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| Mártires de Bugobe - 31 octubre
1996 |
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| Ecos de los medios de comunicación |
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Presentamos, en brevísimo apunte,
alguna que otra muestra del amplio eco que los
medios de comunicación han ofrecido con motivo del
asesinato en Zaire de los cuatro Hermanos Maristas: Servando,
Miguel Ángel, Fernando y Julio. El impacto que ha producido
la generosa donación de sus vidas, ha sido extraordinario.
El testimonio dado constituye uno de los aspectos luminosos
del acontecimiento. La prensa, la radio y la televisión
han colaborado en la expansión de ese testimonio y
han realzado el sentido profundo que comportan las vidas y
el trabajo de los misioneros presentes en medio de pueblos
que sufren injusticia y desamor.
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El sacrificio de unas vidas |
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Santiago MARTÍN (ABC,
15-11-1996) |
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Conozco a los maristas desde hace muchos años, sin
haber sido alumno de sus colegios. Los conozco y los quiero.
Con muchos de ellos me une una gran amistad, de los tiempos
en que participaba de la espiritualidad de los Focolarinos.
En esa época conocí a Julio Rodríguez,
uno de los cuatro "mártires" que han dado
la vida por Cristo en el Zaire. Julio era un muchacho que
reunía todas las cualidades que Marcelino Champagnat
quería para sus maristas. Sencillo, noble, trabajador,
de una pieza. En él no había ni doblez ni
esa dicotomía que a veces aparece en el clero, por
la cual la vida va por un lado y los discursos altisonantes
sobre el compromiso con los pobres por otro. Por eso se
marchó a África, donde llevaba muchos años
trabajando al servicio de Cristo y de los hombres.
Esto es lo primero que quiero destacar de este muchacho
y de sus compañeros, y lo quiero destacar porque
he visto que estos días lo omiten casi todos. Los
maristas que conozco, y Julio en particular, no eran "humanistas".
No estaban en el Zaire por amor a una vaga "humanidad",
o a un genérico mundo del marginado. Como dice Chesterton
refiriéndose a San Francisco de Asís, el bosque
no les impedía ver los árboles. Estaban en
África porque eran creyentes en Cristo y porque tenían
un corazón gigantesco en el cual cabían, uno
a uno, todos los hombres y mujeres que iban apareciendo
en sus vidas con la mano extendida y una lágrima
en la mirada.
Amaban a Dios y amaban al hombre. Eran, precisamente por
eso, cristianos. Y eran de esa raza que produce a veces
nuestra tierra: gentiles, valientes hasta el punto de olvidar
la sensatez y quedarse hasta el final desafiando el peligro,
generosos hasta el límite de dejar el coche que tenían
-su única posibilidad de escape- a unas monjas para
que huyeran ellas. Eran castellanos de frente limpia, de
corazón en la mano, de alma lineal y sin repliegues.
Pero se equivocaron en una cosa. No sé quién
fue, porque las noticias no han llegado a tanto detalle.
Me refiero a la frase que pronunció uno de ellos
y que un testigo oculto ha logrado transmitir: "¡Dios
mío, vamos a morir, ten misericordia de nosotros!".
Se equivocó el que habló así, porque
no es de ellos de quien Dios tenía que tener especial
misericordia.
No, Dios no tenía que tener misericordia de ellos,
o al menos no mucha. De quien tiene que tener misericordia
es de nosotros.
Ten misericordia, Señor, de Ios políticos
mundiales, especialmente de aquellos que se entretienen
en disquisiciones absurdas mientras miles de seres humanos
mueren de hambre o son asesinados. Ten misericordia también
de los asesinos, tanto si son hutus como si son tutsis.
Perdona a los que trataron a mi amigo Julio y a sus compañeros.
Perdona a los que han matado a las otras víctimas
inocentes.
