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| Carnet de identidad |
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Datos básicos |
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Los hermanos maristas somos hermanos consagrados
a Dios, que seguimos a Jesús al estilo de María,
que vivimos en comunidad y que nos dedicamos especialmente
a la educación de los niños y de los jóvenes,
con más cariño por aquellos que más lo
necesitan.
Somos más de 4.300 hermanos, diseminados
en 76 países de los cinco continentes. Compartimos
nuestra tarea de manera directa con más de 40.000 laicos
y atendemos cerca de 500.000 de niños y jóvenes.
San Marcelino Champagnat (1789-1840), sacerdote
francés, fundó el Instituto de Hermanos Maristas
de la Enseñanza en 1817.
El itinerario marista comprende las siguientes
etapas: discernir la vocación, postular el ingreso
en comunidades de formación, vivir un tiempo de noviciado
que culmina con la profesión de los votos o compromisos,
proseguir un período de formación académica
para las tareas que se desempeñarán en los años
sucesivos e iniciar de manera directa su dedicación
a los niños y jóvenes en las más diversas
situaciones, consciente de que su servicio constituye un valor
inestimable. |
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Necesitamos hermanos y hermanas... |
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Marcelino
Champagnat, consciente de las carencias de la juventud y asaltado
por numerosas peticiones procedentes de muchos lugares diversos,
llegó a exclamar “Necesitamos hermanos”.
Hoy, en un nuevo contexto social y eclesial, pero con las
mismas urgencias, Marcelino repetiría su deseo ampliándolo:
“Necesitamos hermanos y hermanas, hombres y mujeres,
religiosos y laicos, profesores, animadores de grupo y cooperantes...
que quieran vivir el proyecto de la fraternidad”. Este
imperativo de Marcelino recoge las palabras de Jesús:
“La mies es mucha y los obreros son pocos. Rogad, pues,
al dueño de la mies, para que envíe operarios”. |
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Con los ojos abiertos |
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| Como María, Marcelino tenía
los ojos abiertos. Ella vio las necesidades de su prima Isabel
y los apuros de una pareja de recién casados en Caná.
Hoy, todos los hombres y mujeres que deseamos seguir a Marcelino,
queremos mantener los ojos abiertos a la realidad que nos
rodea. Cuando los rostros de los niños y de los jóvenes,
cuando las carencias de los pobres y abandonados entran en
la retina de una persona inquieta y sensible, no se puede
caer en la indiferencia. Si hay un corazón generoso,
provocan una respuesta. La escuela ha sido nuestra opción
históricamente mayoritaria, pero hoy nos abrimos a
nuevos problemas: los niños de la calle, la drogadicción,
la pobreza profunda... Para atender tantas situaciones difíciles,
necesitamos hermanos y hermanas, hombres y mujeres, religiosos
y laicos. |
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La pasión por el Reino |
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Marcelino fue un apasionado
por el Reino de Dios. Entendió que el proyecto de Dios
se expresa en el bien del hombre y de la mujer. Fue un místico
en acción. Su convicción: “Amar a Dios
y afanarse en darlo a conocer y hacerlo amar, ésa ha
de ser la vida de un hermano”. La pedagogía y
la psicología son indispensables para acercarse a los
jóvenes, pero no bastan. Marcelino contagió
a los primeros hermanos su pasión por el Reino de Dios.
Los educadores y educadoras, los animadores de grupos, los
miembros del Movimiento Champagnat..., en la medida que participan
del espíritu de Marcelino, se comprometen apasionadamente
por el Reino.
Estas personas son un regalo para nuestro Instituto, para
la Iglesia y para el mundo de hoy. |
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Una espiritualidad apostólica |
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| Vivir al estilo de María, la Buena
Madre. Su lema: “Todo a Jesús por María,
todo a María para Jesús”. María
desempeña en la historia de la salvación un
papel esencial, pero sin ser protagonista. Como se dice en
el teatro: “no existen pequeños papeles sino
pequeños actores”. La sencillez y la discreción,
la proximidad y la presencia son vividas desde la cotidianidad.
Comprometerse con el proyecto de Marcelino al estilo de María
significa colaborar sin protagonismo, llevar el mundo a Dios,
tener espíritu de servicio, mantener relaciones cordiales...
