción se lleva a cabo en
condiciones muy duras, suavizadas por la piedad y por las
relaciones fraternas, lo que permite que se realice en menos
de medio año. Las gentes del lugar no salen de su asombro,
ya que las dificultades del roquedal son enormes. Ven al joven
sacerdote arremangarse la sotana y cargar con las piedras
más pesadas. Les gusta oír, cuando pasan por
el camino, los cantos de la comunidad. Se trata de una casa
edificada sobre roca: Nuestra Señora del Hermitage.
El año 1825 constituye una de sus
épocas más angustiosas, porque se entrecruzan
problemas legales y financieros con su enfermedad y las intrigas
de Courveille, que pasa a vivir con él en el Hermitage.
Pese a todo, Marcelino confía en María, su Recurso
Ordinario.
La autorización legal del Instituto
es un problema que no resolverá en vida. Busca, sin
encontrarla, una solución definitiva y convincente.
Esto le cuesta quebraderos de cabeza, trámites burocráticos,
visitas y viajes... No obstante, se preocupa mucho más
de su obra que de su legalización.
Courveille se considera superior de los
hermanos y busca su reconocimiento. Sus maniobras y su política
solapada encuentran resistencia. Consigue someter a votación
la elección de superior, pero los hermanos escogen
a Marcelino, que vive con profundo espíritu de fe y
humildad las intrigas de su compañero de sacerdocio.
Marcelino llega, incluso, a realizar una segunda votación,
tras sugerir a los hermanos que las personas que lo rodean
están más cualificadas que él, alcanzando
otra vez casi la unanimidad.
Es previsible que estos acontecimientos
le hagan sufrir mucho, aunque no exterioriza nada. Courveille,
respetado y considerado por Marcelino como superior del grupo
de congregaciones maristas, no encaja el resultado y pasa
a un ataque casi frontal a través de cartas, pláticas
y argumentos persuasivos. Esta situación angustiosa
y el quebranto de la salud, debido a sus numerosos viajes
para visitar a las comunidades, colegios y moribundos en condiciones
precarias y climáticas adversas, postran a Marcelino
en el lecho de la enfermedad, de tal modo que, en pocos días,
se pierde toda esperanza de salvarlo. El Instituto está
en trance de desaparecer. Cunde el desaliento. La forma de
gobierno, desplegada por Courveille, con fuerza y medidas
drásticas, contrasta con el estilo de Marcelino, al
que estaban acostumbrados: rectitud y bondad. Las aguas vuelven,
lentamente, a su cauce. Siguen, en tono menor, los escarceos
de Courveille, que abandona el Hermitage y se retira a la
trapa de Aiguebelle.
Un estilo educativo basado en el
amor y en la exigencia
Marcelino quiere que los hermanos maristas
sean de categoría única y que no haya distinciones
de clases entre ellos. Constituye este proyecto de fraternidad
un signo de anticipación y de progreso. La trayectoria
personal de Marcelino Champagnat y su postura frente a los
avatares más relevantes de la historia, permiten observar
que su obra nace adaptada a los tiempos modernos. En sus fundaciones,
pide permiso a la autoridad religiosa y al poder civil. Expresa
así su voluntad de "educar buenos cristianos y
buenos ciudadanos". Si bien muchos fundadores proceden
de familias conservadoras, Marcelino vive, desde su infancia,
el pulso de la Revolución y del cambio. Otros están
contra el gobierno; él quiere colaborar. Un diputado
del Parlamento explica esta actitud: "Nunca funda sin
el beneplácito de la autoridad pública".
Con este proceder elude los conflictos. Se mantiene siempre
al margen de la política de partido y dentro de las
orientaciones eclesiales.
Marcelino despierta en los hermanos actitudes
educativas. Frente a la seriedad, sugerida como primera virtud
de un educador en otras congregaciones de enseñanza,
Marcelino propone la sencillez y la bondad, la autenticidad
y la apertura. Insiste también en el espíritu
de familia, en la benevolencia, en la devoción a María,
expresada más en actos que en palabras, en el trato
bondadoso a los alumnos, en el espíritu de trabajo
y en el ideal de educación religiosa muy profunda que
debe subrayar la relación con Dios en la confianza.
Estas cualidades configuran un talante educativo peculiar.
