En un mundo dominado por el materialismo,
por el individualismo, el hedonismo, la falta
de solidaridad, y en donde los valores de
la Iglesia Católica se ponen en tela
de juicio, necesitamos modelos de santidad
cercanos a nosotros, que manifiesten que es
posible ser santo a pesar del ambiente hostil
a todo lo espiritual y trascendente, que Cristo
es hoy y siempre, el centro de nuestra vida,
capaz de llenar plenamente las aspiraciones
de cualquier ser humano de buena voluntad.
La vida del Hermano Basilio
Rueda Guzmán, fue una alabanza al Señor,
un himno a la obra de sus manos. Su unión
con Dios rompió los moldes del activismo
desbordante que nos invade y se proyectó
al servicio de los seres humanos, a pesar
del egoísmo reinante. Su vida espiritual
fue un itinerario de progresiva entrega a
Dios y a sus hermanos, en los difíciles
momentos posteriore
s
al Concilio Vaticano II, en vistas a la renovación
de la Iglesia y de la Vida Religiosa.
Un día se le ocurrió
que podía ser Hermano Marista y decidió
poner manos a la obra para lograrlo, a pesar
de las dificultades para conseguir el permiso
de su padre, que le costó largas horas
de oración, de ayunos y lágrimas
y de insistencia a la Santísima Virgen
a quien, desde su primera infancia, profesaba
singular devoción.
Logrado su objetivo, su
vida tomó el rumbo de la santidad,
como decía San Marcelino Champagnat:
“ Hacerse hermano es comprometerse a
hacerse santo”. Basilio tomó
muy en serio este asunto y se esforzó
toda su vida para hacerlo realidad.
Tuvo la gracia de encontrar,
desde sus primeros años de vida religiosa,
a un excelente director espiritual en uno
de los capellanes de la casa de formación
de Querétaro en donde inició
su formación profesional.