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En el Vaticano
La escultura de San Marcelino Champagnat. Un proyecto compartido

 

Lluís Serra Llansana, fms

 

Plaza de Santa Marta de la Ciudad del Vaticano, miércoles 20 de septiembre de 2000, Año del Gran Jubileo. El coche papal se detiene frente al nicho exterior del transepto izquierdo de la Basílica de san Pedro. Un lienzo enorme, sujeto a la pared con cuerdas, resiste a los impulsos de un fuerte viento. La armonía arquitectónica de Michelangelo contiene un secreto que va a ser desvelado. Un grupo numeroso de asistentes al acto se agolpa en torno al sitial reservado al Pontífice. Representantes del pueblo y del gobierno de Costa Rica junto con escultor Jorge Jiménez Deredia, con motivo de la celebración de los 150 años de relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y su país, ofrecen al Papa una estatua de san Marcelino Champagnat, Fundador del Instituto de los Hermanos Maristas. El H. Benito Arbués, Superior general, con hermanos suyos espera al Papa. El cardenal Virgilio Noè, presidente de la Fábrica de San Pedro, se apresta a recibir a Juan Pablo II, que desciende del automóvil. Entre los presentes se encuentran los financiadores.

Un gigante del amor

Los sueños de los protagonistas del acto se esconden detrás del lienzo. El crepúsculo de un milenio que se agota se funde con la aurora de un nuevo milenio. El mismo Papa escribirá en su Carta Apostólica "Novo Millennio Ineunte": "Sobre todo, queridos hermanos y hermanas, es necesario pensar en el futuro que nos espera. Tantas veces, durante estos meses, hemos mirado hacia el nuevo milenio que se abre, viviendo el Jubileo no sólo como memoria del pasado, sino como profecía del futuro". Con la colocación de esta estatua, el arte al servicio de la espiritualidad vive su peculiar Jubileo. El sueño de monseñor Virgilio Spada concretado en llenar las hornacinas de la Basílica vaticana con estatuas dedicadas a Santos Fundadores encuentra continuidad en otro espíritu privilegiado, el cardenal Virgilio Noè, responsable de la magnífica restauración de la fachada de la Basílica. El respeto y la fidelidad a la obra de Michelangelo se pueden compaginar con lenguajes artísticos de vanguardia. Jiménez Deredia abandona los pliegues barrocos para ofrecer una obra esencial donde nadie corre el riesgo de perderse en las formas sino que todos son invitados a sumergirse en el fondo. El Papa, arraigado en tradiciones milenarias, opta por el futuro a través de la acogida de nuevos estilos de escultura, de la apertura por vez primera a artistas no europeos como reflejo de la universidad de la Iglesia, de la elección de un santo que él mismo canonizó en 1999. La santidad de Marcelino, preñada de sencillez y audacia por el Reino, encuentra una bella traducción artística en esa estatua que su autor llama "un gigante del amor". La plaza de Santa Marta es el punto de encuentro de las diversas aspiraciones. Vamos a recorrerlas hasta que todas ellas se entrecrucen en la estatua velada todavía por la tela que pugna con el viento por no anticipar el instante de la inauguración.

Los primeros pasos

Juan Pablo II firma el 3 de julio de 1998 el Decreto de aprobación del milagro que permitirá incorporar a Marcelino Champagnat, beatificado el 29 de mayo de 1955 por Pío XII, al árbol de los santos. Un largo sueño, acariciado por los hermanos maristas y confiado frecuentemente al Señor y a María, se convierte en realidad. El Consejo provincial de la Provincia marista de Italia encomienda al H. Gabriele Andreucci, postulador de la causa, que realice las consultas pertinentes para ver la posibilidad de colocar en la Basílica de san Pedro una estatua de Marcelino Champagnat, tras la ceremonia de la canonización que se prevé para la primavera de 1999. A finales de julio, contacta epistolarmente con el cardenal Virgilio Noè, presidente de la Fábrica de san Pedro. La respuesta inmediata del cardenal expresa un magnífico espíritu de acogida y pone en marcha unas conversaciones que el postulador iniciará con el Dr. Alfredo Maria Pegolizzi. Como todas las hornacinas del interior están ya ocupadas, el exterior es la nueva posibilidad que se abre. Se reproduce aquí la historia de otras estatuas: la dificultad de financiación del proyecto. El Consejo provincial desiste de su proyecto al dar prioridad a la realización de obras sociales y el viejo sueño se agazapa en los repliegues de la memoria. En carta del 12 de octubre de 1998, se comunica la decisión del Consejo provincial al cardenal Virgilio Noè, que está embarcado en los grandes proyectos de la restauración de la fachada de la Basílica y que proyecta recuperar el sueño de Virgilio Spada. Comprende la situación pero no renuncia a sus sueños.

San Marcelino Champagnat, un corazón sin fronteras

Se celebra la canonización de Marcelino Champagnat en la Plaza de San Pedro el 18 de abril de 1999. Su cuadro juntamente con los de Juan Calabria y Agustina Pietrantoni cuelga de los andamios que cubren la fachada de la Basílica de san Pedro del Vaticano. Más de ochenta mil personas se reúnen en la plaza para participar de la celebración eucarística y del rito de canonización de los tres beatos. Todo está dispuesto como en las grandes solemnidades. A las 10,15 de la mañana, el Papa Juan Pablo II pronuncia, en ejercicio de su magisterio, la declaración de santidad de los beatos mencionados. Las finas gotas de lluvia, que obligan por dos veces a desplegar los paraguas, alternan con los rayos de sol, pero no por ello el tiempo es protagonista en la ceremonia. Impresiona el silencio de la multitud, la vivencia profunda de la liturgia, la serenidad y el gozo interior.

