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| Espiritualidad apostólica marista |
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Actas del 19 Capítulo
General
Roma, octubre de 1993 |
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Introducción |
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1. Desde hace tiempo, los Hermanos sentimos
la necesidad de adquirir una mayor vitalidad espiritual
y encontrar un camino en el Espíritu más adecuado
a nuestra vocación de religiosos laicales de vida
activa.
2. El 17 Capítulo General
propuso, en 1976, la intensificación, en todos los
niveles, de las investigaciones emprendidas acerca de la
espiritualidad apostólica marista (1). Las Constituciones,
aprobadas por el 18 Capítulo General, califican nuestra
espiritualidad de apostólica y mariana (C 7).
3. El informe que el H. Charles Howard
y su Consejo entregan al Instituto al finalizar su mandato,
plantea la dificultad real que experimentamos los Hermanos
de vivir una espiritualidad adecuada a nuestra vocación.
4. El 19 Capítulo estudia
el tema y elige la espiritualidad apostólica marista
como una de las cuatro prioridades que orientarán
el Gobierno y la vida de los Hermanos en los próximos
ocho años. Interpretamos esta opción como
una respuesta al Espíritu que sin cesar nos guía
y renueva.
La reflexión que entregamos como
Capítulo quiere destacar la nota apostólica
de nuestra espiritualidad. |
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Realidades que nos afectan |
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| Al contemplar la realidad del mundo y de
la Iglesia, detectamos algunos fenómenos que creemos
influyen en el modo de concebir la espiritualidad. |
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Del mundo |
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5. Nuestro mundo sigue dominado por el
materialismo, las divisiones, las desigualdades y las injusticias.
Reconocemos en él fuertes llamadas de Dios a colaborar
en su plan de salvación, comprometiéndonos
en la construcción de una sociedad más justa,
fraterna y trascendente.
6. A pesar del impacto del materialismo,
del secularismo y del ateísmo, existe, sobre todo
en los jóvenes, una sed de lo transcendente y una
búsqueda de lo espiritual. |
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De la Iglesia |
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7. La Iglesia se va renovando: se comprende
mejor a sí misma desde la comunión, asume
una postura de mayor encarnación en el mundo e intenta
ser más servidora del hombre.
8. La vida religiosa apostólica
se entiende a sí misma, en el espíritu de
las bienaventuranzas, no desde la huida al desierto, sino
desde el acercamiento al hombre y al mundo para anunciar
y consolidar en ellos el Reino de Dios.
9. Se advierte un resurgir de la conciencia
eclesial sobre los seglares y una mayor claridad sobre su
identidad, vocación y misión. |
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De nuestro vivir |
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10. Al mirar la realidad espiritual de
nuestras comunidades y provincias, seleccionamos los siguientes
aspectos positivos:
— los ejemplos de numerosos Hermanos
que integran en sus vidas el amor a Dios y el servicio generoso
a los niños y jóvenes;
— la experiencia de Hermanos especialmente sensibles
al mundo de los pobres en quienes reconocen y sirven al
Dios vivo;
— la reorientación evangelizadora y educativa
de las instituciones escolares y la especial sensibilidad
por los jóvenes en dificultad;
— la fuerte llamada a compartir con los seglares nuestra
espiritualidad y carisma, lo cual enriquece nuestra propia
experiencia;
— la preocupación por encontrar caminos que
permitan a nuestros Hermanos mayores ejercitar su dimensión
apostólica y compartir su espiritualidad;
— una mayor valoración de Champagnat como modelo
espiritual de nuestra vida de consagrados.
11. Encontramos también aspectos
importantes que debemos mejorar:
— alcanzar una mayor unificación
de vida;
— desarrollar el ejercicio personal y comunitario
del discernimiento;
— llevar a la práctica el acompañamiento
espiritual;
— adquirir estilos de vida más sencillos, evangélicos
y acogedores;
— abrir nuestras comunidades al entorno para sintonizar
con sus necesidades y dejarnos interpelar;
— escuchar el clamor de los pobres y ser solidarios
con ellos;
— ser hombres de oración más profunda
y cristocéntrica; compartir la Palabra de Dios en
comunidad y hacer que el contenido de las celebraciones
y de la oración de nuestra comunidad esté
más de acuerdo con la vida y misión de sus
miembros;
— lograr que nuestro testimonio como comunidad orante
y apostólica, sea más evidente y comprensible.
