2 de enero de 2006
Fiesta de la Fundación del Instituto
Querido Hermano,
El tiempo de Navidad iniciado en 2005 está
llegando a su fin, y ya hemos entrado en el Nuevo Año
2006. Han pasado los días de San Esteban, los Santos
Inocentes, San Juan Evangelista. Hoy hace 189 años
que Marcelino fundó el Instituto. Y enseguida se nos
viene encima la celebración de Epifanía. Estas
conmemoraciones anuales nos recuerdan que nos movemos en ese
cruce de caminos donde confluyen el año que termina
y el año nuevo que llega. El año que desaparece
se va a ocupar su lugar en la historia y pasa el testigo al
año nuevo. Cuántas esperanzas nacen junto con
el año que comienza.
Hoy os escribo para daros noticias sobre
algo nuevo que va a empezar, pero esta vez dentro de nosotros,
en el Instituto. Y escribo con la intención de haceros
una invitación personal. Por favor, leed esta carta
atentamente mientras va resonando en vuestro interior esta
pregunta que os planteo a cada uno de vosotros: ¿Sientes
la llamada del Señor para aceptar la invitación
que va en estas líneas, esto es, a que des tu nombre
para este nuevo proyecto de misión ad gentes?
Durante la reciente Conferencia General,
Luis Sobrado y yo expusimos las líneas centrales de
este proyecto. Dimos a los allí presentes una visión
general de lo que se pretende y añadimos algunos detalles
sobre el origen, estructura y agenda de aplicación
de dicha iniciativa. En posteriores reflexiones que tuvimos
allí mismo, se recogieron unas cuantas sugerencias
valiosas para orientar y mejorar la propuesta. Fueron numerosos
los miembros de la Conferencia que nos manifestaron todo su
apoyo para este proyecto que presentamos.
En las semanas posteriores a aquella exposición
fueron apareciendo algunas informaciones en torno a ello,
en Ultimas Noticias y en el Boletín, y también
en la página web del Instituto www.champagnat.org.
Lamentablemente, la limitación de espacio y la propia
naturaleza de esos medios sólo nos permitían
subrayar unas pocas líneas del proyecto. Por eso escribo
esta carta, dirigida personalmente a cada uno de los Hermanos
del Instituto, añadiendo más detalles, y pidiéndoos
encarecidamente que penséis en serio y en clima de
oración si os sentís llamados a secundar este
proyecto.
Empezaré comentándoos los
planes encaminados a construir el futuro de la vida y la misión
marista en todo el mundo tal como se explicaron en la Conferencia.
Tengo que mencionar la idea que tenemos de renovar y equipar
adecuadamente el Hermitage con vistas a convertirlo en un
centro universal de espiritualidad, herencia y misión
marista. También se reflexionó en torno al seguimiento
del año vocacional marista, los planes de la Asamblea
de la Misión Marista a celebrar en 2007, e hicimos
una llamada a las provincias y distritos que aún no
han entrado en el proceso de reestructuración para
que se animen a hacerlo ya.
En segundo lugar, el proyecto de la misión
ad gentes que expusimos está vinculado a una larga
historia del Instituto en este campo. Al igual que en el pasado,
hemos de recurrir a las Constituciones para entender el origen
de esta reciente propuesta nuestra. El artículo 90
nos recuerda que como la Iglesia, nuestro Instituto es misionero.
Hemos de tener alma misionera, al ejemplo del Padre Champagnat,
que afirmaba: ‘Todas las diócesis del mundo entran
en nuestros planes’.
Como Instituto, somos misioneros por naturaleza.
Recordad cómo el propio Marcelino suspiraba por ir
a Oceanía, cosa que hubiera hecho finalmente si las
indicaciones del padre Colin y la salud precaria no le hubiesen
obligado a quedarse en Francia en lugar de zarpar rumbo al
Pacífico para misionar en aquellas tierras. Desde los
tiempos del Fundador hasta ahora se ha seguido con esa práctica
de enviar hermanos a las misiones.
De la misma manera, en 1903, unos 900 hermanos
salieron de Francia a consecuencia de las leyes de secularización
que entraron en vigor. Aquellos hermanos marcharon de su tierra
con mucha fe y valentía, sin pararse a preguntar si
estaban o no preparados para afrontar aquellos nuevos desafíos.
Si el Instituto puede hoy alardear de su presencia evangelizadora
en 76 países, ello es debido a la audacia demostrada
por aquellos hombres que dieron una respuesta innovadora a
un tiempo de crisis.
Finalmente, a lo largo de muchos años
la Administración General se ha empeñado activamente
en la promoción de las misiones. Pensad en las casas
internacionales de formación de San Francisco Javier
y de Bairo, que durante mucho tiempo llevaron a cabo la tarea
de preparar hermanos para la misión ad gentes.
De igual manera, hace ya más de 20
años que los hermanos que han sentido el impulso misionero
en respuesta a las llamadas de la Administración General
han sido invitados a ponerse en contacto con el Hermano Superior
General para comunicarle su deseo y disponibilidad para acudir
allí. Se confeccionó una lista de voluntarios,
y se les fue llamando para ir a la misión, la gran
parte de las veces en momentos tormentosos, como sucedió
tras el genocidio de Rwanda en los primeros años 90.
