Los ojos escrutadores de Juan II contemplan
la estatua de san Marcelino, ya completamente desvelada. El
lienzo descansa en el suelo por unos instantes antes de ser
retirado por los trabajadores de la Fábrica de san
Pedro. El blanco marmóreo de Carrara se refleja en
las pupilas de todos los asistentes. La estatua con pedestal
incluido supera los cinco metros de altura. Las ajustadas
proporciones de la Basílica absorben la grandeza produciendo
un resultado de armonía. Sólo cuando se entra
en contrastes comparativos, la inmensidad se hace evidente.
Sin querer, el pensamiento vuela hacia el momento de la colocación
de la escultura en la hornacina.
Colocación de la escultura
El viernes 15 de septiembre es el día
reservado a la colocación. El largo trailer que transporta
la estatua hace rugir sus motores durante toda la noche para
trasladarla desde Carrara hasta las puertas de la Ciudad Eterna,
a donde llega antes de despuntar las primeras luces de la
aurora. La tensión marca todos los minutos de la jornada.
Por fin el sueño acariciado durante tantos meses está
a punto de cumplirse, pero la colocación entraña
riesgos que pueden echar al traste el trabajado realizado.
La emoción de ver tan próxima la meta puede
hacer temblar el pulso. El miedo escénico puede cobrarse
su precio. El trabajo de equipo es indispensable.
A las 7 de la mañana, el trailer
entra a la plaza de Santa Marta. Poco a poco, el bullicio
crece, cuando llegan los artesanos de Carrara, expertos en
operaciones de este tipo, que conocen muy bien la estatua.
A ellos se añade, una grúa imponente, capaz
de alzar 60 toneladas y de desplegar un brazo de 40 metros
de diámetro, dirigida por su propio equipo de trabajadores.
Las 25 toneladas de la escultura no son su principal desafío,
sino la precisión y la necesidad de que no reciba el
mínimo rasguño.
La plaza de Santa Marta es lugar de mucho
tráfico. El paso de un presidente con su séquito
y la circulación habitual postergan el inicio de las
operaciones hasta la una y media de la tarde. Superada la
tensión de la espera. Jiménez Deredia dirige
las maniobras integrando a los dos equipos de trabajadores.
Se bajan del camión la estatua y el pedestal para depositarlas
en el pavimento de la plaza. Posteriormente, su sube la base
al entarimado, construido para esta ocasión y capaz
de soportar las 25 toneladas de peso de la escultura. De ahí
a la hornacina. El amarre de la estatua con las cinchas constituye
la operación más laboriosa y larga. Un desequilibrio
o una rotura precipitaría el inmenso bloque al suelo.
La grúa alza la escultura y la coloca entre los pines
del pedestal incrustándola en la barra de acero, prevista
por el escultor para contener posibles deslizamientos por
movimientos sísmicos. Todo se lleva a cabo como se
había previsto, bajo la mirada atenta del cardenal
Virgilio Noè. Tras unos retoques, la operación
se culmina con éxito.
El Papa bendice la escultura
La agenda jubilar de Juan Pablo II está
llena de acontecimientos e incluye en la misma la bendición
de la estatua de san Marcelino, aceptando así la invitación
del Instituto de los Hermanos Maristas a presidir este acontecimiento,
que tiene lugar inmediatamente tras la audiencia del miércoles,
20 de septiembre de 2000, celebrada en la plaza de San Pedro.
Las hemerotecas permiten confirmar que Marcelino Champagnat
es el primer santo canonizado en tener una estatua en la Basílica
de San Pedro mientras vive el Papa que lo ha inscrito en el
libro de los santos y además es el único de
los canonizados por Juan Pablo II en tener una estatua en
la Basílica. San Marcelino fue siempre fiel vida al
Papa de Roma, superando las corrientes de su época
que se encaminaban hacia la construcción de una iglesia
nacional francesa. Esta presencia de Juan Pablo II constituye
un reconocimiento al sentido universal del santo y a su apertura
hacia el futuro, ya que esta celebración se enmarca
en los actos del Jubileo que abre las puertas de la Iglesia
hacia el tercer milenio.
El H. Benito Arbués, Superior general del Instituto
de los Hermanos Maristas lee un breve discurso:
“Santo Padre,
Le dirijo estas palabras de saludo y de agradecimiento, en
nombre de las personas aquí presentes y de otras muchas
que por motivos de admiración a San Marcelino Champagnat
y de gratitud a la persona del Papa, se unen espiritualmente
a este significativo acontecimiento.
S.S. canonizó a Marcelino Champagnat
el 18 de abril de 1999. Fue un obsequio el que nos dio a las
cuatro congregaciones nacidas de la Sociedad de María,
a la Iglesia Universal y de modo especial a los jóvenes.
San Marcelino es un modelo de santidad para sus hijos espirituales
y también para muchos jóvenes que sedientos
de valores buscan a Jesús.
