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| Vida Religiosa |
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Espiritualidad apostólica marista
del Padre Champagnat
Paul SESTER, FMS -
Cuadernos maristas 15, mayo 1999, páginas 15-30 |
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Tanto se ha
escrito ya sobre la espiritualidad apostólica marista
que puede parecer superfluo el insistir sobre lo mismo.
Es cierto que frecuentemente se habla del tema para estudiar
cómo se entiende actualmente esta espiritualidad. Ciertamente
la sensibilidad, las mentalidades sociales, han evolucionado
rápidamente en estos dos siglos de existencia. Podemos
preguntarnos si en las características actuales se pueden
reconocer aún las de los orígenes; si la adaptación que
se hace en nuestros días sigue fiel al pensamiento del
iniciador. Para comprobarlo, nada mejor que examinarlo
en su contexto original, tomando los escritos que nos
la transmiten. Tal es el objetivo del siguiente estudio.
Es necesario
limitarse a la idea que Marcelino Champagnat tenía del
Hermano Marista en el momento de iniciar su obra, sin
preocuparnos de la aplicación que le han dado las circunstancias
históricas posteriores. Aunque Marcelino Champagnat no
dejó explícitamente nada escrito sobre el tema, hay pasajes
en las cartas que escribió a los Hermanos y en los testimonios
de sus oyentes, que proporcionan suficiente material para
hacerse una idea. Su complejidad requiere analizarlo desde
diversos ángulos complementarios, a saber: el contexto
en el que el autor la concibió, el contenido en su momento
inicial y en su aplicación posterior: la característica
marista que le da su pincelada particular. |
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¡Necesitamos hermanos! |
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El punto de
partida es la frase frecuentemente repetida, al parecer,
por Marcelino Champagnat: "necesitamos hermanos". Sin
poder precisar la fecha exacta de esa primera manifestación,
de esa preocupación en su espíritu, pues sus biógrafos
no se ponen de acuerdo en este detalle. Se sabe, sin embargo,
que se expresó explícitamente en el seminario de Lyon,
con ocasión de las reuniones más o menos secretas de un
grupo de seminaristas que tenían el propósito de la fundación
de una sociedad, según el esquema de la Sociedad de Jesús.
En esta nueva sociedad, María ocuparía el lugar de Jesús,
sería la Sociedad de María, nombre dado por la misma Virgen
en una revelación al Padre Courveille: "Yo deseo ... que
en estos últimos tiempos de impiedad y de incredulidad,
haya también una sociedad que me sea consagrada, que lleve
mi nombre y se llame Sociedad de María ... para combatir
contra el infierno ..."21. El medio preconizado
para la realización de esta obra, será todo lo que pueda
hacer revivir la religión cristiana en el seno de la población
descristianizada por la revolución: la predicación en
las misiones, la enseñanza, todo, fuertemente acentuado
por la mariología.
El proyecto
agradó a Marcelino Champagnat, aún cuando sólo se preveían
tres ramas en esta sociedad: Los Padres, los Hermanos
coadjutores y las Hermanas. Él encontraba un vacío importante.
Los Padres se ocuparán de la pastoral predicando las misiones.
En la enseñanza de la juventud, al estilo de los Jesuitas,
se interesarán preferentemente por los jóvenes que poseen
ya los conocimientos elementales, y nunca se ocuparán
de los niños pequeños que no saben leer, ni escribir.
Ahora bien, es por ellos que hay que comenzar, pues, en
los niños es donde hay que poner las bases de la religión,
si se quiere que penetre en el alma y que constituya el
cimiento sobre el que se edifique la personalidad. Para
este trabajo, "necesitamos Hermanos, necesitamos Hermanos
para explicar el catecismo, para ayudar en las misiones,
y para dedicarse a enseñar y educar a los niños"22,
insistía él.
El pensamiento
de contar con Hermanos, no surgió en el espíritu del P.
Champagnat exactamente en ese instante. Pero como era
cuestión de fundar una sociedad, la ocasión era buena
para, según él, asociarle los Hermanos con los que soñaba,
haciendo el trabajo más sencillo y, además, le dispensaba
de ser considerado él como fundador. Queda, no obstante,
la inquietud de saber el momento en el que la idea comenzó
a preocuparle, así como la razón que la hizo surgir. No
hay indicios que nos permitan responder con alguna precisión.
El P. Bourdin dice que "los Hermanos eran una rama prevista
mucho tiempo antes por Marcelino Champagnat y confiada
a él mismo en el seminario mayor"23. El P.