Las actitudes de las personas que comparten el proyecto de
Marcelino reflejan la espiritualidad de María. |
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Solidarios con los más pobres |
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Marcelino
rompe los esquemas de la época cuando se esfuerza por
conseguir la igualdad de oportunidades: “He comprendido
la urgente necesidad de crear una sociedad que pueda dar a
los niños de los pueblos la buena educación
que otras Congregaciones dan a los de las ciudades, pero con
coste inferior”. El último Capítulo General
proclama: “Nos sentimos llamados a insistir en la solidaridad
como dimensión esencial de nuestra educación
y a poner nuestras obras al servicio de los pobres. Porque,
hoy más que nunca, aumenta el número de pobres
y marginados a los que no se les anuncia el evangelio, nos
sentimos llamados a recrear la experiencia Montagne por fidelidad
a Cristo y a Marcelino, a educar en solidaridad y para la
solidaridad como poderoso instrumento de evangelización”. |
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Compartir la misión |
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| Los
carismas de los fundadores se han entendido como un don para
el Instituto que han creado. Hoy, desde una visión
eclesial nueva, los carismas se conciben como un don para
la Iglesia. La espiritualidad y la misión de Marcelino
no es una exclusiva de los hermanos, sino que se abre a todas
aquellas personas, hombres y mujeres, que quieren plasmar
en su vida los valores maristas, que quieren participar, cada
uno desde su lugar, del proyecto fundacional de Marcelino.
Los hermanos tienen un sentido especial, pero hoy comparten
su espiritualidad y su misión con muchos jóvenes
animadores, con profesores y profesoras, con el Movimiento
Champagnat de la Familia Marista, con tantos otros que ven
en el itinerario de Marcelino una invitación a realizar
su propio camino de crecimiento humano y espiritual. |
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Refundar la herencia |
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Marcelino
nos dejó una herencia. No basta conservarla. Hay que
actualizarla y refundar continuamente el Instituto para dar
las respuestas a los problemas de hoy desde la óptica
de Champagnat. El H. Benito nos recuerda en su circular: “Caminad
en paz, pero de prisa”: “Refundar es reorientar
efectivamente el Instituto en la línea de las intuiciones
e intenciones que tuvo el Fundador en los orígenes
de la Congregación”.
En Marcelino, existe la profunda convicción
del valor de la vocación del hermano: “¡Qué
importante es su tarea! ¡Qué sublime!”,
escribe al H. Bartolomé. En cada época histórica
hay que leer los signos de los tiempos para descubrir la manera
de comunicar a los jóvenes el amor de Dios y liberarlos
de los problemas que los atenazan y les impiden alcanzar su
plenitud. Hoy, tal como está el mundo de la infancia
y de la juventud, ser Marista, hermano o seglar, es posible,
vale la pena serlo y consagrar a ello toda la vida”.
Así lo comprenden muchas personas que, al actualizar
las intuiciones de Marcelino, están refundando el Instituto
marista. |
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Desplazados a la periferia y a los lugares de frontera |
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| Las Constituciones dicen: “Vamos
al encuentro de los jóvenes allí donde están.
Somos audaces para penetrar en ambientes quizás inexplorados,
donde la espera de Cristo se manifiesta en la pobreza material
y espiritual”. Los seguidores de Marcelino precisamos
la audacia para vivir en lugares de frontera donde la presencia
del evangelio no resulta fácilmente accesible a los
jóvenes. En muchos lugares del Instituto, se está
realizando un discernimiento para detectar las necesidades
profundas del mundo juvenil. Las nuevas presencias se realizan
de acuerdo con estos criterios. Los hermanos compartimos con
los seglares estas preocupaciones y realizamos conjuntamente
esta tarea. |
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Distancia entre los sueños y la realidad |
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Los
hermanos somos conscientes de nuestras limitaciones: obras
que no tienen como atención preferente a los pobres,
carencia de vocaciones en algunos países, dificultad
de intervenir en el mundo juvenil, insuficiente inculturación
de algunas comunidades, relaciones no bastante ajustadas con
los seglares, falta de pasión por el evangelio y el
Reino de Dios, la llamada a construir y vivir otro estilo
comunitario... La realidad nos recuerda la distancia que existe
respecto de nuestros sueños. Si éste fuera nuestro
único punto de referencia, cundiría el desánimo.
Nos formulamos la misma pregunta que María: “¿Cómo
será esto realidad?”. La respuesta del ángel
conserva toda su validez: “Lo que es imposible a los
hombres, es posible para Dios”. No ver la distancia
entre el sueño y la realidad sería cerrar los
ojos e instalarnos en el conformismo. Desesperarnos significaría
dejar de confiar en la fuerza y el poder del Señor.
Esforzarse por dar pasos concretos en la línea del
carisma de Marcelino es nuestro reto y nuestra responsabilidad. |
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