En el cuadro del centro, se encuentra Marcelino Champagnat, padre marista francés y fundador del Instituto de los Hermanos Maristas. El Papa habla de él en la homilía: "Fue un sacerdote conquistado por el amor de Jesús y de María. Gracias a su fe inquebrantable, permaneció fiel a Cristo, incluso en medio de las dificultades, en un mundo a menudo sin el sentido de Dios (…) Anunció el Evangelio con un corazón ardiente. Fue sensible a las necesidades espirituales y educativas de su época, especialmente a la ignorancia religiosa y a las situaciones de abandono que vivía particularmente la juventud". Miles de peregrinos, hermanos y personas vinculadas a los maristas, llevan escrito en sus bufandas festivas el lema: "Marcelino. Un corazón sin fronteras". En ese momento, unos 5000 hermanos aseguran la presencia marista en 74 países de los cinco continentes.

Un escultor al servicio de un sueño

Un joven escultor costarricense viaja a Italia en 1976. Tiene 21 años. Trae en su bolsillo una beca para siete meses. Le acompaña Giselle, su mujer. Los talleres de Carrara se abren a sus deseos de aprendizaje. No puede borrar de su memoria las imágenes de las esculturas precolombinas de su país de origen. Cuando cruza por vez primera el umbral de la Basílica de san Pedro y contempla las estatuas, sueña en colocar allí una de sus obras. Para unos serían sueños de juventud. Para él, una intuición de futuro. En 1998 obtiene el Premio internacional Beato Angélico que el Vaticano concede a los artistas que han contribuido con la espiritualidad de su acción a dar a conocer la cultura de su país de origen, ofreciendo una aportación a la integración cultural de los pueblos. Se le abre la posibilidad de colaborar con la Fabrica de san Pedro. Javier Guerra, embajador de Costa Rica ante la Santa Sede, ofrece cobertura diplomática al proyecto de colocar una estatua. Diversos mecenas de Costa Rica dan su apoyo económico. Se recupera una petición, dormida en los archivos pero no olvidada en la memoria. El cardenal Virgilio Noè reanuda casi un año después las conversaciones para que los maristas den su placet a la realización de la obra y al escultor escogido. En septiembre de 1999, se abre un nuevo período de intercambio epistolar. El H. Benito Arbués, Superior general del Instituto de los Hermanos Maristas, escribe una carta al Papa el 18 de octubre en la que le pide autorización para colocar la estatua de san Marcelino.

La luz verde al proyecto abre un nuevo capítulo. El escultor tiene que conocer al santo y expresar su espiritualidad y psicología a través del mármol. Se trata de hermanar la belleza con la verdad histórica del personaje. Para ello, Jiménez Deredia telefonea a la Casa general de los Hermanos Maristas, que se encuentra en Roma, para pedir materiales e informaciones sobre Marcelino. Le responde el H. Lluís Serra, Director de Publicaciones del Instituto, que colaborará en muchas gestiones referentes al proyecto de la estatua. Le invita a visitar la Casa general entendiendo que una relación personal y directa puede enriquecer mejor la comprensión del carisma marista que una exclusiva serie de lecturas. El escultor no conoce a Marcelino. Tiene que adentrarse en su alma para plasmar en el mármol la esencia del santo. Las impresiones de la primera visita son determinantes para su trabajo. Al hacer un recorrido por los cuadros que se pintaron para la beatificación, le impacta fuertemente el encuentro de Marcelino con Montagne, un joven moribundo que atiende. Tras este encuentro, Champagnat pasa a la acción. Tiene 27 años, pero no puede esperar más. La llamada de Dios pasa por ese instante. Jiménez Deredia se siente también atraído por la relación psicológica y espiritual que Marcelino tiene con los niños. La lectura de su vida y la relación con los hermanos le ayudan a profundizar en el santo y a establecer una vinculación de analista, de escultor y de amigo. Marcelino conquista su alma. Sus manos, usando el martillo y el escoplo, no servirán a los cánones de la estética formal sino que obedecerán a los dictados del corazón.

El don de Costa Rica

América Latina es el vivero actual del catolicismo. La universalidad de la Iglesia está superando cada vez más las fronteras europeas, tal como puede observarse en el Sacro Colegio Cardenalicio que ofrece una imagen internacional como nunca en la historia. El arte sigue también esta tendencia, en este caso a través de la aportación de Costa Rica. Un país sólo de 51.000 km2 y 3,5 millones de habitantes. Un país que derogó en 1948 su ejército como opción a favor de la paz y de la educación. Un país que deja su huella en el marco de una obra realizada por el arquitecto Michelangelo. Un país, con presencia marista, que vive y siente su fe católica. Costa Rica aporta el escultor pero también los mecenas. El matrimonio Rodolfo Jiménez Borbón y Olga Solera de Jiménez, de gran arraigo en su país y con hondo sentido espiritual dan apoyo al proyecto. No se trata sólo de una aportación económica. Se sienten identificados de tal manera que viven el día al día de todo el proceso, las luces y las sombras, las alegrías y las angustias, que una obra de tal conlleva. De forma parecida, el salvadoreño Ricardo Poma se adhiere al proyecto y participa en el mecenazgo del mismo. Los tres se encuentran en la plaza de Santa Marta.

El automóvil se retira. El Papa toma asiento en su sitial, elevado sobre una pequeña tarima en el centro de una alfombra de tonalidades rojizas. A su derecha, de pie, el cardenal Virgilio Noè. El viento lanza al aire las canas de Juan Pablo II a duras penas retenidas por el solideo. El sol casi otoñal de mediodía proyecta sus rayos de luz sobre el ábside exterior del transepto y abraza por la espalda al grupo. Todos los presentes clavan sus ojos en el gran lienzo que ahora, poco a poco, desciende para desvelar la estatua de san Marcelino Champagnat.

 
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