Colin precisa: "la idea de este instituto es propia de
Champagnat. Es él quien, golpeado por lo que le había
costado instruirse, dijo a sus hermanos del seminario
mayor: "será necesario fundar también los Hermanos para
la Enseñanza"24. El P. Maîtrepierre por su
lado dice: "Marcelino Champagnat, uniéndose a los primeros
fundadores, les dijo: "siempre he sentido un atractivo
particular por el establecimiento de los Hermanos; me
uno voluntariamente a vosotros y si lo juzgáis oportuno,
me encargaré de esta parte. Mi primera educación, fue
un fracaso. Me sentiría dichoso contribuyendo a procurar
para los otros las ventajas que a mí me faltaron"25.
Y quedó encargado.
Asoma aquí el
motivo por el cual se preocupa tanto de los Hermanos,
motivo que repite en varias de sus cartas, especialmente
la del 28 de enero de 1834, al Rey Luis Felipe: "Nacido
en el cantón Saint - Genest - Malifaux, departamento de
Loira, no llegué a aprender a leer ni a escribir, sino
después de grandes dificultades, por falta de maestros
capaces; desde entonces comprendí la urgente necesidad
de una institución que pudiese, con menos gastos, darles
a los niños del campo la buena educación que los Hermanos
de las Escuelas Cristianas dan a los pobres de la ciudad.
Llegado al sacerdocio en 1816, fui enviado como coadjutor
a una parroquia rural; lo que vi aquí con mis propios
ojos, me hizo sentir más vivamente la importancia de poner
en ejecución, sin retardar, el proyecto que pensaba hacía
mucho tiempo"26.
Estos documentos
nos hacen comprender que el motivo que suscitó en él la
idea de tener Hermanos, fue su propia dificultad en los
estudios; pero la época en la que tuvo esta idea sigue
imprecisa. Sin embargo, en este contexto nada impide pensar
que la expresión: "Desde hace mucho tiempo" signifique
una época anterior a su trato con los futuros fundadores
de la Sociedad de María. Esto es lo que parecen dejar
entrever los testimonios citados por los sacerdotes anteriormente.
En la medida en que esto sea exacto, mayor será la diferencia
de tiempo entre la primera idea de los seminaristas reunidos
por el P. Courveille y la de Marcelino Champagnat. Las
dos son independientes entre sí, y se demuestra así la
originalidad de la segunda, cuya paternidad recae enteramente
sobre su solo autor: Marcelino Champagnat.
El carácter
mariano que se deseaba dar a la nueva sociedad, no era
impedimento para la unión de ambos, por el contrario,
ampliaba el campo de acción. Lejos de ser una simple apariencia,
el patronazgo de la Santísima Virgen, tenía, a los ojos
de los fundadores, un significado primordial. Veían la
futura sociedad como la presencia visible de la Madre
de Jesús en la Iglesia hasta el final de los tiempos,
que el P. Colin creía entonces cercano, a causa de los
grandes desmanes existentes en el mundo y por la descristianización
del pueblo. "El género humano me parece hoy como un viejo
tronco al que un gusano ha roído la raíz,"27 decía. Marcelino Champagnat no participaba de este pesimismo.
Pero no menos fervoroso en cuanto a la devoción mariana,
comprendía que los Hermanos encontrarían en la Madre de
Jesús el sostén maternal al igual que el modelo del educador,
hallando a ejemplo de María, el camino de la salvación. |
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¿Qué es un hermano? |
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Preocupado por
ayudar a los jóvenes, Marcelino Champagnat, dotado de
un sentido práctico, entreveía ya el instrumento necesario
para resolver el problema educativo. Sólo el Hermano,
según él, podía satisfacer todas las exigencias como religioso,
es decir, disponiendo enteramente de su persona, poniendo
su vida completamente en manos de Dios. Cierto, es igualmente
el caso del sacerdote, incluido el religioso, el del sacerdote
y el del Hermano coadjutor, ya previstos en el proyecto
de la fundación. Pero tanto el uno como el otro, tienen
otra tarea específica que no les permite consagrar todo
el tiempo necesario a la educación religiosa de los jóvenes.
El sacerdote, aún el dedicado a la enseñanza, después
de los estudios realizados, no va a limitarse a la enseñanza
primaria, eso sin hablar de sus otras obligaciones como
sacerdote. Queda pues un vacío que sólo el Hermano podrá
llenar, a condición de que sea realmente apóstol. Pues,
dice Marcelino Champagnat: "La educación de la juventud
no es un oficio, es un ministerio religioso y un verdadero
apostolado"28. Por lo tanto, el Hermano debe
ser religioso, sin los compromisos que conlleva una familia;
todo él dedicado al servicio de Dios en la obra de Jesucristo
por la redención del mundo". "Educar a los niños, continúa
diciendo, es una obra de celo, de entrega y de sacrificio.