— hacer que María inspire más nuestra
vida y acción y sea realmente modelo y compañera
de camino. |
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Nuestras convicciones |
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Dios presente en el mundo |
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12. Descubrimos y experimentamos a Dios
en las realidades temporales propias del ministerio que
ejercemos, y percibimos el mundo como el lugar donde escuchamos,
servimos y amamos a Dios.
13. El Padre amó al mundo de tal
manera que le entregó su Hijo. En su infinito amor,
continúa apasionado por el hombre y el mundo de hoy
con sus dramas y esperanzas. Suscita en nosotros, como don,
el que nos responsabilicemos de ellos, el que nos sensibilicemos
ante sus problemas, el que acojamos sus desafíos,
el que intentemos responder, en obediencia, desde nuestra
misión, a las necesidades que en ellos encontramos.
14. Desde esta óptica, el mundo
deja de ser considerado un obstáculo y se convierte
en lugar de encuentro con Dios, de misión y de santificación.
En él ejercitamos la presencia de Dios tan querida
de nuestro Fundador y de tantos Hermanos. |
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Hermanos apasionados por el Evangelio |
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15. Nos apasiona Jesús y su Evangelio.
Él es la razón de ser de cuanto hacemos. Mantenemos
una relación vital y profunda con Él en los
sacramentos, en la oración personal y comunitaria
y en la acción apostólica. Su Espíritu
nos lanza al mundo como en Pentecostés, con entusiasmo
y generosidad, para continuar desde nuestra misión
su obra de salvación, evangelizando (cf C 79, 80).
16. En la oración y en el trabajo
apostólico experimentamos lo que le ha costado a
Cristo salvar al mundo y lo que le sigue costando, y esta
experiencia nos aguijonea a desplazarnos, con audacia y
sentido misionero, a misiones de frontera, a zonas marginales,
a ambientes inexplorados, donde la implantación del
Reino se ve más necesaria (cf C 83).
17. María, asociada a la misión
de su Hijo, es nuestro modelo y compañera (cf C 4
y 87). |
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La entrega a los demás desarrolla la espiritualidad |
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18. En nuestra inserción en el mundo,
seguimos el ejemplo de Jesús que se hizo semejante
a nosotros (2) y que vivió en una unidad perfecta
la fidelidad a la voluntad de su Padre y la entrega sin
límites al hombre.
19. Vivimos y desarrollamos la espiritualidad
en la entrega a los demás (cf C 7). El pobre, el
niño, el joven y el Hermano de comunidad se convierten
a diario, para nosotros, en sacramentos vivos de Dios e
interpelaciones del Espíritu (cf C 83). En el servicio
a estos prójimos integramos, como Jesús, el
amor a Dios y al hermano, la contemplación y el apostolado.
20. Vivimos la presencia entre los jóvenes,
tan recomendada por el Fundador, como lugar de encuentro
con Dios (cf C 81). La acción apostólica,
así entendida, lejos de entorpecer la unión
con Él, la favorece y la expresa (cf C 7).
21. María nos sirve de ejemplo.
Atenta a las necesidades de su pariente y en actitud de
servicio, vive una profunda experiencia espiritual y por
su mediación el Espíritu es comunicado a Isabel.
Su Magnificat es una expresión maravillosa de unificación
interior: experimenta a Dios en lo íntimo de su corazón
y en el compromiso con la liberación de su pueblo. |
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Vivir y compartir la espiritualidad de Champagnat |
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22. Champagnat con su vida nos anima a
amar a Dios desde el mundo y amar a éste desde Dios.
23. En el encuentro con el joven Montagne,
movido por el Espíritu, revive la experiencia del
amor incondicional de Jesús y de María por
la humanidad. Lleno de compasión, se lanza a la aventura
de fundar una familia de Hermanos que entreguen sus vidas
en servicio de los niños y de los jóvenes,
especialmente de los más desatendidos (cf 2, 81).
24. Esta apertura al amor de Jesús
y de María y a los acontecimientos y necesidades
de su tiempo le permite unificar su vida y estar en comunión
con Dios tanto en el Hermitage como en las calles de París
(cf C 2). Su alma vibra apostólicamente de tal forma
que no puede ver a un niño sin que le asalte el deseo
de enseñarle el catecismo y decirle cuánto
le ama Jesucristo (cf C 2).
25. Revivir esta experiencia espiritual
y compartirla con los seglares, es una forma concreta de
prolongar en nuestra historia el don que es Marcelino para
la Iglesia. |
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Llamadas que sentimos |
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26. A una oración renovada. Abierta
a la realidad de la creación y de la historia, eco
de una vida solidaria con los hermanos, sobre todo con los
pobres y con los que sufren (3). Una oración apostólica
que recoge las penas y alegrías, las angustias y
esperanzas de quienes pone Dios en nuestro camino (cf C
66, 71).
