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  Doc WORD - Español - 2,5 MB
Diseño: Charles Roch
Texto: Félix Rodrígues y Lluís Serra
 
«Libertad, igualdad y fraternidad» es el grito de los revolucionarios de Francia. Corre el año 1789.
   

Rosey es una aldea del municipio de Marlhes en una zona montañosa. A unos cincuenta kilómetros, se encuentra la ciudad de Lyon.
   

El 20 de mayo nace el noveno hijo de la familia Champagnat Chirat. En el bautismo, sus padres le ponen de nombre Marcelino.
   

Juan Bautista, su padre, ejerce importantes cargos políticos. La gente le aprecia por su buen criterio y su espíritu conciliador.
   
Su madre se llama María Teresa. Lleva la casa y se dedica especialmente a la educación de sus hijos. Les enseña a amar a María, la madre de Jesús. Quiere que sean buenos cristianos y honrados cristianos.
   

Marcelino es el más pequeño de los hermanos. Aunque de vez en cuando se pelean..., se sienten unidos y se quieren de veras.
   
Una tía suya, monja, huye de la persecución religiosa. Se llama Luisa. La acogen en su casa. Ella prepara a Marcelino para la primera comunión. Es un buen ejemplo que siempre recordará.
   
El primer día de clase lo pasa muy mal. El maestro pega a un compañero que se adelanta a leer. Por eso no quiere volver a la escuela. Prefiere llevar el rebaño a los pastos.
   
Aprende de su padre a realizar diversos trabajos manuales. Como es muy listo y tiene buen olfato para los negocios, consigue ahorrar algún dinero con la venta de los corderos.
   
Un día, durante la catequesis, el cura da un apodo burlón a un compañero de clase que, desde entonces, se vuelve muy arisco. Nunca lo olvidará. Cree que todo el mundo merece respeto.
   
Francia pasa por momentos de gran ignorancia. Los niños no tienen escuela o asisten a escuelas deficientes. Se necesitan buenos maestros y también sacerdotes.
   
Un sacerdote acude a su casa por si alguno de los chicos de la familia quiere ir al seminario. El hijo mayor dice que no. Después habla con Marcelino, que acaba de regresar del trabajo.
   

«Tienes que estudiar para ser sacerdote, Dios lo quiere», le dice después de ver que Marcelino es abierto y sencillo. Marcelino le responde : «Quiero ir al seminario. Acertaré, puesto que Dios lo quiere».
   

Poco antes de marchar al seminario, muere su padre. Marcelino tiene quince años. Es un golpe muy duro porque le quería profundamente.
   
A los 16 años entra en el seminario de Verrières. Es fácil distinguirle por su gran estatura. Algunos se ríen de él. Pero, poco a poco, consigue el respeto y la amistad de sus compañeros.
   
Mientras, Napoleón, que gobierna Francia, busca la gloria a través de las guerras, Marcelino se esfuerza por conquistar la ciencia y la piedad.
   
No todo le sale bien al principio. Parte de una preparación escolar muy deficiente, que le exige muchas horas de estudio para ponerse al nivel de la clase.
   
Mejora su conducta y su rendimiento. Le nombran encargado de dormitorio, lo que le permite dedicar más tiempo a los libros. Quiere ser merecedor de la confianza que le han otorgado.
   
Su madre, que lo ha apoyado en los momentos de mayor difícultad, muere cuando Marcelino tiene veinte años. Siempre querrá ser digno de ella.
   
Pasa al seminario mayor de Lyon para estudiar teología. Ya no es un muchacho. Tiene veinticuatro años. Cada vez está más cerca de su ansiada ordenación sacerdotal.
   
Aprovecha las vacaciones para formar grupos de esparcimiento con los niños y las niñas de su pueblo. Les organiza juegos y les enseña a amar a Dios. Cada año esperan el verano para estar con él.
   
A menudo se reúne con un grupo de amigos del seminario. Quieren fundar una Sociedad que lleve el nombre de María para el apostolado y las misiones. Están muy entusiasmados.
   
Además, él tiene otro proyecto. Cree que se necesitan maestros y educadores que se dediquen sobre todo a los niños y a los jóvenes. Por eso les repite : «Necesitamos hermanos». Le encargan de su fundación.
   

Una enfermedad interrumpe sus estudios. Los aires del pueblo y el trabajo del campo le ayudan a recuperarse. Nada le apartará de su vocación.
   