Para desempeñar dignamente este trabajo, que es una participación
en la misión de Jesucristo, hay que tener el espíritu
del Divino Salvador, y como él, estar dispuesto a entregar
su sangre y su vida por los niños"29.
El Hermano,
como lo piensa Marcelino Champagnat, no ha de ser un simple
maestro de escuela, debe ser educador. No contento con
instruir a los alumnos, su principal preocupación será
formarles, hacer de ellos hombres en el sentido pleno
de la palabra y cristianos fieles al Evangelio. "Si, decía,
sólo se tratase de enseñar las ciencias humanas a los
niños, los Hermanos no serían necesarios, pues bastarían
los maestros seglares de las escuelas para cumplir con
esa tarea. Si sólo pretendemos dar la instrucción religiosa,
nos bastaría con ser simples catequistas, reunir a los
niños una hora cada día y hacerles aprender las verdades
cristianas. Pero nuestro objetivo es hacerlo mejor: queremos
educar a los niños, es decir, instruirles en sus deberes,
enseñarles a practicarlos, infundirles el espíritu y los
sentimientos del cristianismo, los hábitos religiosos,
las virtudes del cristiano y del buen ciudadano"30.
Esto no quiere decir que no sea necesaria la enseñanza
profana, sino todo lo contrario. Para formar hombres,
hay que desarrollar las facultades esenciales del ser
humano: la inteligencia y la razón.
Lo que quiere
decir, que no hay que detenerse ahí. ¿Qué es el hombre
que, como se dice, "no sabe vivir"?. Ahora bien, sólo
lo sabrá aprendiéndolo. Para aprenderlo no son suficientes
los libros, sobre todo en la juventud, se necesita el
ejemplo. El último texto citado, continúa: "Para eso se
necesitan educadores que vivan entre los alumnos y que
estén mucho tiempo con nosotros"31. Es un deber
exigente el que Marcelino Champagnat propone a los Hermanos.
Continuamente ante las miradas de sus alumnos, deberán
tener siempre una conducta digna de imitarse, vivir transparentemente
la sencillez, la familiaridad, el amor y el respeto. Pues,
sigue diciendo Marcelino Champagnat: "Hay que disponer
de títulos con respecto a la educación de los niños. Ahora
bien los títulos que el niño reconoce y comprende mejor
son la virtud, el buen ejemplo, la capacidad y los sentimientos
paternales que se le brindan"32.
Así presentado
bajo estos grandes rasgos, el retrato del Hermano parece
muy idealista. Sin embargo, así lo consideraba Marcelino
Champagnat. Viviéndolo él, no le parecía imposible que
otros hicieran lo mismo, conociendo muy bien los esfuerzos
que esto exige. No lo oculta, como lo prueba la formación
que quiso dar a sus discípulos. |
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Formación de los hermanos |
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Dedicar toda
su vida a la educación de los jóvenes, en este caso a
los pequeños, hasta los del campo y los más incapacitados,
ciertamente no es una perspectiva halagadora. Marcelino
Champagnat lo sabía tan bien que no cesó de recomendar
a sus hermanos la virtud de la humildad. Con las consideraciones
que tiene el pueblo cristiano para con los sacerdotes,
Marcelino Champagnat, como futuro sacerdote, ya desde
el seminario, comprendió con toda claridad, que pedía
a los Hermanos contentarse con pertenecer a un rango social
más bajo.
Una espontánea
reacción de un Hermano se lo hizo entender. Viendo un
día que llegaba una persona con sotana, que él tomó por
un eclesiástico, preguntó: "¿Quién es ese sacerdote que
se nos acerca?. - No es un sacerdote, le respondió, no
es más que un Hermano"33. Reaccionando con
viveza, Marcelino expone a sus interlocutores la grandeza
de la vocación del Hermano. Esta reacción demuestra que
él no estaba equivocado. En una carta al Sr. Devaux de
Pleyné, alcalde de Bourg - Argental, que pedía una rebaja
en el salario de los Hermanos, él se rebaja más aún, forzando
las tintas por la necesidad de la defensa de la causa:
"Reducirlo más aún, me parece, es arrancarles no solamente
su triste salario, por demás exiguo para el más ingrato
y penoso empleo de un ciudadano, más aún es quitarles
su pobre y desagradable comida"34. Nada sorprendente
que él insista sobre la humildad, la primera virtud según
él, de un pequeño Hermano de María. En efecto, es considerada
la virtud característica de toda la Sociedad de María,
lo que justificaría la exigencia del Fundador para que
la estimen y la pongan en práctica. Además, los Hermanos
tienen otra razón para ser humildes, para ponerse al nivel
de los pequeños, para contentarse con sembrar la semilla
y renunciar luego a la esperanza de ver el desarrollo
que se realizará por la intervención de otros maestros.
