Hace unos días, un hermano que estaba de paso en
la Casa General, me preguntaba sobre mi trabajo en la promoción
y defensa de los derechos del niño. Al comentar sobre
la misión marista en su país me dijo: “¿Sabes
qué necesitamos? Conocer más sobre los Derechos
del Niño”. Me sorprendió su sinceridad
y la claridad de sus palabras. En este artículo continúo
la reflexión iniciada en el anterior, e intento abordar
esa necesidad que todos tenemos en nuestro Instituto de
“conocer más sobre los Derechos del Niño”.
Aunque
los últimos documentos generados en Capítulos
Generales, o en escritos de los Superiores Generales, insisten
en nuestra responsabilidad en la construcción de
un mundo más justo y solidario para todos, hace falta
una mayor concienciación sobre la relación
entre misión marista y promoción de la justicia.
Debemos caer en la cuenta del gran aporte que podemos hacer
desde el ámbito de la educación formal, y
no sólo de las llamadas “obras sociales”,
de los grupos juveniles y otras estructuras de educación
informal. Debemos convencernos que las acciones de solidaridad
y de promoción de la justicia no corresponden solamente
a “algunos hermanos”, sino a todos los que pertenecemos
a la familia Marista. Debemos cambiar nuestro concepto de
solidaridad como “las buenas acciones que hacemos
por los pobres”. La solidaridad debe impregnar todas
las expresiones de nuestra misión marista.
La tarea de promoción y defensa de los derechos
de niños y niñas es novedosa en su planteamiento,
aunque no en su contenido. Está en continuidad con
el deseo de Marcelino que todos los niños y jóvenes
tuvieran acceso a la educación, y a una educación
de calidad. Marcelino quería que los hermanos atendieran
los municipios más pobres porque su idea era que
la misión de los hermanos alcanzara aquellos lugares
donde no había maestros. Quería también
que los niños recibieran un trato digno, en un ambiente
que facilitara la formación del carácter y
del intelecto, donde la disciplina se estableciera por medio
del ejemplo y no mediante castigos físicos. La intuición
educativa de Marcelino se basaba en el respeto del niño
como persona y como hijo de Dios. No es, por lo tanto, una
“nueva misión” dentro del Instituto,
sino una nueva expresión de esta única misión.
Al hablar de defensa y derechos de niños y niñas,
no nos referimos a abandonar las escuelas y colegios tradicionales,
restando crédito a todo lo que se ha hecho en ellos
hasta ahora. Tampoco significa “dejar a los jóvenes
que hagan lo que les venga en gana, porque tienen «ese
derecho»”. Serían formas muy pobres de
entender este trabajo. Lejos de eso: se trata de crecer
en sensibilidad acerca de la situación de los niños,
niñas y adolescentes, en nuestras obras educativas
y más allá de los muros de las mismas; aprender
a dialogar y trabajar en red con otras instituciones y con
los gobiernos; promover a los mismos niños, niñas
y adolescentes para que sean parte activa de su historia,
para que sean capaces de manifestar su propia voz, y de
ser críticos para proponer soluciones a las situaciones
que les afectan. Somos educadores y evangelizadores, compañeros
de niños y jóvenes: ésa es nuestra
misión, eso fue lo que Marcelino soñó
de nosotros, sus hermanos. Y no podemos olvidar que esta
misión la compartimos por igual, hermanos, laicos
y laicas.
Hoy, al igual que en la Francia de los primeros años
de 1800, los niños, las niñas y los jóvenes
se enfrentan a una sociedad que plantea situaciones muy
complejas y que les causan desconcierto; muchos de ellos
y ellas son víctimas de violación de sus derechos,
o se encuentran en situación de alto riesgo debido
a la pobreza, la falta de educación y de un ambiente
adecuado que les proporcione afecto y seguridad. Ante esto,
¿cuál es nuestra palabra? ¿Cuál
es nuestra propuesta? ¿Qué influencia podemos
ejercer desde nuestras obras educativas para responder a
estas situaciones en nuestros países?
El documento “Misión Educativa Marista”,
aprobado por el último Capítulo General, afirma
con gran claridad:
“Junto con otras personas e instituciones,
aceptamos el papel de abogar por los jóvenes que
son víctimas o cuyo bienestar y derechos se encuentran
dañados de alguna forma. Esto nos lleva a participar
activamente en la consecución de una mayor justicia
social. Comunicamos a la Comunidad Provincial nuestras experiencias
y preocupaciones, con el fin de que se pueda ofrecer un
apoyo colectivo allí donde se estime necesario.”
(MEM 204)
También en el último capítulo General,
la llamada sobre Misión y Solidaridad, incluye una
afirmación muy significativa: “Promovemos el
derecho a una educación para todos y orientamos nuestra
misión marista en esta dirección” (XX
Capítulo General, No. 33).
Los hermanos y laicos que participaron en la redacción
de la MEM y los hermanos del último Capítulo
General estaban convencidos del potencial y del alcance
de nuestra misión. Pero debemos llevar los documentos
a la vida, a las realizaciones concretas. No podemos afirmar
que estamos ayudando a la construcción de una nueva
sociedad si en nuestros países todavía hay
niños y niñas sumidos en situaciones de pobreza
e ignorancia, y si en nuestras comunidades y obras no hay
acciones concretas en contra de estas situaciones. Sería
interesante enumerar las acciones concretas que se han propuesto
y las que se han llevado a cabo en nuestras obras maristas
y comunidades en los últimos cinco años como
respuesta a los problemas apremiantes que enfrentan los
niños, niñas y jóvenes de nuestro entorno.
Nosotros, hermanos y laicos, comprometidos en instituciones
escolares u otras estructuras educativas, podemos aportar
nuestra experiencia y dar un fuerte impulso a los esfuerzos
que ya muchas otras personas están haciendo en la
búsqueda de un mundo más justo y fraterno
para todos, especialmente para los niños y niñas.
No hacerlo sería negar la razón por la que
fuimos fundados, porque nacimos de una experiencia de solidaridad.
H. César Henríquez
Delegado de la promoción y defensa de los derechos
del niño