Llega el gran día en que va a ser ordenado sacerdote con otros cincuenta y dos compañeros. La catedral de Lyon está totalmente abarrotada. El calendario marca el 22 de julio de 1816.
   
Al día siguiente sube al Santuario de Fourvière con un grupo de amigos para consagrarse a la Virgen. Así comienza el proyecto de fundación de la Sociedad de María.
   
Recibe su primer destino: vicario de La Valla, un pueblo entre montañas. Llega allí a pie. Al ver las casas, se arrodilla y reza a Dios y a su Buena Madre con ilusión y confianza.
   
La parroquia está casi abandonada. Las borracheras y otros problemas graves exigen una actitud firme y comprensiva. Marcelino, que es un sacerdote dinámico y joven, produce un gran impacto.
   
La catequesis se convierte en motivo de alegría para los niños, aunque algunos han de caminar largo trecho para acudir a la iglesia. Les trata con afecto. Prefiere la recompensa al castigo.
   
Habla con los adultos de un modo que todos le escuchan y le hacen caso. Cuida con especial cariño a los enfermos y a los pobres, que son sus preferidos.
   
Le llaman para confesar a un muchacho de diecisiete años, muy enfermo, Juan Bautista Montagne. Ve que no sabe casi nada de religión. Le habla de Jesús y le ayuda a morir en paz. Había llegado a tiempo. Pero...
   
La situación requiere una respuesta. Poco después, el 2 de enero de 1817, funda el Instituto de los Hermanitos de María. Dos jóvenes son los primeros en vivir muy cerca de la parroquia.
   
Los hermanos no son sacerdotes. Se consagran a Dios como religiosos para educar cristianamente a los niños y jóvenes. Creen que su presencia entre ellos es la mejor forma de educarlos.
   
Para realizar esta misión es preciso prepararse. Viven pobremente, rezan, estudian y trabajan manualmente fabricando clavos para sustentarse. También sacan tiempo para el ocio y la convivencia.
   
Marcelino funda una escuela en Marlhes. Pronto el éxito se extiende por las cercanías. Los niños no están habituados a que los maestros compartan su vida con ellos de forma tan sencilla y amistosa.
   
Muchos pueblos quieren tener una escuela de hermanos. Se la piden a Marcelino. Sin embargo, hay escasas vocaciones. Como siempre, reza a la Buena Madre: «Madre, ayúdanos; es tu familia».
   

De forma sorprendente e inesperada, ocho jóvenes pider ser hermanitos. Marcelino siente cómo crece su confianza.
   
Regresando de visitar una escuela con el hermano Estanislao, una tempestad de nieve borra los caminos. Perdidos y agotados, rezan a la Virgen y ven una luz... ; acogidos, pueden pasar la noche.
   
Muchos jóvenes desean hacerse hermanitos de María. La casa que habitan les resulta demasiado pequeña. Tienen que construir otra mayor, nueva, que los acoja a todos sin problemas.
   
Encuentra, junto al río Gier, una finca muy rocosa. Esto hace que sea barata. Como no tiene dinero, no puede escoger. La compra. Se halla situada en el hondón de un valle.
   
Los hermanos participan en la construcción. Marcelino colabora como albañil. Como es muy fuerte, carga con las piedras más pesadas. La casa, inaugurada en 1825, recibe el nombre de Nuestra Señora del Hermitage.
   
Marcelino deja la parroquia de La Valla y se va a vivir con los hermanos. La vida es sencilla ; la comida, frugal. Todos están contentos de poder vivir juntos.
   
Suelen gastarse bromas. Un atardecer, ya oscuro, el hermano Silvestre monta a caballo de uno que sube la escalera : «Calladito y hasta arriba»... Cuando llegan, se da cuenta de que es Marcelino.
   
Viajar a pie en condiciones difíciles y con un clima riguroso, hace que Marcelino caiga en cama. La enfermedad parece grave. No hay esperanzas de recuperación.
   
Otro sacerdote, Courveille, quiere gobernar a los hermanos. Su forma áspera de tratarlos y la posible muerte de Marcelino les aflige. Algunos, desanimados, quieren volver a su casa.
   
El hermano Estanislao no pierde la confianza. Modera los excesos del señor Courveille y anima a los hermanos a continuar fielmente su camino.
   

Marcelino se levanta de la cama y asiste a una reunión de la comunidad. Todos le renuevan su confianza. Poco a poco recupera la salud y se restablece totalmente.
   