No se trata de una revolución en
los métodos pedagógicos, cuya importancia no
se discute, sino de una forma de enfocar la vida, de plantear
la educación, de orientar a las personas, de conducir
a la madurez… Se trata de unas actitudes profundas,
a cuyo conjunto llamamos estilo. Por esto no es de extrañar
que las solicitudes de apertura sean siempre superiores a
las posibilidades reales de llevarlas a cabo. La dedicación
llega, incluso, a superar las deficiencias que puede haber
en el nivel académico.
Dice con frecuencia: "No puedo ver
a un niño sin que me asalte el deseo de enseñarle
el catecismo y decirle cuánto lo ama Jesucristo".
Experimenta la necesidad de educar la fe a través de
la cultura: "Si tan sólo se tratase de enseñar
la ciencia profana a los niños, no harían falta
los hermanos; bastarían los maestros para esa labor.
Si sólo pretendiéramos darles instrucción
religiosa, nos limitaríamos a ser simples catequistas,
reuniéndolos una hora diaria para hacerles recitar
la doctrina. Pero nuestra meta es muy superior: queremos educarlos,
es decir, darles a conocer sus deberes, enseñarles
a cumplirlos, infundirles espíritu, sentimientos y
hábitos religiosos, y hacerles adquirir las virtudes
de un buen cristiano. No lo podemos conseguir sin ser pedagogos,
sin vivir con los niños, sin que ellos están
mucho tiempo con nosotros". Todo ello constituye un proyecto
de educación integral desde una óptica cristiana.
El estilo educativo de Marcelino hunde sus
raíces en su espiritualidad. El amor a Jesús
y a María es la fuente que inspira su pedagogía.
Su lema es: "Todo a Jesús por María; todo
a María para Jesús". Se sustrae, por ejemplo,
a las influencias de su tiempo en el tema de los castigos
corporales, muy frecuentes por aquel entonces. Su aportación
pedagógica y educativa se cifra en la visión
religiosa de la vida y de las personas, en un profundo sentido
común, en la capacidad práctica para afrontar
las diversas situaciones que se plantean, en la pedagogía
de la presencia como la mejor forma de prevención y
en la preferencia por los más pobres y abandonados.
Un proyecto de vanguardia
Otras instituciones religiosas exigían
a sus miembros ir de tres en tres y cobraban unas cantidades
determinadas. Marcelino, con tal de llegar a cubrir las necesidades
más perentorias, permite ir de dos en dos; admite,
incluso, la posibilidad de ir sólo un hermano, pero
debe reunirse a convivir en comunidad con otros. Se pregunta
"ante la imposibilidad en que se encuentran tantos Ayuntamientos
rurales para subvenir a las necesidades de más de dos
hermanos, ¿se debiera vacilar entre dejarlos sin medios
de educación o bien procurársela por medio de
dos hermanos, a pesar de que ofrezcan menos garantías
que tres? ¿Sería ventajoso para la religión
y para la sociedad detenerse ante tal consideración?".
Su afán apostólico no tiene fronteras. No quiere
que la falta de recursos económicos sea impedimento
para que los niños reciban educación. Por ello
se esfuerza en disminuir los costes a través del trabajo
en la propia huerta, del cobro a algunos alumnos y del regreso
de los hermanos al Hermitage cuando la escuela está
vacía.
Marcelino Champagnat vive la mística
en la acción. "Si el Señor no edifica la
casa, en vano se cansan los albañiles", es su
salmo preferido. En él los hechos, que brotan de una
espiritualidad apostólica profunda, hablan más
que las palabras. Sus escritos son escasos, centenares de
cartas y poco más. Impelido por el Espíritu
y la necesidad, prepara unos jóvenes para realizar
un proyecto de educación cristiana dentro de una vida
religiosa laical. Cuando la vida ha estallado en sus manos
y nuevos miembros piden ingresar en su Instituto, observa
que debe proporcionarles unas Constituciones. La acción
se anticipa a la palabra. Las normas surgen de la experiencia.
Los hermanos maristas heredarán su espiritualidad mariana
y su estilo pedagógico, la sencillez de trato y su
dinamismo apostólico a favor de los niños y
jóvenes, especialmente los más desatendidos.
Marcelino: un corazón sin
fronteras
Marcelino envía hermanos a Oceanía,
muriéndose de ganas de ir con ellos porque siente un
profundo espíritu misionero. Pero debe viajar a París
para obtener la legalización del Instituto. Su vida
espiritual alcanza un grado relevante: "Me hallo tan
unido a Dios en las calles de París como en los bosques
del Hermitage". Frente a las dificultades de la autorización
legal, reacciona así en una carta: "Tengo siempre
una gran confianza en Jesús y en María. Obtendremos
nuestro objetivo, no lo dudo, pero solamente desconozco el
momento... No olvide decir a todos los hermanos, cuánto
los amo, cuánto sufro por estar lejos de ellos...".