¿Qué ambición puede alimentar quien se ha consagrado a
pasar toda su vida en un aula de niños, limitándose a
enseñarles los rudimentos del saber y de la religión?.
Más aún, deberá, para hacerse todo para todos, ponerse
al nivel más bajo, el de los ignorantes. Reprendiendo
a un Hermano que deseaba deslumbrar a su auditorio, Marcelino
Champagnat le dijo: "Si tuviese el espíritu de su estado,
si fuese humilde y sencillo, en lugar de dejarse llevar
por la vanidad, en lugar de vanagloriarse, hablaría sencillamente,
de manera que le entendieran los niños, hasta los más
pequeños e ignorantes"35.
Sin embargo
la naturaleza humana está hecha de tal manera que busca
cualquier forma de satisfacción por su abnegación. El
educador, si sabe poner el corazón en el trabajo, la encuentra
en la alegría de despertar su parecido a las bellezas
de la vida, en un verdadero intercambio de amor. De ahí
la insistencia no menos machacona de Marcelino Champagnat
de amar al niño por amor de Dios. "Para educar bien a
los niños, es necesario amarlos y amarlos a todos por
igual..., entregarse por entero a su formación, y tomar
todos los medios para formarles en la virtud y en la piedad"36.
Es decir, que este amor será espiritualmente paternal,
engendrando en el niño la personalidad moral y religiosa
cuyo principio lleva en sí mismo. El mérito del Hermano
será, no el hacer crecer a otro a su imagen, sino haberle
puesto en camino y guiado por la vía de su propio desarrollo
personal en vista a la realización de su porvenir y del
desarrollo de la riqueza de su ser.
Se constata,
que este amor es abnegación de sí mismo, sacrificio de
su amor propio, de su ser más querido. "Si queremos ganar
a los niños para Dios, si deseamos cooperar a su salvación
con Jesucristo, nos es necesario, a ejemplo del divino
Salvador, sacrificar nuestros trabajos, nuestras preocupaciones,
nuestras fuerzas, nuestra salud, y, si fuere necesario,
nuestra misma vida"37. Estos propósitos de
Marcelino Champagnat pueden parecer exagerados, hasta
imposibles de poner en práctica, si uno olvida finalmente
que sólo el amor de Dios es capaz de hacer comprometerse
en tal empresa. De ahí esta frase a modo de conclusión:
"Para educar bien a los niños, hay que amar ardientemente
a Jesucristo"38. Sobre esto basa el Fundador
la vocación del Hermano, pues, nos dice su biógrafo: "Todo
lo que necesitan para cumplir dignamente sus funciones,
depende de esta virtud como de su principio, como de su
manantial. En efecto, queridos hermanos, amad a Jesús
y obtendréis todas las virtudes y cualidades de un perfecto
educador"39.
Por parte de
Marcelino Champagnat, no son sólo palabras piadosas o
la expresión de un ideal inaccesible que, como tal, sería
una perfecta excusa para abandonarlo. Al contrario, la
convicción le guiaba en la relación con sus discípulos.
Se ve que envía al apostolado a los Hermanos después de
algunos meses y aún de algunos días en el noviciado. El
Hermano Luis María fue enviado a dar clase a la Côte-Saint-André
al día siguiente de su toma de hábito, mientras retiene
al Hermano Silvestre en el Hermitage por más de un año.
Cierto que el primero venía del seminario con un buen
bagaje intelectual, pero no era eso lo que contaba para
Marcelino Champagnat que deseaba ver en su discípulo,
ante todo, un verdadero celo apostólico, injertado en
el amor de Dios, suficientemente intenso como para ser
capaz de un abandono total de sí mismo. Un Hermano, según
él, "es un hombre dedicado y entregado por completo y
por siempre al servicio de Dios", nos dice el Hermano
Juan Bautista.40
La enseñanza
de la religión teórica y práctica a la vez, constituye
lo esencial de este servicio. "Amar a Dios y trabajar
para hacerlo conocer y amar, ésa es la vida de un Hermano"41.
Ésta es la verdadera razón de ser del Hermano, el motivo
determinante de la fundación del Instituto. Entonces,
la escuela es el medio más adecuado, donde la realización
de este objetivo es más factible, si bien es cierto que
si este lugar no llegase a cumplir este objetivo, podrían
adoptarse otras soluciones, también valederas, siempre
que se garantice la educación de la fe.