Los párrocos y los alcaldes le llaman por doquier. El ritmo de crecimiento de las escuelas no cesa. Continuamente se abren nuevos centros.
   
La revolución de 1830 en París obliga al cierre de muchos seminarios. Marcelino no tiene miedo y continúa admitiendo a nuevos hermanos en el Instituto.
   
Sus cartas a los hermanos transmiten afecto, alegría, confianza. Los anima en las dificultades. Los orienta en sus problemas. Para todos tiene la palabra justa.
   
Los niños... ¡Cómo le gusta estar entre ellos, pasar por las clases, hablarles del amor a Jesús, preguntarles la lección, instruirlos y educarlos!
   
Viaja a París para obtener la aprobación legal de los hermanos. Pasa tres meses de despacho en despacho. Le reciben siempre con buenas palabras, pero la aprobación no llega.
   
Los tres primeros hermanos misioneros van a Oceanía. Marcelino, que siempre ha deseado ir a las misiones, sólo puede acompañarles con el corazón y la plegaria.
   
A pesar de vivir en un pueblo pequeño, Marcelino exclama: «Todas las diócesis del mundo entran en nuestros planes». No hay frontera que le detenga. Es un canto al amor universal.
   

En el año 1837 aparecen las primeras Reglas escritas. Constituyen un conjunto de normas surgidas de la experiencia. Está muy satisfecho de ellas porque son una garantía de futuro para el Instituto.
   
Consciente de que le queda poco tiempo, cree llegada la hora de que los hermanos elijan superior entre ellos. Celebran elecciones. Se reúnen noventa y dos. Eligen al hermano Francisco.
   
Aunque no se encuentra bien, habla de Jesús a los alumnos. Se expresa con tal sinceridad que su ternura impresiona a todos. Le recordarán siempre como a un santo.
   
Llega un momento en que no puede seguir. Sus fuerzas se agotan. Las piernas no le sostienen. Debe guardar cama.
   
Los hermanos evitan cualquier ruido. Marcelino está enfermo y ellos preocupados. El dolor se convierte en delicadeza. La plegaria se hace intensa. Viven el drama de una enfermedad irreversible.
   
Días antes de morir, dicta su testamento, unos consejos para los hermanos: «Amaos los unos a los otros. Amad a nuestra Buena Madre y enseñad a amarla. Sed modelos para los jóvenes».
   
Muere en el Hermitage, a las cuatro y media de la mañana del 6 de junio de 1840, a los cincuenta y un años de edad, mientras la comunidad canta la Salve diaria a la Virgen.
   
La pequeña semilla que deja Marcelino todavía da hoy sus frutos en más de setenta países de los cinco continentes.
   
Los hermanos están cerca de los niños y los jóvenes, especialmente de los más necesitados. Los escuchan allá donde están. Conocen sus problemas. Ofrecen la presencia de un amigo.
   
Con otros muchos educadores seglares, los hermanos convierten sus escuelas en un lugar de encuentro y de estudio, de convivencia y deporte, de amistad y de plegaria. Es decir, una verdadera familia.
   
Muchos rezan a Marcelino. Algunas personas, gravemente enfermas, han sido curadas por su intercesión: una señora en los Estados Unidos, un joven en Madagascar, un hermano marista en Uruguay…
   
El 18 de abril de 1999 ha tenido lugar la canonización de Marcelino por el Papa Juan Pablo II. La Iglesia, al declararlo Santo, le presenta a todos los fieles como un modelo de vida cristiana.
   
Nuevas fundaciones reclaman la presencia de los hermanos entre los jóvenes. ¿Sabes cuándo llegaron a tu país? Unos cuantos, en diversos países del mundo, han entregado su vida hasta el martirio.
   
En ambientes urbanos o rurales, los jóvenes valoran la presencia de los Hermanos, de los educadores y animadores laicos maristas... que inspiran su vida en la persona y la espiritualidad de Marcelino.
   
Hoy, en la escuela y en otros lugares, incluso en la frontera social de la marginación, los hermanos y todas las personas que comparten su misión, hacen presente la vida, la misión y el recuerdo de Marcelino.
   
Como en tiempos de Marcelino, los jóvenes de hoy se comprometen en su seguimiento como religiosos y apóstoles entre la juventud. ¿Qué eco despierta en ti la historia de San Marcelino?
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