2 de Enero de 2006
Queridos hermanos y todos los que comparten el carisma
de Marcelino Champagnat: Mi objetivo, al escribir hoy, es
doble. Primero: agradeceros a cada uno de vosotros por todo
lo que entregáis a la misión marista y, al
mismo tiempo, a nuestra vida marista en todo el mundo. Vuestros
corazones generosos, vuestra dedicación y trabajo
abnegado, y cariño hacia nuestro Fundador y su carisma,
son dones para nuestro Instituto Marista, para la Iglesia
y para los niños y jóvenes a quienes estáis
sirviendo. Le gustaba decir a Marcelino: “Amar a Dios
y hacerle conocer y amar, eso es lo que debiera ser nuestra
vida”.
Gracias por ser buenos testigos de este ideal.
Segundo: escribo también para animaros a prepararos
y a participar en la Asamblea Internacional de la Misión
Marista, planificada para septiembre de 2007 en Mendes, Brasil.
Esta histórica reunión juntará por primera
vez a educadores maristas de todo el mundo, para dialogar
sobre nuestra misión común y sus cambios de
cara al mundo de hoy.
Todos los que participen en la Asamblea se
enriquecerán con la experiencia. También tendrán
una oportunidad de compartir, de alguna manera, la comprensión
y práctica de la misión contemporánea
marista.
Ninguna Asamblea de esta naturaleza se puede
restringir a unos días del calendario. La experiencia
de reunirnos es importante, pero no serán menos importantes
los esfuerzos que vosotros y yo hagamos hoy, así como
durante las semanas y los meses que precedan a la reunión
de Mendes, para promover el tema de la Asamblea y la profundizacióny
comprensión del mismo.
Un corazón, una misión, es
el tema para nuestra Asamblea. El fundador creía que
la misión marista no tenía fronteras. En nuestros
días, el desarrollo en la información tecnológica
y en otras áreas, nos han ayudado a acercarnos. Comprendemos
mejor que nuestra humanidad y nuestra fe nos conectan a niveles
mucho más profundos que cualquier cosa que nos pueda
dividir. Las diferencias entre nosotros nos enriquecen más
que separarnos.
En nuestra misión marista, el corazón
que compartimos con Marcelino Champagnat debe ser tan visible
hoy como fue la unión que él tenía con
nuestros primeros hermanos, hace casi dos siglos. En palabras
y acciones, debemos hacer que esta creencia se haga realidad
para nuestro tiempo y lugar.
Marcelino tenía muy metidos en su
corazón los siguientes tres valores: Creencia en la
presencia de Dios, abandono en María y su protección,
y la virtud de la sencillez. Hoy deben estar también
en el corazón de nuestra misión educativa. Como
Instituto, hemos dedicado un año entero a la promoción
de las vocaciones. En el corazón de ese esfuerzo estaba
la creencia de que tenemos que vivir hoy el sueño de
Marcelino. Nuestra misión de educación y evangelización
ha sido siempre el lugar preferido para hacerlo: en medio
de los jóvenes, con sencillez y con amor al trabajo,
al estilo de María.
Durante los próximos meses recibiréis
materiales que os ayudarán a preparar la Asamblea de
2007. Os animo a que os metáis plenamente en los esfuerzos
que se llevarán a cabo a nivel local. Haciendo eso,
sabed que os estáis uniendo a millares de educadores
maristas de todo el mundo, que están realizando el
mismo camino, preparándose para la reunión de
Mendes.
Nuestro Fundador vivió un “Cristianismo
práctico”. Por eso también nuestra misión
marista intenta promover un cambio en las vidas de los jóvenes
y en nuestro mundo de hoy. Os pido que os unáis a mí
tanto en la oración como en la preparación concreta
de la Asamblea de septiembre de 2007. Sé que nuestros
esfuerzos serán ampliamente bendecidos y también
lo serán las vidas de todos los que tengan la fortuna
de ser tocados por el espíritu y la vida de ese sencillo
cura de pueblo y padre Marista que es nuestro Fundador.
Unámonos en un corazón por
el bien de nuestra misión común: hacer que Jesús
sea conocido y amado.
Con mis oraciones y afecto,
H. Seán D. Sammon, FMS
Superior general
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