Que éste sea
realmente el núcleo de la concepción de Marcelino Champagnat
tocante a la misión del Hermano, queda de manifiesto por
su insistencia sobre en la enseñanza del catecismo o de
la religión. Esta enseñanza, como se ha visto, no es únicamente
teórica; debe llevar a la práctica de la vida cristiana
por el ejercicio de las virtudes, pues la salvación del
hombre no depende de sus conocimientos, sino de su crecimiento
moral y espiritual adquirido en la acción. Es lo que en
efecto, el Hermano Juan Bautista y el Hermano Francisco
al recoger el pensamiento del Fundador, han conservado
sobre este particular. Lo que ellos han transmitido se
refiere principalmente a la formación cristiana del niño
enderezando sus malas inclinaciones; la corrección de
sus relaciones sociales por la disciplina y el conocimiento
de su carácter...
Según ellos,
la total comprensión del pensamiento de Marcelino Champagnat
puede expresarse por el análisis en tres aspectos.
Primeramente,
la educación verdadera no puede hacerse fuera de un contexto
cristiano. Pues educar, es desarrollar las buenas disposiciones
que el Creador ha puesto en la naturaleza del niño. Esas
disposiciones no podrán realizarse ni desarrollarse, sino
en el sentido de la estructura que el Creador les ha dado.
Por lo tanto, un auténtico desarrollo de la persona no
es factible sin Dios.
Además, el Bautismo
otorga a la persona humana una dimensión sobrenatural
que ayuda a su desenvolvimiento de dos formas que puede
decirse : creciendo con la persona que a su vez le hace
crecer. En este campo sólo la gracia de Dios puede obrar
eficazmente. Por consiguiente, el educador solamente es
el instrumento que, para ejercer su función, debe hallarse
en continua relación con Dios por la oración. De donde
la convicción de Marcelino Champagnat: "que la oración
es para un religioso el medio más eficaz para adquirir
las virtudes de su estado, para trabajar en su santificación
y en la de las personas que le son confiadas"42.
Por eso, dice su biógrafo, prescribió tantas oraciones
a sus hermanos. No se queda corto en cuanto a oraciones
vocales ya que hacía celebrar novena tras novena; pero
la misa y la meditación llevaban la delantera con mucho
a todas las demás, puesto que ellas establecen una relación
más íntima con el Señor. Las jaculatorias o fórmulas orales,
son el medio de permanecer en la presencia de Dios. La
meditación, la Eucaristía, son contactos más íntimos con
Él, cargas de energía divina que permiten luego hacer
todo con espíritu de oración y lograr la infancia espiritual
bajo la inspiración divina. Es con este pensamiento como
Marcelino Champagnat expresa: "Un hermano que se contente
con instruir a sus alumnos, no cumple más que con la mitad
de su deber; debe, si desea cumplir toda su tarea, orar
continuamente por ellos".43 Sin la oración,
"es impotente para hacer el bien, porque no posee los
medios necesarios para hacerlo"44.
En fin, como
un árbol, la persona no puede florecer correctamente a
su aire. Le es necesario la ayuda de un educador para
el buen crecimiento de sus virtualidades. Este educador,
aún transmitiendo el saber, necesario sin duda como se
ha visto, debe enseñar al niño la forma de comportarse,
pues el desarrollo no se realiza más que por la acción.
El medio más eficaz es el ejemplo. De ahí la exigencia
legada por Marcelino Champagnat de vivir largo tiempo
con los niños, para impedirles el malearse vagando por
las calles, pero sobre todo, dándoles un modelo que imitar,
que les atraiga y que ellos amen. Es, ni más ni menos,
reproducir la forma primitiva de la educación familiar. |
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Espiritualidad marista |
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Es un ambiente
familiar el que tiene un lugar especial en la espiritualidad
de Marcelino Champagnat: el de la familia de Nazareth.
Para él, María, la Madre de Jesús, por su manera de educar
al Divino Niño, es el modelo del educador. Como por otro
lado tenía una confianza tan grande en Ella, esta coincidencia
no podía por menos que reforzar su concepto sobre el educador
apóstol. Por eso, para recoger todos los matices, conviene
examinarlos al detalle.
Su biógrafo
dice que él "había recibido esta devoción con la leche
materna, pues su madre y su piadosa tía... se habían dedicado
a infundírsela"45, sin lugar a duda muy inteligentemente,
puesto que la conservó toda su vida. Pero, sigue diciendo
el Hermano Juan Bautista, que en el seminario se desarrolló
mediante un sinnúmero de prácticas para merecer la protección
de María. Su devoción consistía primeramente en una serie
de oraciones y de gestos concretos, poniendo, sin embargo,
cuidado especial en todo lo que le recordaba a María.
No obstante, la justificación que él da más adelante,
llega más al fondo, al corazón mismo de su piedad mariana:
veía "a la Santísima Virgen como a su Madre y como el
camino que debía llevarle a Jesús", de modo que tenía
esta devoción " como una señal de predestinación"46.