En tiempos más recientes, el 20º
Capítulo General nos ha dejado esta sugerencia que
encontramos en Optamos por la vida: ha llegado la hora de
escribir una nueva página en nuestra historia misionera.
Creemos que el proyecto que proponemos da una respuesta a
ese reto y constituye un intento serio de ayudar a construir
el futuro de la vida y la misión marista en el siglo
presente.
Por tanto, nuestro Instituto tiene una larga
historia de iniciativas tomadas en nombre de la misión
ad gentes. Quizá lo que a vosotros os interesa sea
el origen concreto de nuestra propuesta, y de qué manera
encaja esa propuesta en lo que nos pide la Iglesia hoy, en
la atención a los signos de los tiempos, en respuesta
a las directrices de nuestras Constituciones y las llamadas
de los últimos Capítulo Generales. Incluso,
puede que os preguntéis también por el impacto
que supondrá para las provincias y distritos de donde
han de salir estos nuevos misioneros: ¿cuántos
estamos buscando? ¿en qué plazo los queremos?
¿cómo se van a preparar para estas nuevas empresas?
Trataré de responder a estas cuestiones, aunque sea
brevemente, en esta carta.
Origen del proyecto
En lo más hondo del nuevo proyecto
de misión ad gentes está este sueño:
enviar 150 hermanos –quizás más-, a lo
largo de los próximos cuatro años, a nuevos
campos pastorales en países de Asia y en Provincias
que aunque se han reestructurado, aún no han alcanzado
los niveles de vitalidad y viabilidad requeridos para asegurar
su futuro.
Esta propuesta está en sintonía con las llamadas
actuales de la Iglesia y con los signos de nuestro tiempo.
Por ejemplo, el anterior Papa, Juan Pablo II, se mostraba
optimista sobre la vida religiosa y su futuro, cuando escribió
el documento Vita Consecrata, después del Sínodo.
En él manifestaba está intuición: “No
sólo tenéis una historia gloriosa que recordar
y contar, sino una gran historia que construir. Mirad hacia
el futuro...” Es precisamente lo que estamos haciendo
al emprender este proyecto.
Confusión en torno a la misión
Durante los años que siguieron al
Concilio Vaticano II, hubo mucha confusión sobre la
naturaleza de lo que hasta entonces se llamaba “misiones
extranjeras”. Con anterioridad al Concilio existía
un modelo de iglesia que podríamos calificar de militante
y triunfalista. A los católicos se nos enseñaba
que fuera de la Iglesia no hay salvación; la labor
del misionero estaba clara: evangelizar y convertir.
El Concilio asumió una visión
más amplia hacia los que tienen otras creencias. La
Iglesia, denominada ahora Pueblo de Dios, se desplazó
de aquel principio de que “fuera de la Iglesia no hay
salvación”. Esta nueva visión sobre la
naturaleza de la Iglesia desembocaría en planteamientos
igualmente nuevos sobre los fines de la misión, incluso
entre los propios misioneros.
Pero esta crisis no se limitó al
campo de la teología. Los procesos de descolonización
y el nacimiento de nuevas naciones en los territorios de misión
condujeron a llamadas de moratoria sobre la cuestión
de la misión. Sin embargo, en 1981, durante el encuentro
de SEDOS se produjo un cambio de enfoque: se pasó de
cuestionar completamente los fines de la misión a plantear
el reto de cómo había de desempeñarse
la misión en la Iglesia y el mundo de hoy.
Lamentablemente, esta línea no acertó
a clarificar la confusión reinante. El hecho de que
Juan Pablo II se sintiera impulsado a escribir la encíclica
Redemptoris Missio diez años después de aquella
importante reunión de SEDOS indica que las inquietudes
en torno a estas temas seguían latentes bajo de la
superficie de muchas reflexiones y debates.
La carta del Papa, primera encíclica
sobre la misión desde la clausura del Vaticano II,
es una exposición elocuente de los fundamentos teológicos
de la cuestión, así como una llamada a renovar
el fervor misionero dentro de la iglesia. Juan Pablo II expone
los fines de la misión y habla de los medios para llevarlos
a cumplimiento. La encíclica, que termina con una reflexión
sobre la espiritualidad misionera, encierra un tono de urgencia
de cara a reorientar los esfuerzos de las Iglesia en este
campo. Dentro del texto se advierte la preocupación
del Papa: a la vez que la motivación misionera ha venido
siendo objeto de debate, la actividad misionera ha ido disminuyendo.
Esto último es lo que pasó
también en nuestro Instituto durante los años
que siguieron al Concilio. La estadística que tenéis
a continuación pone de manifiesto que así como
el número de hermanos asignados oficialmente a misiones
extranjeras ha crecido en los últimos 15 años,
su edad media también ha ido aumentando, con una tasa
en torno a los 12 años.
Número de hermanos asignados a misiones
extranjeras (1989-2004): |