27. Al encuentro con Dios en lo cotidiano.
La búsqueda de su voluntad en el trato con las personas,
en las ocupaciones diarias, en las actividades de la comunidad
y en la fidelidad humilde de todos los días, nos
unifica en el amor (cf C 44).
28. A la escucha y la meditación
de la Palabra de Dios, personal y comunitariamente, que,
acogida en la historia concreta que vivimos, nos dispone
para interpretar los signos de los tiempos y para descubrir
por doquier la intención divina (4).
29. A desarrollar el ejercicio personal
y comunitario del discernimiento evangélico como
entrenamiento ininterrumpido en la interpretación
del sentido sacramental de la realidad (sucesos, personas,
cosas) que se convierte en lugar de comunión con
Dios (5).
30. A ver en la comunidad, como familia
unida en el nombre del Señor, una realidad teologal;
espacio en donde la experiencia de Dios puede alcanzarse
su plenitud y comunicarse a los demás (6).
31. A un proyecto personal y comunitario
que facilite el contacto con Dios: ritmos mantenidos de
oración personal, práctica del acompañamiento
espiritual, uso equilibrado de los medios de comunicación
social, estructuras comunitarias que faciliten el trabajo
pastoral, simplificación frente a un activismo exagerado,
revisión de la jornada...
32. A reconocer en las culturas de los
pueblos que evangelizamos la presencia de Dios. Desde el
alma cultural de cada pueblo, descubierta y amada, lugar
donde se hacen presentes las semillas del Verbo, crecemos
en nuestra experiencia de Dios.
33. A enriquecer la herencia espiritual
legada por Marcelino, compartiéndola con los seglares.
Compartir con ellos las múltiples formas de presencia
del Señor, la sobreabundancia de gracia en cada hombre
y los infinitos caminos de crecimiento en la fe, nos enriquece. |
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Líneas de acción que proponemos |
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34. La evolución hacia una espiritualidad
apostólica donde los Hermanos nos encontremos con
Dios, no sólo en la oración, sino también,
en la acción apostólica, es un proceso que
requiere tiempo y pedagogía apropiada.
En concreto, proponemos: |
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Para el Instituto |
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Promover procesos de formación en
la espiritualidad apostólica marista, bajo la responsabilidad
del H. Superior General y su Consejo. Esto implica:
— alentar la profundización
en el estudio de la espiritualidad apostólica marista
(rasgos, pedagogía, etc.);
— organizar cursos de preparación de animadores
en esta espiritualidad;
— acompañar los planes de formación
de las Provincias y de los centros de formación permanente,
de forma que posibiliten la iniciación o afianzamiento
de los Hermanos en este camino de crecimiento espiritual. |
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Para la provincia |
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— Las Provincias promueven procesos
de discernimiento para elaborar su Plan Pastoral y Apostólico.
En este proceso que involucra a todos los Hermanos se buscará
cómo integrar las distintas facetas de la vida del
Hermano: oración, comunidad, apostolado.
— El Consejo Provincial promueve talleres de oración
que permitan mejorar la oración personal y comunitaria,
en clave de espiritualidad apostólica.
— El H. Provincial fomenta el acompañamiento
espiritual para ir unificando la vida de cada Hermano desde
la actividad apostólica que realiza.
— Los Superiores brindan a los Hermanos un acompañamiento
espiritual adecuado a las experiencias de solidaridad, de
contacto con los seglares, de apertura de la comunidad...,
para lograr desde ellas una sensibilidad apostólica
mayor y una mejor unificación de vida. |
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Para la comunidad |
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— Cada comunidad se propone progresar
en el compartir la vida, los sentimientos, la misión
y la fe.
— Cada comunidad, al elaborar el proyecto comunitario,
determina caminos de renovación de la oración,
tanto personal como comunitaria, de forma que se convierta
en una oración apostólica, abierta a la realidad,
atenta a la Palabra de Dios y solidaria con el mundo.
— Que la organización de la comunidad ayude
al crecimiento en la fe dentro de las exigencias del trabajo
apostólico de cada uno de los Hermanos (horarios,
oración, encuentros...).
— Cada comunidad ora y comparte comunitariamente el
Evangelio, las Constituciones, los documentos capitulares
y los acontecimientos, con material apropiado.
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