Vistos los ejemplos que da a continuación, a modo de prueba,
se lo puede afirmar, pero por no precisar el momento en
que el hecho se produjo, es difícil seguirle cuando añade:
"Es en una de sus frecuentes visitas a la Santísima Virgen
cuando tuvo la idea de fundar una congregación de piadosos
educadores". Sin embargo la voluntad de Marcelino Champagnat
de colocar a la Santísima Virgen a la cabeza de su obra,
no admite ninguna duda.
No obstante,
más que los impulsos de fervor, son los acontecimientos
los que le llevaron a ponerlo todo bajo la dependencia
de María. Cuando, al final de 1821 el Instituto parecía
extinguirse "como lámpara sin aceite", acudió a Ella diciendo:
"Si no vienes en nuestro auxilio, pereceremos... , pero
si esta obra perece, no es nuestra obra la que perece,
es la tuya"47. Y he aquí que en la primavera
del año siguiente un grupo de ocho postulantes vino a
sorprenderle. Primero dudó para admitirlos, puesto que
habían llegado como consecuencia de un engaño, pero después,
acabó admitiéndoles a todos a pesar de la falta de espacio
para alojarlos, porque era María la que se los enviaba.
Desde entonces, nunca más dudó que María tomaba este asunto
por su cuenta, de tal forma que más tarde dirá a monseñor
de Pins: "No me atrevo a rechazar a quienes se presentan,
les considero como traídos por María misma"48.
Está firmemente convencido de ser el instrumento del que
se sirve María para establecer la obra de los Hermanos.
Ella lo manifestó con toda claridad, cuando al invocarla
en su auxilio, le salvó de perecer en medio de una tempestad
de nieve49.
Su devoción
mariana estaba muy por encima del sentimentalismo, incluso
era algo más que un refugio de consuelo en los momentos
de apuro. Estaba convencido de la presencia constante
de María cerca de él, puesto que Ella se hallaba siempre
presente cuando el obstáculo parecía insalvable o la situación
desesperante. Pero también estaba convencido de que Ella
no podía intervenir, si no se le invitaba por medio de
la oración y sin que la humildad le deje libre el lugar.
Justificaba
el papel que atribuía a la Madre de Jesús con el siguiente
razonamiento: Si se ha podido decir: "La salvación viene
de los judíos"50, podemos afirmar con mayor
razón: "la salvación viene de María, pues es por Ella
como Jesús quiere concedernos sus gracias y aplicarnos
los méritos de su muerte y de su cruz"51.
Luego puede
decirse, explicitando su pensamiento, conforme a la enseñanza
de la Iglesia: Después de haberse entregado totalmente
a la obra redentora dando nacimiento al Redentor, luego
proporcionándole los medios para crecer hasta la edad
adulta, María debía proseguir su colaboración, mientras
esta obra continúe. Por consiguiente, la fundación de
una sociedad que esté destinada a hacer acoger especialmente
en su nombre la redención de su Hijo, por medio de la
educación de los jóvenes, le compete a Ella directamente.
De donde, el Hermano, mariano por el nombre que se le
ha querido dar, lo es más aún por su compromiso en la
obra de María. Su vocación, como se ha visto, viene de
María que la "ha plantado en su jardín. Ella se preocupa
de que nada le falte".52 Vistas sus intervenciones
a lo largo de la historia, no se puede dudar de la realidad
de tal afirmación, como tampoco de aquélla, muchas veces
repetida por Marcelino Champagnat: "María lo ha hecho
todo entre nosotros"
En este contexto,
¿cómo asombrarse de que él quisiera poner en su espiritualidad
el carácter mariano? Si la Virgen se encontró realmente
presente en la creación del Instituto, seguramente Ella
continúa estándolo en la actividad de cada Hermano. Lo
asegura uno de ellos, el Hermano María Lorenzo, con estas
palabras: "No se desaliente jamás de su salvación, está
en buenas manos: María. ¿No es María su refugio y su buena
Madre? Cuanto mayores sean sus necesidades, tanto más
interesada estará Ella para apresurarse y acudir en su
auxilio"53.
La presencia
operante de Ella junto al Fundador, se continúa ciertamente
junto a sus discípulos, como lo deja sentir y entender
Marcelino Champagnat que, para consolar a un joven Hermano,
le manda decir: "María, nuestra común Madre, le dará la
mano"54. Sin embargo, tres condiciones son
necesaria para que su intervención, respetuosa de la libertad
de cada uno, sea posible. Primeramente, el Hermano debe
estar convencido de esta presencia amorosa de María, deseosa
y capaz de asistirle en el trabajo apostólico. Y éste
es el primer aspecto de la espiritualidad marista: ponerse
efectivamente al servicio de María con la íntima seguridad
de que Ella se encuentra presente para ayudarle y hacer
florecer su acción. Es con esta convicción como su Fundador
no duda estimular al Hermano Antonio escribiéndole en
una de sus cartas: "Interésele a María en su favor; dígale,
después de haber hecho por su parte todo lo posible; peor
para Ella si sus negocios no van bien"55. Esto
supone reciprocidad en la familiaridad, no sólo de palabra,
sino también de corazón con la que él considera como su
Madre y su "Recurso Ordinario".