Llega el momento de plantearse el relevo.
Su salud no permite albergar muchas esperanzas. Procede a
la elección de su sucesor como Superior general. Los
hermanos eligen en 1839 al hermano Francisco. La vida del
Instituto sigue un ritmo trepidante con numerosas vocaciones
que llaman a las puertas. Aún encuentra tiempo y energías
para predicar un retiro a los alumnos. Su piedad y la bondad
que se transparenta en su rostro, marcado por la debilidad
y el dolor, conquistan el corazón de todos ellos, que
exclaman: "Este sacerdote es un santo". Dios está
con él. Deja arreglados todos los asuntos temporales,
para lo cual acude a un notario, ya que las propiedades de
la congregación figuran a nombre suyo. Dicta su testamento,
que destila una espiritualidad altísima y una sensibilidad
cercana. Dos frases: "¡Ojalá se pueda afirmar
de los Hermanitos de María lo que se decía de
los primeros cristianos: "Mirad cómo se aman"...
Es el deseo más vivo de mi corazón en estos
últimos instantes de mi vida. Sí, queridos Hermanos
míos, escuchad las últimas palabras de vuestro
Padre, que son las de nuestro amadísimo Salvador: "Amaos
unos a otros"; y "Una tierna y filial devoción
a nuestra buena Madre os anime en todo tiempo y circunstancia.
Hacedla amar por doquiera cuanto os sea posible".
Jesús, María y José
se hallan en el centro de su corazón y de su plegaria.
El sábado, 6 de junio de 1840, vigilia de Pentecostés,
poco antes del amanecer, Marcelino entrega su alma a Dios
a la edad de 51 años. La realidad que deja es pletórica,
pero su proyecto es aún más ambicioso: "Todas
las diócesis del mundo entran en nuestras miras".
Hoy casi 5.000 hermanos maristas y numerosos seglares hacen
presente el carisma de Marcelino en 75 países.
El día 29 de mayo de 1955, Marcelino ocupa la gloria
de Bernini, en el acto de su beatificación, bajo el
Pontificado de Pío XII y el 18 de abril de 1999, Champagnat
es canonizado por el papa Juan Pablo II. Este Papa, el 20
de setiembre del 2000, año del Gran Jubileo, bendice
la escultura de san Marcelino Champagnat que entra a formar
parte de los santos fundadores de Órdenes religiosas,
representados en la Basílica de San Pedro.
Fé y amor esculpidos para
siempre
Rasgos de san Marcelino en la escultura
de Deredia
La escultura refleja la fortaleza y la decisión
de Marcelino, que lleva sobre sus hombros el peso de la infancia
con ternura y delicadeza. Estas actitudes antropológicas
suyas adquieren toda su dimensión cristiana por la
fuerza de la cruz que sostiene con su mano izquierda. Los
niños, especialmente los pobres y marginados, precisan
una relación educativa que les proporcione seguridad
y amor. Así lo entendió Marcelino y así
lo irradia la estatua, con reminiscencias de la imagen del
Buen Pastor. El juego de pies y manos traducen la urdimbre
afectiva, que es el terreno abonado para recibir la Palabra
de Dios y la acción educativa. El niño sobre
los hombros se apoya en la cabeza del Santo adquiriendo una
perspectiva superior para ver la vida y su pie descansa seguro
en la mano derecha de Marcelino. A su vez, la figura inferior
del grupo escultórico se apoya en el pie de Champagnat,
como referencia personal, al tiempo que el libro abierto apunta
a las oportunidades educativas de que goza y su mirada va
configurando una manera propia de ver la vida. La humildad
y la sencillez de Marcelino se expresan a través del
mensaje de la estatua. No hay sobrecarga de elementos sino
trazos esenciales. La escultura permite atisbar el misterio
más sublime de la fe cristiana al representar la unidad
del amor en la trinidad de personas. Todo lo demás
es accidental. La obra no puede ser diversa. Describe en cada
signo el retrato del personaje y cada volumen armoniza con
el conjunto. La luz resbala suave y cándida sobre los
vestidos sin alterar aquella unidad can el universo que Miguel
Ángel y Marcelino soñaron. |