Esta estatua que S.S. bendice hoy, es un
presente del Pueblo y de las autoridades de Costa Rica y una
obra maestra del escultor Jiménez Deredia.
Desde esta hornacina San Marcelino, seguirá ofreciendo
mensajes del amor de Jesús y de María a muchos
educadores cristianos y a jóvenes que al peregrinar
a Roma, revivirán la experiencia religiosa de la Jornadas
Mundiales de la Juventud de este Año Jubilar.
Santo Padre, muchas gracias por estar aquí
con nosotros. Pedimos a María Madre de la Iglesia que
le acompañe en este peregrinar del Jubileo 2000 para
que siga siendo testigo de esperanza y del amor de Dios para
nuestro mundo.”
El Papa lo felicita cordialmente juntando
las manos con un gesto de aprobación e intercambian
brevemente unas palabras. Se alza de su sitial y eleva su
oración en voz alta.
Toma el hisopo con su mano derecha y lo
dirige hacia al escultura enviándole el agua de la
bendición, así como también a los presentes.
El viento sopla con ímpetu. La belleza de la estatua
concreta la catequesis que Juan Pablo II acaba de dirigir
en la audiencia: "Quien realiza la verdadera experiencia
del amor de Dios, no puede evitar repetir con conmoción
siempre nueva la exclamación de la primera carta de
Juan: '¡Qué grande amor nos ha dado el Padre
para ser llamados hijos de Dios y lo somos realmente!' (1
Jn 3, 1)". Jiménez Deredia simboliza en la escultura
de Marcelino la fortaleza de quien lleva sobre sus hombres
el peso de la infancia y la ternura de quien la ama según
el modelo de Cristo y de María.
El besamanos culmina la celebración.
El escultor, su mujer Giselle y su hijo Esteban reciben una
afectuosa acogida por parte del Papa. Diversas personalidades
asistentes, entre las que se encuentran de los financiadores,
rinden al Papa el tributo de su fidelidad y afecto. El Papa
se despide con el signo de la cruz y con el saludo a todos
los presentes, sube al automóvil, que abandona la plaza
de Santa Marta.
La celebración
eucarística y la inauguración oficial
El Altar de la Cátedra de la Basílica
de San Pedro es el lugar escogido para celebrar la Eucaristía
a las cinco de la tarde. La preside Mons. Román Arrieta
Villalobos, arzobispo de San José de Costa Rica y actúan
de concelebrantes numerosos sacerdotes. Gran cantidad de peregrinos,
presentes en Roma para vivir el Jubileo, se suman a los invitados.
La coral de la Basílica acompaña con sus voces
el desarrollo de la liturgia. El incienso y las vidrieras
de Bernini crean una atmósfera mística de espiritualidad.
La Palabra de Dios ilumina la vida de san Marcelino: "Extenderé
su doctrina como una profecía, la transmitiré
a las generaciones futuras" (Ecl. 24, 30-34) y "El
que acoge a un niño como éste en mi nombre,
me acoge a mí" (Mt. 18, 1.7-10). La homilía
enmarca el sentido del acto y comenta los textos bíblicos.
El canto del "Salve Regina", tan apreciado por Marcelino,
cierra la celebración eucarística.
La inauguración repite el escenario de la mañana
con alguna pequeña modificación. Unas filas
de asientos se abren en abanico frente a la estatua, que conjuga
la modernidad de sus trazos con la tradición de las
paredes de la Basílica. La coral de la Basílica
introduce la nota musical del "Te Deum".
El H. Benito Arbués dirige unas palabras
de saludo y agradecimiento, que son seguidas por una lección
magistral del Cardenal Virgilio Noè en la que se entremezclan
la historia, la arquitectura, la escultura y la espiritualidad.
Un caluroso aplauso sigue a la intervención del cardenal
Virgilio Noè. Los presentes contemplan una vez más
la estatua. La frialdad física del mármol de
Carrara se ha rendido a Jiménez Deredia. Ahora, aquel
bloque arrancado de la cantera Figaia número 92 transmite
ternura, fortaleza, belleza y espiritualidad. Al acabar la
ceremonia, la Embajada de la República de Costa Rica
ante la Santa Sede y los Hermanos Maristas de la Enseñanza
ofrecen una recepción en la biblioteca de la Fábrica
de San Pedro.
Asistimos al crepúsculo de un sueño.
La escultura de san Marcelino Champagnat, como una realidad
perennemente ofrecida a la contemplación, puede hacer
nacer otros sueños y servir de estímulo para
que siempre haya educadores y apóstoles que eduquen
a los niños y a los jóvenes con la fuerza indestructible
del amor.
..." El buen Jesús promete llevaros
sobre sus hombros para ahorraros el
trabajo de andar "...
San Marcelino Champagnat
Carta al H. Bartolomé, 1 de noviembre de 1831
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