Pero no agotes en ellos tu misericordia, Señor. Deja
algo también para mí, para los que no somos
ni políticos, ni tutsis, ni hutus. Perdónanos
también a nosotros, los que creemos que estamos a
salvo de responsabilidades y que incluso nos escandalizamos
de que los demás no hagan nada. Perdónanos
porque, mientras criticamos e incluso mientras lavamos nuestra
conciencia dando una limosna, no hacemos nada más.
Ten misericordia de nosotros, Señor, y no nos trates
como merece nuestra desidia, nuestro egoísmo, nuestra
pereza. Que la sangre de estos hijos tuyos, muertos por
ti no se alce contra nosotros pidiendo justicia sino intercediendo
a favor nuestro.
A cambio, Señor, te prometo que no me sentiré
cansado cuando las decepciones entren a galope desbocado
en mi corazón, que no te preguntaré dónde
estás escondido cuando alguien de la Iglesia me decepcione.
A cambio, y sin que eso pueda "comprar" la misericordia
que necesito, te prometo que trabajaré más,
rezaré mas, perdonaré más, también
pediré más veces perdón a los que yo
ofendo. No puedo amarte yéndome a África,
a dejar mi vida por ti a manos de la fiebre, el hambre o
unos asesinos. Pero puedo agotarme por ti aquí, en
esta frontera que es mi cruz y mi gloria. Acepta mi vida
Señor, como has aceptado la de estos nuevos mártires
y, como a ellos, dame fuerza para perseverar hasta el final.
Ten misericordia de mis fallos y sosténme en una
lucha que me desborda.
Enhorabuena a los familiares de las víctimas y a
la Congregación a la que pertenecían. Comprendo
su dolor y lo hago mio. Pero ellos están en el cielo
y han dejado a esa altura su nombre y el de la Iglesia.
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Raza de cristianos |
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Luis, obispo de Segovia. ("
El Adelantado de Segovia ", 15-11-1996) |
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"... Mejor elogio,
sin embargo, y más profunda admiración merecen
aquellos que entregan libremente su propia vida en servicio
a los demás. Los Maristas se llaman Hermanos no sólo
porque lo son dentro de la comunidad religiosa, sino porque
proyectan hacia fuera la fraternidad que ellos viven desde
dentro. Los cuatro Maristas sacrificados en Bugobe (Zaire)
acudieron voluntariamente cuando sus Superiores hicieron una
llamada en favor de aquellas gentes.
Allí permanecieron con entera libertad
a pesar de sus propios presagios sobre cuanto podría
suceder. A todos, privilegiando eso sí a los más
necesitados, ofrecían gratuitamente civilización,
cultura, alimentos, fe en Dios, Evangelio, amor de hermanos.
Llegaron incluso a denunciar los hechos en la esperanza de
que se pudiese evitar la tragedia. Todavía les quedaba
algo por hacer, seguramente lo más importante. Habían
escuchado muchas veces esta sentencia de su Maestro: "
Nadie tiene amor más grande por los amigos que quien
por ellos entrega la propia vida ".
Y decidieron libremente ofrecerles también
el supremo testimonio. Así lo han hecho sin protagonismo
alguno. Rehuirían ahora medallas póstumas al
mérito o a la solidaridad. Tampoco desearían
ser llamados héroes. Sólo hermanos. Los Hermanos
Maristas. Son ellos parábolas vivas que ponen en acción,
junto con Jesús de Nazaret, la del Evangelio: "
Si el grano de trigo caído en tierra no muere, permanece
61 solo; en cambio, si muere, produce mucho fruto "... |
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Héroes en Zaire |
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Justino Sinova (" EL MUNDO ", 14-11-1996)
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| Junto a la decepción
ofrecida por el mundo desarrollado, incapaz de prestar una
ayuda en la última tragedia africana, se alza el ejemplo
de heroísmo de los misioneros, cuatro de los cuales,
que sepamos, perdieron la vida el pasado día 31 violentamente
a manos de milicianos hutus. Hoy el mundo los considera héroes
y mártires, y en efecto lo son. Alfonso Rojo contaba
ayer en su crónica el detalle inmensamente generoso
de los cuatro religiosos que, sabiendo de las posibilidades
de morir si permanecían en su puesto, cedieron su camión
para que huyeran dos sacerdotes y un seminarista nativos y
un grupo de monjas. Y entonces, escribía Rojo, "la
terrible soledad y el desamparo rodeó a los cuatro
maristas en las horas previas a su muerte".