En otros términos,
y es la segunda condición, no se puede concebir al Hermano
Marista sin una devoción mariana profunda, alimentada
diariamente con oraciones especiales, prescritas "para
honrar a María y merecer su protección", dice el Hermano
Juan Bautista56. Entendamos estas palabras
en su justo sentido y no confundamos la flor con la planta,
la consecuencia con la razón de ser. "Honrar a María",
más que un deber, es la reacción natural de una unión
filial, de una intimidad de corazón en el don de sí por
el otro. "Merecer su protección" más que un sentido de
recompensa implica primero una apertura, abandono de uno
mismo para dejarle toda la libertad de obrar contando
con nuestra humilde y fiel colaboración. La devoción mariana
del Hermano Marista, a ejemplo de su Fundador, aún manifestándose
externamente por sentimientos de alabanza considerando
los privilegios y la grandeza de María, se vive en profundidad
con la convicción íntima que la eficacia de los esfuerzos,
deseando conducir a los jóvenes a vivir plenamente el
Evangelio, viene de Ella, en virtud de su amor maternal
por la humanidad, recomendado por su Hijo moribundo en
la cruz.
La tercera condición
se desprende de ahí. Los alumnos, implicados directamente
en el asunto, puesto que se trata de su propio porvenir,
deben ser entrenados en esta actividad salvífica de María
a través de una devoción sólida que los Hermanos tienen
la obligación de transmitirles. "Que los Hermanos se sientan
particularmente obligados a hacerla conocer, a hacerla
amar, a extender su culto y a inculcar su devoción a los
niños"57. Marcelino Champagnat, en sus cartas
a los Hermanos, insiste con fuerza sobre este punto de
gran importancia para él. "No ceséis de decir a vuestros
alumnos que ellos son los amigos de los santos que están
en el cielo, de la Santísima Virgen y en particular de
Jesucristo, que su joven corazón les da envidia... Escribid
sobre los libros de todos vuestros niños María fue concebida
sin pecado original"58. "Si tenéis la dicha
de hacer arraigar esta preciosa devoción en el corazón
de vuestros alumnos, les habéis salvado"59.
No termina ahí
el papel que Marcelino Champagnat quiere que sus Hermanos
reconozcan en María. Viéndola como a su Madre, su "Recurso
Ordinario", "Primera Superiora", deben considerarla además
como su modelo. Ahora bien, la imitación de María conlleva
para el Hermano educador un matiz particular: cumplir
su trabajo como María de Nazareth con su Hijo. La relación
de la dignidad de la persona divina sometida a la persona
humana, no es para dejarla de lado, sino que debe traducirse
por el respeto del educador al niño, reconocido en su
dignidad de persona, particularmente querida por Cristo
que "ordena a sus discípulos dejad que los niños se acerquen
a su persona divina"60. El Padre recuerda todavía
al Hermano Bartolomé: " Usted tiene entre sus manos el
precio de la sangre de Cristo"61. Este respeto
no impedía a María tener con su Hijo el trato natural
y sencillo de una madre con relación a su hijo, que se
traduce, en el caso del Hermano Marista, por el diálogo
amigable con su alumno. Tal actitud, sin embargo, para
ser auténtica, debe establecerse sobre un fondo de humildad
que, de acuerdo a los autores espirituales y de Marcelino
Champagnat en particular, constituye la característica
principal de la Madre de Dios. "Como la Santísima Virgen...
