En la bula de convocación del gran jubileo del
año 2000, Incarnationis mysterium, subrayé
la importancia vital de recordar a los mártires.
Escribí: «Desde el punto de vista psicológico,
el martirio es la demostración más elocuente
de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano incluso
a la muerte más violenta y que manifiesta su belleza
incluso en medio de las persecuciones más atroces».
A lo largo de los siglos, Asia ha dado a la Iglesia y
al mundo un gran número de estos héroes
de la fe, y desde el corazón de Asia se eleva el
gran canto de alabanza: «Te martyrum candidatus
laudat exercitus». Éste es el himno de los
que han muerto por Cristo en tierra de Asia en los primeros
siglos de la Iglesia, y es también el grito gozoso
de hombres y mujeres de tiempos más recientes,
como san Pablo Miki y compañeros, san Lorenzo Ruiz
y compañeros, san Andrés Dung Lac y compañeros,
san Andrés Kim Taegon y compañeros. Que
el gran ejército de mártires de Asia, antiguos
y nuevos, enseñe constantemente a la Iglesia que
está en ese continente lo que significa dar testimonio
del Cordero, en cuya sangre han lavado sus vestidos resplandecientes
(cf. Ap 7, 14).
Que sean testigos indómitos de que los cristianos
están llamados a proclamar siempre y por doquier
sólo la fuerza de la cruz del Señor. Y la
sangre de los mártires de Asia sea ahora, como
siempre, semilla de vida nueva para la Iglesia en todo
el continente.