Su final sangriento aparece más conmovedor
ante la evidencia de que los cuatro religiosos habían
enterrado allí su vida para ayudar a gente desamparada.
No hacían política, sino caridad, y fueron recompensados
a golpes. Qué injusticia atroz. Estaríamos en
un error, sin embargo, si juzgáramos el valor de esa
entrega sólo por su final violento. El heroísmo
no está sólo en la muerte por un ideal, sino
también en el día a día dedicado a la
ayuda a los demás a cambio de nada... |
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Gracias |
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Juanma Pérez, "
Diario de Burgos ", 15-11-1996. |
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" ... Gracias a Servando, a Miguel Ángel, a
Fernando y a Julio. Los cuatro se han limitado a cumplir
lo que les dictara sus conciencias y sus corazones, permanecer
junto a los suyos, al lado de todos aquellos a los que la
vida sólo da tragos amargos.
Gracias por extensión a los que como los misioneros
asesinados, siguen empeñados en dar sentido a su
vida, siempre y cuando ayuden a salir adelante a los demás.
Gracias a sus familiares que han demostrado una firmeza
digna de admiración. Tenían claro por qué
querían permanecer en Zaire sus hijos o hermanos.
Compartían con ellos su espíritu solidario
y en ningún momento les presionaron para que abandonasen
los campos de refugiados de Zaire y que huyesen del peligro.
Sabían que pedirles eso era como pedirles que traicionasen
a su propia conciencia...
Empezaba dando las gracias a Servando, Miguel Ángel,
Fernando y Julio. Quiero acabar felicitándoles por
haber sido hasta el final de sus días, fieles a su
corazón".
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El gesto de los mártires |
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Manuel JIMÉNEZ DE PARGA
("EL MUNDO", 15-11-1996 |
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| Los religiosos dedicados
a la enseñanza, como es el caso de los Hermanos Maristas,
agotan su vida en esta tierra transmitiendo saberes y proporcionando
a sus alumnos la formación básica para ser y
estar cristianamente. Miles de horas consumen en esta tarea
docente. Yo puedo dar testimono del abnegado quehacer de los
Hermanos Maristas, trabajando intensamente casi en el anonimato,
porque me cupo Ia fortuna de permanecer con ellos durante
doce años en su colegio de Granada.
Pero no ha sido con la palabra, sino con su martirio en África,
la forma última de confesar la fe cuatro hijos de Marcelino
Champagnat. No hay otro modo ni más excelso, ni más
eficaz de hacerlo. Un gesto, a veces, vale más que
un millón de palabras. Quienes sólo tenían
una referencia vaga e imprecisa de los Hermanos Maristas,
se han convertido en las últimas horas, en admiradores.
Se está cumpliendo la vieja sentencia de Tertuliano:
"La sangre de mártires es la semilla de los nuevos
cristianos"...
Decía Albert Schweitzer, tan buen
conocedorr de Ias latitudes de la tragedia, que ningún
mártir cristiano se alzó frente a la violencia.
La inmolación de Cristo fue libremente aceptada. Las
armas de los misioneros son las razones y se esgrimen para
Ia paz. Los Hermanos Maristas utilizan la palabra en su cotidiana
labor pedagógica. Y mueren en silencio para dar testimonio
de lo que enseñan a lo largo de su vida. Es el gesto
de los mártires. |
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