se distinguió particularmente por la humildad, y como
la función del educador de los pequeños por sí misma es
un empleo humilde, el Padre Champagnat deseaba que la
humildad, la sencillez y la modestia fueran la característica
distintiva de este nuevo Instituto"62. A ejemplo
de todo miembro de la Sociedad de María, que debe vivir
humilde y oculto, sin llamar la atención en forma alguna,
asimismo debe comportarse el Hermano Marista. Pero en
el espíritu de Marcelino Champagnat, como hemos visto
más arriba, su humildad será, desde luego, la alegre aceptación
de permanecer como el educador de los pequeños entre la
gente sencilla del campo. Así se sentirá más satisfecho
de realizar su deseo de entregarse totalmente al servicio
de Dios sin reservarse nada para sí mismo como recompensa,
de bienestar y de placer, a ejemplo de su Fundador. Su
mérito lo atribuye a su ser enteramente de Dios. Entonces
se sentirá libre interiormente, en la medida de su sinceridad,
en un estado de vida sencilla, satisfecho de sí mismo
y de todo. La humildad no es un esfuerzo degradante, ella
produce la alegría que hace cantar el Magnificat. |
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Conclusión |
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Al finalizar
este comentario, algunos pueden sentirse frustrados al
no percibir cuál es específicamente la espiritualidad
apostólica marista. En efecto, hay otras congregaciones
que tienen por objetivo la educación, sin enarbolar la
etiqueta mariana, aun practicando esa devoción, y se basan
en los mismos principios espirituales, el mismo concepto
del apostolado con los jóvenes. Marcelino Champagnat deseaba,
como se conoce, que la humildad fuese nuestra virtud característica,
pero el P. Colín deseaba otro tanto para toda la Sociedad
de María63. Por otra parte, ¿estamos seguros
de habernos distinguido en esta virtud?. Otros institutos,
sin ostentarla en su escudo ni en su nombre, la practican,
quizás mejor. La humildad, la pobreza, la devoción mariana,
¿qué fundador de un grupo apostólico no ha puesto estas
virtudes en su proyecto?
La especialidad
consiste más bien en los matices, en la forma de practicarlas,
según el ejemplo dado por el Fundador, según su característica
personal inconscientemente transferida a la conducta de
sus discípulos. Así, nosotros hemos conservado la nuestra
y desde nuestros orígenes tenemos un comportamiento sencillo
y familiar que nos permite ser reconocidos por nuestros
contemporáneos como personas sin brillo, ni pretensión,
situándonos en el mismo plano de la población escolar,
activos y dispuestos a servir con amabilidad, desarrollando
nuestro trabajo, a veces, en condiciones muy precarias.
Es, por lo menos, lo que resalta en los relatos de los
anales sobre la vida de los Hermanos en las escuelas de
los primeros tiempos.
Podemos felicitarnos,
si la característica del Fundador permanece aún visible
entre nosotros, si nuestra manera de vivir reproduce la
suya. Ahora bien, lo que la valora es ciertamente el don
de sí mismo, sin reticencias a su obra, con el fin de
permitir a los jóvenes abrir su personalidad por medio
de la formación social y religiosa. Esa entrega en la
que él puso todas sus capacidades, todo su haber y su
ser con la radicalidad de quien se ha despojado de todo
con un corazón apasionado de amor, es ciertamente el aspecto
más relevante de su retrato. Entre los rasgos complementarios
hay que subrayar su actitud humilde y su bondad comprensiva,
matizada de humor. En fin, todo bañado en un ambiente
de relación familiar con María, su "Buena Madre", y de
intimidad no menos estrecha con su hijo Jesús. De ahí
le venía su confianza inquebrantable en toda prueba y
la valentía serena. Tanto la una como la otra, le ganaban
el amor y la admiración de sus Hermanos. |
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Notas |
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21 O.M.2,doc.718, p.581
22 Vida, edición 1989, p.31
23 Notas de M. Bourdin, O.M.2, doc. 754,
p. 741
24 O.M.3,doc.819,p.223
25 O.M.2, doc.752, pp 717-718
26 C.M.C. vol. 1, doc 34, pp 99-100
27 O.M.2,doc.631,p.466
28 Vida, p.558
29 Ibídem
30 Ibídem, 547
31 Ibídem
32 Ibídem, p. 550
33 Vida, p. 476
34 C.M.C. Vol. 1, doc 8, p.62-63
35 Vida, p.410
36 Ibídem, p. 550
37 Ibídem, p. 513
38 Ibídem, p. 556
39 Ibídem, p. 556
40 Sentencias, enseñanzas espirituales,
ed. 1989, p. 14
41 Vida, p. 502
42 Ibídem, p. 310
43 Vida, p. 312
44 Ibídem, p. 314
45 Ibídem, p. 341
46 Ibídem, p. 343
47 Ibídem, p. 97
48 C.M.C, vol. 1, doc. 56 p 168-189
49 Vida, pp. 352-354
50 Jn. 4, 22
51 Vida, p. 348
52 C.M.C. , vol. 1 doc. 10 p.66
53 Ibídem doc. 249, p. 521-522
54 Ibídem, vol. 1 doc. 53, p. 160
55 Ibídem doc. 20, p. 86
56 Vida, p. 346
57 Ibídem, pp. 347-348
58 C.M.C., vol 1, doc. 24, p.95-96
59 Vida, p. 348
60 C.M.C. vol. 1, doc. 20, p. 86
61 Ibidem, doc. 19, p. 84-85
62 Vida, p. 40859Vida, p. 348
63 O.M.2, doc. 632, p.466 |
Cuadernos maristas 15
mayo 1999
páginas 15-30 |
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