“Y,
¿qué hace un religioso y educador aquí
en las Naciones Unidas?” Me preguntaba hace unos días
un abogado de Nigeria, con quien compartimos durante un
curso sobre Derechos Humanos, en Ginebra. Debo reconocer
que una pregunta similar ha dado vueltas en mi cabeza desde
que llegué hace casi seis meses para ocuparme de
esta misión que los hermanos del Consejo General
me han encomendado. Han sido meses de intensa lectura y
autoformación, participando en sesiones, teniendo
entrevistas con religiosos y religiosas que ya llevan años
trabajando en defensoría de derechos humanos, reuniones
con personal de oficinas especializadas de las Naciones
Unidas y de ONG’s internacionales, y últimamente,
asistiendo a un curso de un mes sobre Derechos Humanos...
He incluido, como parte de este tiempo de preparación,
una re-lectura de la vida del Padre Champagnat, el Plan
Estratégico del BIS para los próximos años,
los documentos del último Capítulo General
y la Misión Educativa Marista.
Poco a poco he ido cayendo en la cuenta de la importancia
y la necesidad de nuestra presencia y nuestro aporte en
el diálogo internacional sobre derechos humanos.
Nuestra presencia, de larga tradición en la mayoría
de los 75 países donde nos encontramos, nos da una
autoridad moral de mucho peso que legitima las palabras
que podemos dirigir a las sociedades del mundo entero, para
hablar en beneficio de los niños, niñas y
jóvenes con quienes trabajamos. Durante muchos años
hemos estado defendiendo los Derechos de la Niñez:
abriendo oportunidades de educación para niños
y niñas, fomentando el amor y el respeto hacia los
demás, promoviendo escuelas donde la exigencia académica
y la disciplina van de la mano con la sencillez de trato
y la fraternidad... Ciertamente, nunca, siendo alumno marista,
durante los años de formación o durante mis
años como hermano he escuchado que la educación
marista sea una educación “basada en la perspectiva
de los derechos humanos”. Pero no me cabe duda que
en las escuelas maristas del mundo entero la educación
que impartimos está orientada por el respeto a la
dignidad de la persona y el amor incondicional que cada
niño y niña merece.
Porque la filosofía de la educación marista
se fundamenta en el Evangelio y está fuertemente
arraigada en la tradición legada por Marcelino, quien
decía a los primeros Hermanos que educar es cuestión
de amor, que la disciplina no se impone a partir de golpes
y castigos, y que los niños y jóvenes aprenden
a vivir valores cuando ven a sus maestros vivir en la práctica
lo que dicen en el aula. El lenguaje de “educación
basada en derechos” es un lenguaje nuevo; pero su
práctica en el interior de las escuelas maristas
no lo es. Me atrevería a decir que existen muchos
derechos contemplados en la Convención de Derechos
del Niño que no sabemos que defendemos: la no-discriminación,
el derecho al cuidado y protección, derecho a la
educación, derecho a la vida, a un nombre, derecho
a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión,
derecho a la protección contra el abuso y la explotación...
entre otros. La cuestión importante es: ¿y
qué sigue ahora?
Las nuevas realidades y las nuevas sensibilidades en nuestro
tiempo requieren de nosotros nuevas respuestas. Este nuevo
lenguaje de promoción y defensa de los Derechos Humanos,
de “educación basada en derechos humanos”
, son términos que debemos agregar en nuestro vocabulario.
No porque no conozcamos los conceptos, sino para darnos
a entender en el diálogo con la sociedad del mundo
de hoy. Es desde aquí que entiendo y asumo esta nueva
tarea, como delegado del BIS ante las Naciones Unidas: Los
Maristas hemos de hacer oír nuestra voz, que es la
voz de hermanos y educadores, laicos y laicas, que en muchas
partes del mundo se desviven por formar a niños y
niñas de todas las razas y creencias, en valores
humanos y cristianos, para pedir, por ellos y con ellos,
el respeto absoluto y el amor incondicional que todos los
niños y niñas del mundo merecen, porque son
personas, porque son hijos e hijas de Dios. No hablo en
mi nombre, sino en nombre de mi comunidad de hermanos, en
misión compartida con laicos y laicas, herederos
todos y todas de un carisma muy particular: de ser educadores
a ejemplo de María, educadora de Jesús en
Nazareth.
“¿Sabe?” Respondí a mi compañero,
el abogado, “tenemos muchas personas trabajando directamente
a favor de muchos niños y niñas, en escuelas
y otras obras educativas en muchas partes del mundo. Lo
que intentaré estando aquí, será comunicar
toda esa vida y esa experiencia, para que la gente pueda
ver que otro mundo es posible, que las buenas teorías
se pueden convertir en buenas prácticas... y que
es urgente hacerlo, por el bienestar de los niños,
las niñas y los jóvenes.”
H. César Henríquez
Delegado de la promoción y defensa de los derechos
del niño